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CUENTO | Siamo
fuori “…de pie por
la fe que tiene el que se cayó para levantarse de nuevo…” La Vela Puerca
| Lo que muere. En el intersticio de tus decisiones. Lo que ya
no va a ser. Ni tan sólo un recuerdo. Amargo. El sabor de tu lengua. Y el
chasquido seco, de tu cerebro. Nada deja. Con los pibes del barrio. En la
esquina de la vida. Se pasa. Rozando el travesaño. Siempre que queremos
ser felices. Por eso apagó el televisor. Y se puso los colores sobre la
piel. En el balcón, descorchó un tinto. Y vio sueños, en el cielo. Todo
volvió a girar otra vez. Sin palabras. Secretamente se fue yendo. Para no
repetir. Silencios. Y olvidos… Julia Volonté
Mayo de 2008.
CUENTO |
Por la avenida
“Escuchando
los latidos de mi corazón Sólo busco paz interior” | Encías
Sangrantes | Primero vio el Falcon
con los faros redondos. Cuando volvía del recital. Modelo ‘66-`69.
Calculó mentalmente. ¡Qué fierro! Y después le vio la pelada. Adentro del
auto. Iba él. Ella sintió esa noche. Caminando por la avenida 60.
Exactamente eso mismo. Que le había pasado. Aquel día. En su pueblo. En
la avenida Belgrano. Bajo los tilos. Testigos de ese encuentro. Subido a
la bicicleta. Y el pelo mucho mas largo que cuando éramos chicos. Ella
pasaba caminando, justo por ahí. Y no debía. Suceder más nada. El
capítulo inconcluso. Pensaba. Cuando del Falcon. El pelado. Le tocaba
Bocina. Y ella supo. Que sonaba como el sonido de un silbato. De un
árbitro. Que llega en el momento. De anunciar. El comienzo. De un nuevo
partido. Que siempre. En cualquier avenida. Te puede suceder…
| Julia Volonté - abril de 2008
CUENTO | Desde el zaguán
“Un
sueño soñaba anoche sueñito del alma mía soñaba con mis amores que en mis
brazos los tenía…” Romance del enamorado y la muerte |
Anónimo | Así era él. Un anónimo.
Que no se decidía a vivir. La vida. De otros siempre estaba. Ocupándose.
No creía. En sus palabras. La cadena no se rompía. Eslabones fuertes.
Tenían en las manos. Algunas. Que ya ni pensamos. En enamorarnos. De
anónimos. Pasos llegaron hasta el zaguán. En la tórrida tarde. Y la
vecina, que espiaba tras la cortina. Él dio un rodeo sobre sus
pensamientos. Ella estaría hermosamente bella, con su solerito azul y sus
florcitas blancas. Tendría que decirle. Todo le que le gustaba, verla
hacerse un rodete o cuando distraídamente, sonreía, con sus ocurrencias.
El dibujito de su iris, que lo observaba. A veces, cuando la espiaba. Un
anónimo. No mira. A los ojos. Jamás muestra. Las intenciones, que se leen
en las miradas. Tenía miedo de ser. Esa bailarina de sus deseos. Con
fantasías de todos los colores. Aunque a veces. Algunos no combinen. Los
detalles de sus dedos. Saltando. Sobre las teclas. Y él. Amor profundo
1. Sonando. En los
auriculares. El corazón expandido. Y ahí, en el zaguán, que no puede.
Traspasar. La costumbre. De hacer siempre. El mismo caminito de perezas.
Que lo dejan. Soñando sueñitos. Estaba esa tarde, ella. Cuando cayó, en
el recuerdo. El solerito azul y sus florcitas blancas. Y el circulito. Se
iba cerrando. Hasta el próximo… carnaval. Julia
Volonté - febrero de 2008 | 1
- Hace referencia a la canción de Jaime Roos, Amor profundo
CUENTO | Volver
“Yo
adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos, van marcando mi
retorno.” Alfredo Le Pera Hizo malabares para que lo
mirara. Excusas tontas. Motivos descabellados. Sólo para que cambiara la
trayectoria de sus preconceptos. “Nada bueno puede pasarte en ese
pueblo”-decía la voz. Ella empecinada. Sentía que ahí se asfixiaba.
Pero como obsesa volvía y volvía. Desde lejos. Leía los diarios todas las
mañanas. “¡Uy mirá quién murió! Y yo lejos”… “Irse tiene esas
cosas” -le había dicho él. Una tarde fría mientras tomaba mates y
escuchaba tangos. Allá. No hay exilio peor. Pensaba ella. Que el
voluntario destino de dejar. De amarte. Y por eso se ausentaba
lentamente. De esos festines del Deseo. Al descubrir que algunas cosas de
la urbe “son peores que en mi pueblo”. Y ahí se acordó del
invierno. Que se queda en los huesos. Ateridas las ganas. Pero la
mariposa sobre vuela. Y “quién busca encuentra”. Por eso abrió la
mochila. Guardó lo necesario. Y partió. Al bajar del ómnibus. Olió el
verde del tilo en las sandalias. Y enero refulgiendo. En las venas. Y
ser. Otra vez. La niña que sueña… | Julia Volonté
CUENTO
Yo
soy la mujer nueva. En plenitud la llama. Nunca más rojo fuego. Nunca más
verde savia. Susana Esther Soba. | Así. Llegar al origen. Y
ver. Que no hay. Distancia mayor. Que el prejuicio de creer. Que sólo
corre aire. En ciertas ciudades. Una mujer nueva. Dice la voz, certera,
maestra. Que es puro rojo fuego. Que es sólo verde savia. Sostiene sus
razones. Al mirar. Más allá. De este cuerpo. Que alberga. La sustancia de
tu placer. Bailaba boleros en la arena mojada. De tu cintura. Y la
mirabas irse. Sin decir. Siquiera. Me gustó. Verte…acariciar los cielos.
Anoche. Mientras vos dormías. Diálogos imaginarios. Que salten. La
distancia. De creer. Que el amor asfixia. Antes que yo lo supo alguien.
Una mujer nueva. En otras ciudades. También corre el aire. Llegar al
origen. Y ver. La llama. Que aguarda derribar. Los callos del corazón… y
ser rojo fuego/verde savia. Julia Volonté -
Enero de 2008
CUENTO | Final del
juego “De esa miel
no comen las hormigas” Patricio Rey.
-Yo quiero que mente superior domine a mente inferior -le decía, mientras
le mordía los labios. Ella jugueteaba, siempre con ese circulito
perverso. Y era cierto, cuando mente superior dominaba, ella producía.
Era hereje. No conocía maestros. Absolutamente todo puede volver a
escribirse. Una y otra vez. Ningún título es tan impresionante como para
no tomarlo ¿prestado? Pero él, ahí, en ese punto no la entendía. Hablaba
de un título y ¿de qué título hablaba? ¿De la final que le habíamos
ganado el año pasado? Ella no hablaba así de las derrotas. Se ponía seria
y melancólica. Y los ojos le brillan de bronca. Entonces, era imposible.
Saltaba de la cantidad de camisetas de fútbol que tenía, al cuento ese de
Cortázar ¿que no lo leíste? -te decía como lo más común del mundo. Yo no
leía ni la Paturuzú de chico… Y muchos libros, tenía para mi gusto. A mi
me gustan mas tontitas. Eso pensaba ella que él pensaba de ella. Y se
enroscaba. En el jueguito del cómo si… fuéramos campeones otra vez. Pero
no, como un perrito abandonado. Volvía y volvía. A pararse frente al
portero y apretar el piso y la letra. -Que eso si te lo acordás cuando
querés –lo increpaba ella. Y entonces, vuelta a rodar la rueda de la
ruleta que repite y repite…. Que alguien ya lo dijo antes, de otras
maneras. Pero ahora es ahora. Y hay que volverlo a escribir. Con una
mirada femenina, a veces. Ella lo miraba. Cuando era la niñita incrédula
que cree en los cariños de la piel y las palabras tiernas que bordean y
se disfrutan. Por eso tenía el puño apretado. Porque hacía cuánto no le
decían. Algo sincero alguna vez. Y él se llenaba de esas mieles, que ella
tenía. Muchos besos sinceros. Qué él
estrujaba
en la mano cerrada oprimiendo. Por eso esa mañana, la abrió. Para que
vuelen a otros cielos. Todas las caricias ciertas que alberga la palma.
Que puede siempre escribir otra nueva historia. Respirar otros aires.
Salir de la cancha. Para empezar a pensar. Que se puede también jugar en
primera. Julia Volonté | Diciembre de 2007
CUENTO | Nuestro tesoro
“Nada está perdido si se tiene el
valor de proclamar que todo está perdido y hay que comenzar de nuevo”.
Julio Cortázar
| Todo cubierto. Penetrado por la razón. Del capital. Que
establece. De qué lado estás en la cancha. No es todo fútbol. No
entendés. Las metáforas sobrevuelan. El contrasentido. Que dispone que
el mejor quede colgado. ¿Vos todavía crees esa pavada? No es juego. Es
negocio. Que decide dónde se lucen los mejores. Algunos métodos no
sirven. ¿A quién le importa? Una huelga de corazones que dejen de
latir por los colores en reclamo. De ese mercenario “que iba a jugar
gratis por un año1”. Y,
¿viste?, a los argentinos no les gusta laburar. Encima de los tres
meses que tienen de vacaciones. Hacen paro otra vez. ¿Y quiénes se
perjudican? Los pibes. Siempre se perjudican los pibes. Cuando no hay
clases por falta de gas. El techo de Primero D se está cayendo. Es un
peligro. Qué bueno sería pasarles “El nombre de la rosa2”
a los de Segundo segunda. Así ven en imágenes cómo se podía llegar a
vivir en la Edad Media. Siempre se nivela para abajo. Cuando no hay
con qué. Pero nosotros siempre inventamos una forma. Para que más acá
o más allá de lo que falta. Igual se construyan ideas. Con los pibes.
Y en el tiempo que nos queda. Al menos intentemos pensar todos juntos
un poco. ¿Por qué alguna vez fuimos? “el granero del mundo”- decían.
Fuimos campeones. Con los colores. Los derrotamos en el verde césped.
Con la mejor gambeta de todos los tiempos. “El barrilete cósmico3”
es nuestro tesoro. Cuando dejamos de pelearnos nosotros los mismos que
sufrimos las faltas de… y empezamos a mirarnos con respeto. Y a
escucharnos y a entendernos. Y no es que creamos todos en los mismos
colores. Pero algunos todavía nos acordamos “que cada uno de nosotros,
solos, no vale nada4”.
Pero otros muchos creen que lo importante es la cara en la bandera, en
la remera, en la tribuna, en el recital, en la cartuchera de los
alumnos. Sí, está en todos lados. Pero casi nadie lo leyó. Para
criticar a veces hay que conocer. Para saber si nos gusta tenemos que
probar. Como sería un mundo que sea verdad. Que se juega por la
camiseta. Que muchos ceros no sean más potentes que una pasión. Que la
injusticia es un concepto que se enseña en Historia. Para que los
pibes sepan. Que en la sociedad capitalista existía. Esa manera de
repartir los recursos. Y que muy pocos tenían casi todo. Y la mayoría
no tenía nada. Por eso a veces algunos campeones se convertían en
mercenarios. Y los que más tenían no podían distinguir. La pasión de
la gambeta. Poner el alma cuando se juega. El orgullo de ser.
Creativos. Para buscar siempre la solución al problema. Y hacer que
funcione. Aunque no sea último modelo. Por eso te colgamos “años en la
grada (tribuna) por mercenario!5"-
dicen. Porque no se acuerdan lo que es que esté todo perdido y empezar
a pensar cómo recomenzar. De nuevo. Y discriminan al que reclama
cuando es abuso. Se enoja cuando pasa rozando el travesaño. Y cuando
llega a la cima. Festeja. Las copas. “Que supimos conseguir6”.
Juntos alguna vez. Cuando podíamos soñar. Que valían la pena. Las
razones del corazón. Y elegíamos seguir caminando. Hacia el gol.
Julia Volonté - septiembre de 2007
1-
http://weblogs.clarin.com/boca/archives/2007/09/la-ultima-palabra-sobre-riquelme.html#more
2-
http://es.wikipedia.org/wiki/El_nombre_de_la_rosa
3-
http://www.videosdefutbol.net/videos243.htm
4-
http://www.geocities.com/ernestoelcheguevara/cartas.htm
5-
http://ar.news.yahoo.com/s/04092007/40/deportes-noticias-hinchas-villarreal-dicen-riquelme-mercenario.html
6-
http://www.sitiosargentina.com.ar/himno.htm
CUENTO - Sudando imágenes
“La cobardía es asunto de los
hombres, no de los amantes los amores cobardes no llegan a amores ni a
historias, se quedan allí” Óleo De
Mujer Con Sombrero - Silvio Rodríguez |
La
imagen. De tu monólogo interno. Fue penetrando los intersticios que
había entre tu mano y la mía. Un hombre miraba a una mujer que lo
miraba. Desnudos. Rozando las pieles. Buscando goles con el pubis
andaba. Por el laberinto. Soñando. Que tal vez. Quien te dice. Este
campeonato. Tiene que ser nuestro. Que ojalá no llueva mañana. Y
mientras preparo el mate. Voy a pensar. Si realmente vale. La pena de
enamorarse. A esta altura de la vida. Cuando florezco, estás. Siempre
andas por el área. Y me recuerda. Como se llega al gol. Entonces la
duda se troca certeza. Y ahí nomás te decís. ¿Por qué no? Ser. En los
pliegos. De la grieta. Que se abre. Húmeda. Cuando se sueña. Dormida.
Despierta. Con detalles. Ver venir la primavera. De tus manos. Que
buscan algo más. Que el silencio que queda. Después. Porque siempre
hay después. Qué tiene un par de además. Además tengo cosas más
importantes. Como darle de comer al hámster. Que me espera. En su
jaulita. Y además. No pregunta. Y se pierde. En su propio delirio.
Tras los barrotes. Que cree que tiene delante de sus ojos. Ya no tenés
tiempo. Para imaginar un horizonte. Sin prisiones. La cobardía es
humana. Igual. Te voy a querer. Y esperar. Y soñar. Y creer. Que eso
que hacemos. Es transpirar la camiseta. Julia Volonté | agosto de
2007
CUENTO |
Mostrar el contenido | Por Julia Volonté
Y ver, cuando sacás la tapa del frasco.
Que adentro no hay nada. Se acabó. Entonces, ese simple gesto te
genera reflexiones. Todo concluye al fin, así dice la canción. O la
plata no alcanza para nada. Y que no hay para reponer el frasco. Y
habrá que esperar. Al otro mes. Y que ya ni sabés si el otro mes, es
mucho o poco tiempo. Porque a veces ni el tiempo que hay que dejar
pasar en estos casos. Acorta las distancias. Siempre mirando de lejos.
Y no animarse. A probar otros cielos. Y después de tantos. Volver a
cruzar por la plaza del pueblo. Que te vio nacer. Y ser “esa” que
soñaste de niña. Verte en las esquinas de la infancia. Caminarte en
cada curva. Y no olvidar. Que un día saliste del pozo. Y no volvés. A
llorar pérdidas. Porque te pariste para festejar goles. Esos.
Cotidianos. De sonreírle a las muecas amables. De dejarse convencer
con el piropo. En el hallazgo de la palabra, que se te escapaba de la
mano. Al rítmico aleteo de tus dedos, acariciando las teclas. Y los
recuerdos. De las letras de plomo. Cayendo. En tu memoria. Y el
profundo olor a tinta que inunda tus sentidos. Una cruz, una pena o un
galardón. Nunca se sabe bien. ¿Qué fue? Te enamoraron mi montoncito de
palabras. Pero no quisiste/pudiste amarlas. Que es respetarme. Con la
desprolijidad de mis papeles. Y mi desorden hogareño. Mis nicotinas
cotidianas. Y el tiempo del partido. Noventa minutos dura. Por si no
te gusta. Te digo. Yo re tranquila. Si perdemos me afecta. Un poco.
Pero al otro día. Estamos ahí. Tiza en mano. Porque siempre
recomienza. Con la mirada atenta. Al lugar de las arañas. Que puede
aparecer en cualquier curva del camino. Bajo “ese” cielo. Que nos
encontrará. Felices. Sin dolores. Crecidos y hermosos. Pero para eso
falta tiempo. Cuando La Revolución sea algo para creer. “Esa” que
busque la primera igualdad. Necesaria para vivir en un mundo mejor.
Cuando la misoginia sea algo de otro siglo. Tiempo falta. Mientras
tanto. Vamos y venimos. Fumamos la pipa de la paz. Para no pelear.
Como niños o hermanitos en desgracia. Respiramos el aire. Que aún nos
queda en los pulmones. Y sin retroceder jamás. Revolucionamos un poco.
Las pasiones. Y las razones. | Julia Volonté | agosto de 2007
CUENTO |
Obdulio, siempre Obdulio
La celeste, que
estuvo en los cielos, por Eduardo Galeano | Hace más de
medio siglo que el Uruguay fue campeón del mundo, en el inmenso
estadio de Maracaná. Desde entonces, traicionados por la realidad,
buscamos consuelo en la memoria. Si aprendiéramos de ella, todo bien,
pero no: nos refugiamos en la nostalgia cuando sentimos que nos
abandona la esperanza, porque la esperanza exige audacia y la
nostalgia no exige nada. El Bebe Coppola, de profesión peluquero, era
también el director técnico del club de fútbol del pueblo de Nico
Pérez. Esta era la orientación ideológica que daba a sus jugadores:
–La pelota al suelo, los punteros bien abiertos y buena suerte
muchachos. El Bebe Coppola no tuvo nada que ver con Maracaná. Pero fue
como si lo estuvieran escuchando: así de simple, así de bien, jugaron
aquellos uruguayos la final de 1950. Más de medio siglo después, todo
al revés: jugamos al pelotazo y que Dios se apiade; nuestros punteros,
los wings, los alados, ya no vuelan y parecen más bien sonámbulos que
deambulan por el centro de la cancha; nuestro fútbol es cerrado,
avaro, pesado; y la buena suerte no nos acompaña. Mucho no la
ayudamos, la verdad sea dicha, aunque nos sobran ideólogos dispuestos
a proporcionar inteligentísimas explicaciones a cada uno de nuestros
desastres. En aquella final de Maracaná, Uruguay cometió la mitad de
las faltas que cometió Brasil. Pero más de medio siglo después,
abundan los uruguayos que dentro y fuera de la cancha confunden el
coraje con las patadas y creen que la garra charrúa es otro nombre del
crimen. En los partidos internacionales, nunca faltan los inflamados
locutores y los hinchas rugientes que antes gritaban: métale, métale,
y ahora mandan: mátelo, mátelo. Y hasta hay expertos comentaristas que
elogian lo que llaman la falta bien hecha, que es el asesinato
cometido cuando el árbitro está de espaldas, y la patada de ablande,
que es la que se propina cuando el partido recién empieza y el árbitro
no se anima a echar a nadie. Hemos llegado a creer que no hay nada más
uruguayo que jugar al borde de la tarjeta roja. Y si el árbitro la
muestra, y quedamos con diez jugadores, ésta es la prueba de que el
rival juega con doce: el juez nos ha robado, una vez más, el partido.
Y entonces la autocompasión, pobrecito paisito, se nos llena de
diminutivos. A partir de Maracaná, en realidad, hemos ido de mal en
peor. Quizás algo tenga que ver la decadencia del fútbol con la crisis
de la educación pública. Nuestros años dorados han quedado muy atrás:
en la década del veinte fuimos dos veces campeones olímpicos, en 1930
ganamos el primer campeonato mundial y 1950 fue nuestro canto del
cisne. Aquellos milagros parecían inexplicables, en un país con menos
gente que un barrio de Ciudad de México, San Pablo o Buenos Aires.
Pero desde principios de siglo nuestra educación pública, laica y
gratuita había sembrado campos de deporte en todo el país, para educar
el cuerpo sin divorciarlo de la cabeza y sin distinguir pobres de
ricos. Un drama de identidad. Triste anda quien no se reconoce en la
sombra que proyecta. Y entre las causas de nuestra desdicha futbolera,
que es la gran desdicha nacional, hay que mencionar también la venta
de gente. Exportamos mano de obra y también pie de obra. Los
uruguayos, habitantes de un país deshabitado, estamos desparramados
por el mundo. Nuestros jugadores también. Tenemos 248 futbolistas
profesionales en 39 países. El fútbol es un deporte asociado, una
creación colectiva, y no resulta nada fácil armar una selección
nacional con jugadores que se conocen en el avión. De fútbol somos. El
lenguaje cotidiano lo revela: quien no hace caso, no da pelota; quien
elude su responsabilidad o desvía la atención, tira la pelota afuera;
para enfrentar una crisis, hay que parar la pelota o ponerse la pelota
bajo el brazo; quien hace algo bien, mete un gol, y si lo hace muy
bien, un golazo; quien da una respuesta justa, pone la pelota cortita
y al pie; quien comete deslealtades, ensucia el partido, embarra la
cancha, pega de atrás; quien se equivoca por poquito, pega en el palo;
una buena respuesta es una buena atajada; quien se descoloca en
cualquier situación queda fuera de juego; quien se equivoca feo se
hace un gol en contra; los niños muy niños están empezando el partido;
los viejos muy viejos están jugando los descuentos; cuando la mujer
echa de casa al marido infiel, le saca tarjeta roja. Los uruguayos,
pueblo futbolizado, creemos que la patria se acabó en Maracaná. En el
fondo, sospecho, el problema está en que todavía creemos en esta gran
mentira impuesta como verdad universal, esta infame ley de nuestro
tiempo que nos obliga a ganar para demostrar que tenemos el derecho de
existir. Pero nuestra mayor victoria en el Mundial de 1950 ocurrió
después del partido que nos coronó en Maracaná. Nuestro triunfo más
alto encarnó en el gesto de Obdulio Varela, el capitán celeste, el
caudillo del equipo. Al fin del partido, él huyó del hotel y del
festejo. Y se fue a caminar y pasó la noche bebiendo en los bares de
Río, callado la boca, de bar en bar, abrazado a los vencidos.
CUENTO | El pibe de la reserva
"La
desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la
valorización del mundo de las cosas."
Karl Marx. | Sí, lo conozco. Un
tiempo vivió conmigo. Pero se cansó de creer. Que podía llegar. Y se
fue. A probar suerte a otro lado. Dónde hay moneda. Que le deja
comprarse el celular con camarita. Aunque le vaya amoratando los
sueños. No se bien que hace ahora. Le gustaba. Si. Tenía pasta de
campeón. Pero era pibe. Algunas cosas no conocía. La experiencia te da
sabiduría. Y eso, no es cuestión de años. Podes ser un pibe. Y haber
jugado en muchas canchas. Pero de ahí a aprender. Hay un trecho. Que
no todos imaginan. Que vale la pena recorrerlo. Entonces, así nunca
llegas a la primera. Un campeón sabe. Como dar vuelta una derrota. Ver
el error. Y tener cintura para cambiar. Lo que repite la historia.
Pero no todos se animan. A soñar. Que ser feliz tiene nombres. Y
futuro. De confiar. En otra gente. Que también quiere. Encontrarle
solución. Al “es lo que hay”. Al “callate y conformate”. Podemos
hacerle un agujerito al sistema. Si volvemos a nominar. Las utopías.
Que nos esperan. Para agitar. El motor de la historia. Una vez más.
Pero claro. Hay que querer sentir eso. Que se siente cuando vas yendo.
Por el túnel. Hacia la canchita. Imaginando el eco de tu nombre.
Aullado por “la Doce”. Y vos, alzando la copa. Entre tus manos reluce.
Este cuero. Si lo tocas. Con convicción. Firme. Sostiene la piola. Que
dibuja. Gambetas. Libre. Volando. En el cielo. La cometa.
Julia Volonté | Junio de 2007.
CUENTO | La camiseta
“Es el amor, amor profundo, es lo que siento…” Jaime Ross.
| Dicen que hace frío. No sé, anoche ¿no sabes lo que me pasó? En la
tele decían que hacía 10º2. ¿Eso es frío? Yo sentía un calor. Tuve que
salir al balcón. Era una pasión que salía del corazón y se expandía
por las venas. Hacia todos los puntos del cuerpo. Una piel. Qué una
tiene. Pero esta se me había incrustado. Por una semana. No se puede
sacar. Hay que llevarla a todos lados. No es necesario que se vea.
Pero tiene que estar. Yo no digo nada. Porque es como dice la canción
de Jaime Ross, sí, esa que le escribió a la “celeste”. “Vamo´ a
las páginas de Gloria, escalón por escalón…”- dice. Y si por
ahí, que se yo, quién te dice. Hoy escribo esto porque dentro de una
semana. No se sabe. Si sentiré calor o el frío que dicen que hace
llegará a mi ventana. Pero como sea. No creo que me siente a escribir.
Por eso, mientras escucho la canción que dice: “Vamo´ hacha,
tiza y pizarrón, vamo´ que la historia está cantando, vamo´ con linaje
de rebelde, sin más gala que su vuelo, con destino de campeón…”
Cierro los ojos y me veo, saltando, con la piel incrustada desde hace
una semana. Y las manchas de mate y no lavarse por cábala. Copando 7 y
50. Ningún rojo y blanco; nada de blanco-azul. Todas las pieles
calurosas, felices. Y “vamo´ que la Copa está preciosa, la
tribuna la reclama…” Bajo el cielo azul asoma una luna de oro.
Qué ilumina. La alegría bailando el carnaval todo el año. Y como sea
que ocurra. ¿Quién te quita lo bailado? Y las palabras que te hace
soñar. Dibujar emociones. Y mucho calor. Que sale de la zurda bien
orgullosa y henchida, chorreando sabor xeneize.
| Julia Volonté - junio de 2007
CUENTO | Bailando con
Román (a la final)
Alegría. Desde el televisor prendido se proyectaba. “Nosotros
confiamos en nosotros mismos” -decía. Sonaba como un eco de otra
época. Sensación de primavera de los pueblos en el aire. Y
estábamos felices. Porque creíamos. En algo. Así como cuando uno es
chico. Y cree en esas cosas mágicas. Como los reyes magos. Se puede
transformar. La realidad. Teñirla. Con imágenes de iluminados
festejos. Simples celebraciones. Cotidianas. Como que te haga feliz tu
trabajo. Y tengas amigos en quién confiar. Tus secretos. Con quién
abrazarte para festejar un gol. A veces es bueno dejarse de chamuyos.
Y bailarse una cumbia. Se escuchaba de fondo. Y sólo vos y yo.
Trenzados en un furioso vaivén. Anticipación de lo que vendría. Algo
mucho mejor que seguir viendo la cancha desde la reserva. Pero hay que
recorrer cielos para descubrirlo. En estos tiempos es difícil
encontrar. Pasta de campeón. Eso, sí. De poner todo en la cancha.
Porque en casa. ¡Hay que jugar de visitante! Con toda la hinchada en
contra. Allá estamos tranquilos. Porque hay pocos que tienen eso. De
mirar a todo el estadio en contra. Que te silba. Y saber soñar. Alma
de
jugarse
el pellejo. Metafóricamente hablando. Claro. Porque no es femenino que
una mujer se ponga violenta. ¿Pero como se hace? Para que las
rispideces de la vida no te violenten. Entonces llegan. Los sueños.
Una noche de febrero. Bailando cumbia. Me dijiste –volví. Y ahí esa
mañana tomando mates. La soñé. Brillante. Redonda. Y los partidos
empezaron a sucederse. Y vi. Cómo se iba enlazando un caminito. De
anhelos. Uniendo emociones. Que se guardan en el rincón más calentito.
Esas que te ponen mimosa. Pero hay que tener gloria para verlo.
Experiencia. De saber salir a la cancha a jugar. Y siempre querer
estar. En todos los partidos. Ningún suplente. Nunca un “hoy estoy
cansado”. La dignidad y el orgullo. De llevar la camiseta. En la piel.
Entonces cuando lo ves. Parado en la cancha. Erguido. Entero. Con la
mirada allá. ¿Cómo no le vas a creer? ¿Cómo no vas a confiar? Porque
sabés. Que somos el pueblo del carnaval. En toda la república. Y
allende los mares. Se celebra. Y entonces suena. Una y otra vez. El
eco. De aquella noche de febrero. Cuando empezó a rodar… "Una
calle me separa Del amor que esta en mis sueños De tu amor no exijo
nada Solo quiero ser tu dueño”- recitaste en mi oído. “Y
mi amor que en busca de ella va No importa ni el dolor Que ayer mi
hizo llorar”, mientras me mirabas. “Yo se que al
ventanal Mañana asomara su cara angelical
(1)”, bailando conmigo. Como
presagio. Profecía de lo que vendría. Y lo felices que seremos. Por
pasado. Por memoria. Por garra. Y ardor de ser. Saber dejar los
colores siempre en alto. Y jamás bajar la mirada. Cuando se siente.
Amor. Con las pasiones sudando. Y el corazón bien azul y oro.
Explotando. Vibrando. Palpitando. En la cima. De días indisolubles,
indestructibles. Que estarán. Más allá de los tiempos.
| Julia Volonté | Junio de 2007
(1)-
NÉSTOR EN BLOQUE - UNA CALLE NOS SEPARA
LA CAMARITA
| CUENTO | POR JULIA VOLONTÉ
Las
teclas se humedecían. Los dedos caminaban muy rápido. Y la fricción.
Provocaba sudor. Encima el mate. Hablar y tomar mate. Como si hace
mucho que no te ves. Y tenés tanto que contarte. Él usaba esas
palabritas. Sí, esas. Que te van convenciendo. Lentamente. Un
preciosa. Como al descuido. Tampoco tanto. Pero la mirada lo
delataba. Cuando se tocaba. Pensaba en ella. Entonces ahí se decía. Es
calentura. Y todo porque no se animaba. Algunas cosas no haces
con “cualquiera”-le dijo ella. El no necesitaba “cualquieras”.
Y se acusaban. Mutuamente. De quererse tanto. Y encender. Para
que vea mis gestos- pensó. Y se dejó de vueltas. Y fue hasta
el negocio. Y se compró la camarita. Sí, ella misma. Austera. Con ese
aire intelectual que a veces ponía de -yo no hago esas pavadas.
De sentarme frente a una pantalla. A mirar. Y mucho menos, que me
vean. Tengo cosas más importantes que hacer. Que enamorarme. Sí,
cruzar la línea. Y empezar a hacer gansadas. Pero a veces el tiempo
pasa. Y algunas cosas persisten. Como acordarte de un detalle estúpido
del día que lo conociste. Como la ridiculez de sentir nostalgia cuando
escuchas un tango. Y recordás. De esa forma única. De marcar el
quinto. Y no estoy hablando de goles ¿eh? Esos dibujitos que se hacen
con los pies. Con la mano en la espalda. Y abrazando. La Cumparsita de
fondo. Y mi pie sigue tu pie. Y tu mano me guía. Algo tierno. Como
cuando el Abuelo Papi me subía al caballo. Y me enseñaba como se
manejaban las riendas. Se siente igual. Y eso tiene un solo nombre.
Pero, siempre hay un pero. Dos años es mucho tiempo para esperar. Se
seca la sangre. Y entonces. Hay que buscar. Alguna manera. Todo
tiene solución. Menos la muerte -le dijo ella. Y le mostró el
sol. Que colgaba de su cuello. Y lo amenazó. Con robarle. Palabras.
Para escribir. Porque a veces. ¿Cómo haces? Para decirle a alguien.
Que tiene el poder. De detenerte la mirada. Sí. No te interesan otras
ventanitas. Porque no es algo imaginado. Recordás exactamente. Como
era el sabor. De su Boca. Y más allá también. No es algo que construís
con pedacitos de imágenes. Sabés, perfectamente el sonido del
ronquido. Pero no te molestó. Y de eso no tenés vuelta. Estás
definitivamente perdida. Y entonces. ¿Qué hacemos? ¿Vamos o venimos?
Vueltas. Que si puede ser, pero… No sé. Sí, estoy. A punto
caramelo. Los dos. Juntos. Hacemos cosas. Y permanecemos.
Justo ahí. A pesar. Del océano. Que me iba a cruzar a nado. Sólo por
olerte. Eso no tiene interné ¿viste? -pensó en decirle.
Es puro tacto. Nada más. Y nada menos. No es la máquina. Es para que
me veas. Cuando tomo mate. Y para mostrarte mí casa. Que mires mis
ojos cuando te veo. Y verte ese gesto. De “argentino sobrador”. Qué
las sabe todas. Que no te vas a borrar ni aunque te vayas a Nepal. Y
que sólo luce en Argentina. Y sí, a veces no estamos de acuerdo.
Entonces. Cada cual sigue. Por su lado. Como el día. Que nos besamos
la última vez. En 7 y 51. Y no miré para atrás. Volví. Por el bulevar.
Sin sentir. Dolor. Angustia. Nada. Respirar bien profundo. Y mirar
allá. Para ese lugar. Que no es acá pero tampoco queda lejos. Que
habrá que construir. Porque no existe. Como fundar una constelación
nueva. Destinos que se encuentran. Y nace algo distinto. Que por ahí
no habías pensado hacer. Sí, hablar de esas cosas. Que nunca hablaste
con nadie. Confesarse sueños. Que no te animas a soñar. Ni cuando
estás sola. Pero él tenía la llave. Que abría. El cofrecito. Y eso
daba miedo. Bajo cualquier cielo. Entonces mejor. ¿Cuándo te
compras la camarita? -insistía. No me vengas con los
discursos. Que los docentes argentinos. Son pobres. Sí, puede ser.
Pero algunas somos felices. Perdón. Por querer. Estar en la tierra del
asado y maradó. A veces escasea. Es cierto. Pero igual. Estamos bien.
Nunca me gustó que me digan: vale. No sé. Para mí es dale!, aguante …
lo que sea. Vueltas. Del lenguaje. Y todas las otras vueltas. Que te
acercan. Y alejala un poco más. Así te veo bien. Ahí.
¿Me ves? -preguntó. Yo sí. Porque sé. Que lo mejor está por
venir… | Julia Volonté | junio de 2007
MARCAR LA CANCHA
| CUENTO | POR JULIA VOLONTÉ
(El
gol es un estado de ánimo |
Dante Panzeri)
| Ta, ta, ta…, la pelota pasa rozando el travesaño. Así se
sentía ella cada vez que lo veía. Con ese gusto en la Boca de
casi. Casi gol. Pero no. No sentía esa sensación de festejo en el
corazón expandido. Los angelitos guerreros no saben. Jugar. En mi
cielo aurinegro. Pero, sin embargo, lo intentan siempre que bajan
de su cielo. Y eso es lo que hace que los partidos sean
emocionantes. Pero siempre vuelve primavera. Y la poesía se
escribe con la misma tiza con la cual se marca la cancha… para
ambos lados igual. Igual a vos y a mí y a todos los que una vez
sentimos. Miramos la luna. Llena, partida. Y soñamos. ¿Cuánto hace
que no soñás? Algo, no sé. Ver amanecer, por ejemplo. El sol
amarillo que va tiñendo el paisaje. Pero ¿dónde? ¿Acá o allá? Ya
no recuerdo. Viajé tanto que ya no se. ¿Cuál es el Sur? De tu
cuerpo imaginaba pedazos. Una sonrisa a veces. Un codo. El dedo
gordo del pie. Vi un día que pasé por tu casa a tomar unos mates.
Y nos entreveramos en otras cosas. Que mejor ni me acuerdo. Porque
si no, te deseo. Y me dan ganas de verte. Pero no se puede. Porque
los sentidos están en Estado de Sitio. ¿Qué cosa? Sos demasiado
joven para saber que es vivir en estado de sitio vos. Le dijo ella
mirándole los labios. Encima de ese país de donde vos venís.
¿Ustedes también tuvieron estado de sitio? No se. Yo ahora me voy
¿sabés? Si algún día tengo tiempo me contas. Y te cuento. El sol
está saliendo en mi ventana. Y un día allá hace mucho tiempo.
Cuando vos todavía no estabas ni en el sueño de nadie. Yo creí que
nunca más iba a ver amanecer. Y entonces aprendí. Que la vida se
celebra. Y los ojos cuando se encuentran. Se festejan. ¿Sabés lo
que es eso? No creo. Hay que jugar muchos campeonatos. Perder
muchos partidos. Y saber. Salir con el sol de la mañana. Y
bancarse. Las cargadas. Los desprecios. Las sinrazones. Volver a
resurgir en la cancha. A pesar de todo. Y saber salir otra vez.
Mirar el verde césped. Y estar fuerte porque acá “somos once
contra once”. Pero vos sos muy botija para saber de eso. De eso de
lo que te estoy hablando. Mejor cruzá el océano. Los mares todos.
Todos los ríos que riegan el planeta. Pero no te olvides. De mirar
el cielo. Y cuando busques la Cruz del Sur allá. Allende los
mares. Y no la encuentres. Sabrás que acá la estrella siempre
seguirá, brillando. Más allá y más acá de tus imposibilidades.
Porque ningún estado de sitio. Pudo con el deseo. Con el amor. Con
el después. Y con el gol. Ese estado de ánimo. Que vos decís
conocer. Pero dificulto que conozcas. Hay que mirar la muerte a
los ojos. Para saber lo que cuesta celebrar un gol. Festejar la
vida, corazón. Animarse a ver la copa desde abajo. Y surcar con
entereza el camino del retorno. Para alzarla finalmente. Y
enaltecer la memoria. De ser del Sur. Revoltoso. Que no se olvida.
Como el amargo. Del mate. Que nos tomamos aquel día que nos
confesamos. Que sí. Acá también la gente se quiere. Aunque no
cobre sus salarios en euros. Espera. Ver. Cómo crecen los gurises.
Cómo se queman las brasas que caldean el asado. Como se entreveran
las manos que giran el mate. Y sueñan. Aún, y a pesar de todos.
Los estados de sitios. Los años de desmemoria. Los silencios. Las
complicidades. Las impunidades. Esta gente aún sueña. Y espera el
domingo. Para celebrar. Aunque más no sea. El gol. Que le
devuelve. La efímera victoria de salir. El lunes a laburar.
Airoso. Contento. Feliz. Porque estamos vivos. Y somos muchos los
que sobrevivimos. Y tenemos memoria. Y ganas de cambiar la cosa. Y
resistimos con poesía, con tiza, con cancha. O con lo que podemos.
La felicidad de estar vivos. Y ver amanecer. Con el mate presto en
la mano siempre. Y el gol en la mirada. Que nos sostiene el
aliento. Y nos da ganas de creer. Y soñar. y seguir.
Julia Volonté | mayo de 2007
CUENTO | La “Profe”
de Historia
“Vos sin miedo y ellos sin impunidad…”
Graffiti | Cuando llegó a la puerta, observó que la cola
doblaba. Esperar –pensó. Cola para pagar. Y hay que esperar.
Tedio. Ufa. Los minutos se sucedían pero en forma tan lenta que se
aburría. Empezó a buscar algo en qué concentrarse. El señor de
adelante hablaba con la de más adelante. Y empezó a oír. “Los
pibes
de ahora no tienen valores”- Mirá –se dijo-, lo que piensa el
tipo. “El otro día me tomé el tren. Y subieron unos pibes de
veinte años tendrían. Y cuando pasaron al lado mío tenían un olor
a vino”. Ajá ¿Y?. “Lo que pasa es que en mi época, aprendíamos.
Uno cuando hacía la colimba ahí te enseñaban a hacerte hombre”.
Bien, en este punto se encontró
en esas disyuntivas de la vida cotidiana. A saber: • Hacer como
que no escuchó. • Le dice “disculpe”, y le recuerda algo como
Malvinas. Respiró profundo. Miró el reloj. Y se acordó que en una
hora tenía Perfeccionamiento docente. Y ¡qué perdida de tiempo!,
“discutir la nueva ley”, sobre todo discutir. O sea, intercambiar
ideas. Llegar a algo. Que cambie un poco la cosa. Pero no, eso no
pasa casi nunca. Y se dijo –bueno, es una vez cada tanto-. Y
sintió alivio. Al pensar en sus alumnos. Sí, los pibes de los que
hablaba el señor. Los del olor a vino. Los de “profe rescátese, no
nos de más tarea”. Los que escuchan Callejeros, NTVG, Jóvenes
pordioseros, algunos cumbia villera, por ahí alguno un Jim
Morrison, o los Redo, pero son pocos. Los que se ratean para ir al
ciber o quedarse en la plaza, fumando. Y los de: -los timbrecitos
de los celulares en clase, no chicos o el más terminante ¡apagá el
celular! -Los pibes -piensa y se pone seria.
El señor seguía hablando de los políticos y de que Alfonsín era
borracho- dice. Borracho- pensó ella-. Y vio la cara colorada de
Galtieri. Y se acordó de que tenía que preparar la clase del 2 de
abril. Y se le sucedieron las ideas. Un poema de Borges. El
testimonio de un veterano, que había leído y guardado. Buscar un
video, la imagen dice más que mil palabras, a veces. Pero el eje
tiene que ser la soberanía. Y los veteranos también. Relacionarlo
con la idea de héroe. La desprotección. El gobierno militar.
Responsabilidades. Galtieri. El reclamo de la soberanía por parte
de los gobiernos democráticos. Hay que darle forma y está.
El señor de la colimba y los
pibes con olor a vino, estaba pagando su cuenta en la caja. Y
después le tocaba a ella. ¡Qué pérdida de tiempo hacer esta cola!
Y una que ni sabe con quien se cruza en la calle. La gente que
quiere “mano dura” está en todos lados. Pero bueno, no es tanto
problema. Peor la gente que tiene responsabilidades y anda libre.
Pero, a veces, escuchar, mirar, saber y no decir nada. ¿Te
convierte en cómplice? Una delgada línea que divide. El espacio
que deja el olvido. Te hace confundir a Galtieri con Alfonsín. Y
los tiempos que cambian. Y la gente que no está. Y los que nos
quedamos acá. Y tenemos que arremangarnos. Y seguir caminando por
la calle. Y no saber con quién te podes cruzar. Y el miedo. De que
los recuerdos se evaporen. Y todo se confunda más todavía. Pero
las luces de la memoria se encienden. Cuando se entreteje. El
diálogo. Entre los que se van yendo y los que van viniendo. Y los
que nos acordamos, contamos. Julia
Volonté | abril de 2007
CUENTO | Julia Volonté
El
clásico | El ruido de las llaves. Y la puerta que se
abre. Atrás. Tras esa puerta está la historia. Que el cuento
pretende relatar. Pero no lo vamos a decir por ahora. Hay que
dejar que el lector/a (seamos amplios), imagine. Lo que quiera.
Porque una, a veces, no puede conformar a todas las cabezas. Pero
como siempre tiene que haber vaivenes. Siempre hay subiditas y
bajadas en las historias. Combinaciones que te hacen volar. Y
otras cosas que no están tan buenas. Que se podrían obviar. Pero
igual se dicen. Es como para plantar bandera. O algo así. La cosa
es que resulta que era ir y venir. Siempre recomenzar. Inflamarse
el deseo. Lentamente irse arrebatando las manos. Eran vueltitas y
vueltitas. De la historia. Nada serio. Nada de que preocuparse.
Ningún nerviosismo en el estómago. Como cuando se encienden las
luces del recuerdo. Y la pelota en el círculo central. Y todo está
por comenzar, señores. Ellos tienen esa habilidad. De ver en un
televisor de un bar. “Que la quiso puntear y no le salió. No
importa. ¡Vamos carajo! A meter que falta todavía”. Después de un
tiro libre que pasara rozando el travesaño. Los dos giraron la
cabeza. Y se miraron. Él le guiñó un ojo. Y ella supo. Que estaba
ahí. Y se quedaba. Clavado como estaca. El corazón aurinegro
latía. Fuerte siempre. Porque no era cualquier partido. Entonces
podía ir y venir. Según le plazca. Pero era mirarse y no aguantar.
Las ganas de partirse la Boca. Como te explico. Como un gol que
gritás con todas las ganas. Y no te importa. Que parezcas “una
barra brava”. En la cama. Eso sí, sin camisetas por favor. La piel
sudada está bien. Aunque algunos no lo entiendan. A ciertas chicas
nos gustan los goleadores. Será por la explosión del festejo. O
por meterla en el arco. No sé. Hay imágenes potentes en el fútbol.
Que se deslizan bajo la ropa. Una estrategia bien planeada.
Buscarse y buscarse. Los noventa minutos. A pesar de la mueca
tornasolada del adiós. Lleva la marca en el iris. Del gol. Que
supo festejar. Cuando amanecía. En el orillo del placer.
Deshojando suspiros. Florecida. Feliz. Más allá de que el lector/a
considere que “aurinegro” podría cambiarse por otra cosa. Igual,
el tambor va volver a repicar. De fondo. Y como quien no quiere la
cosa. Asomada, mirando el horizonte. Me verás ahí. Donde te gusta.
Que florezcan los besos. Y se acaricien las pasiones. Subiendo por
la espalda. Y los ojos bien abiertos. Para reflejar las
intenciones. De volver a empezar. Y buscar el gol. Durante todo el
partido. Julia Volonté | abril de 2007 Retirada
Era una silueta de mujer que
se iba. Prefería llegar al cielo sola. Mientras bailaba
bachatas con su sombra. Y tenía teclas deseos en sus dedos.
Cuando recorrían el cuerpo. Desnudo. Junto a la ventana. Se
enredaban. En un vaivén. Y era como soñado. Había poesía. En
el encastre perfecto. Entre esos dos cuerpos que sudaban. Como
telón de fondo del recuerdo. El mate amargo entrelazaba
nuestras manos. Sin querer, ahí nos encontrábamos. Era suave.
No se temía por perder la libertad. El amor te liberaba. La
música que sonaba nos llevaba. Y lentamente nos íbamos yendo
al lugar de las arañas. Generalmente perdía la cuenta de los
goles. Una época gloriosa. Campeonato tras campeonato. Por eso
una no se acostumbra al empate. Tan mezquino resulta. Nunca un
derrame tierno. Ese gol en el último minuto. Te rescata y te
da el triunfo. De campeón. En el encastre perfecto. Aquella
vez. En esa cama en Montevideo. Y mi mano andariega. Inquieta,
estaba. Y me exigiste. Que te ame. Y cabalgué con mi Boca.
Pero siempre hay algún Río que separa. Y la distancia. Y
adormecerse. Marijuana. Le decía ella. Una buena manera de
olvidar la distancia. Y recorrer el camino de los sueños.
Mientras bailaba bachatas con su sombra. Arrullada por cielos
aurinegros en su ventana. Miraba. Y esperaba.
| Julia Volonté | abril de 2007 “En este tiempo, en este tiempo de
antifaz...” Amor Profundo. Jaime
Ross Luna Partida
La Yuli amaneció una noche. Miró por
la ventana. Después cerró el postigo. Preparó unos mates y se
acordó. A la pared blanca le dijo lo que sigue: -¡Che, vos!
Sí, vos. Con tu cara de melocotón de cera. Tus esquivos ojos
de entregador. Aunque te rapes las mentiras, seguís escupiendo
besos con papel picado que se te mete entre el paladar y el
agujero del diente arreglado. Nunca pudiste enderezarte la
mirada. En el camino te quedaste leyendo a Keruac. Hippie
pos-moderno. Querés resucitar el fuego que se encendía cuando
Jim acariciaba los labios con su lengua. Payasito de mis
caricias no llegás ni a Pierrot de cartulina. ¡Che, vos!, sí
vos, lesionado tu cerebro no entrás a la cancha. Vos me
hubieras entregado. Es algo mejor que la desidia en la que me
dejaste. Piruetas de sonrisas aprendí para zafarme, de tu
implacable filo que amorató mis ganas. El premio está bien
guardado. Los botines no me asustan y aprendieron. Caminan sin
resbalarse. Pituco de ningún barrio. No te hagas el pobrecito
botija que no entiende las palabras. A la hoguera para que me
asfixiara. Me hubieras entregado. ¿Te dolieron mis manos
cargadas de poesías? Ya no sangran por tocarte. Ni un dolor.
Suave cuero mi cuerpo. Delicias de mis dedos. Palabras, por
las noches, ardores. Aromas del chasquido de mi lengua
acariciando los labios. Sin payasitos de pitucos. Sin esquivas
miradas. Mis ojos ven. Que tú, has muerto. Luego la Yuli se
encendió un cigarrillo negro y suspiró profundo. Abrió
nuevamente la ventana, miró y le dijo: Hay una luna partida en
mi ventana. Semi amarilla. En el fondo cielo. No sé por qué
imagino. Mi cuerpo hamacándose. Entre tus brazos. Semi entera.
Amarilla navego. Hasta arribar a tu puerto. Semi partido. Y
negro.
Marzo de 2004 Julia Volonté Saltimbanqui
desquiciado
Ayer te vi, con los ojos abiertos sin
poder mirar. (Rubén Rada) El tipo es de los típicos que creen
que los objetivos surgen al andar. Sin rumbo por la vida. Así,
bien posmoderno. Crea fantasías de un futuro plagado de
suculentas recompensas. Pero cree que eso se construye
moviéndose. De un objeto a otro de deseo. Así crea horizontes
maravillosos que se desvanecen cuando se tocan. Adaptarse al
medio. Es la consigna. Y sobrevivir de una u otra manera. Sin
importar muy bien los fines. Porque todo se va viendo sobre la
marcha. Así se puede ser varias cosas. Según las
circunstancias. Con ideología obediente. Y voluntad permeable.
Ajustándose a todo acontecimiento. Si me conviene ¿por qué no?
-se dice. Es siempre la ley del mercado. Vos ofreces yo miro y
si me gusta compro. Los corazones ruedan. Caída libre. Se
devalúan. Y más se impone la necesidad. De vivir una vida de
burbuja. Sin lunas llenas en los horizontes. De esas de
enamorarse. Sí, pero para él eso es cosa antigua. No es que no
sepa lo que es. Qué hombre alguna vez no se enamoró de una
mujer. Pero si dolió un poquito, ya no se repite. Muy
vulnerable queda todo. Expuesto. Se agiganta como un arco, que
se agranda en el penal. Por eso mejor adormecerse un poco.
Soplando burbujitas. Y olvidar. Que tenemos una historia. Y
palabras que valen. Manos que acarician. Y ojos atentos para
ver si viene la pelota del gol. Pero los que no pisan tierra
firme no la pueden embocar. Es como una maldición. Cuando
estás adentro querés salir y cuando estás afuera querés
entrar. Por eso él mejor ni piensa. Extraña lo olvidable. Los
días con luna llena mejor ni recordarlos. Adormecerse los
latidos. Y seguir. Otro rumbo que andar. Girando y girando.
Sobre sí mismo. Como perro que se muerde la cola. Y nunca
encontrarse. Con el verdadero que se quiere ser. Pero por más
que adormezca siempre se le escapa un poco. La baba del
recuerdo. Que chorrea. Sobre el deseo. Y las ganas de saber
qué tan lindo es verse llegar con orgullo a algún horizonte. Y
sentarse a contemplar cuánto valió la pena creer que era
posible. Algo diferente a que futuro suene a moneda y
beneficio. Pero hay cosas que no se dicen. Como que “me toco
cuando te pienso”. No, él no es capaz. Los recuerdos se
esconden en el puño cuando se llora. Al mate no lo abandona
pero va cambiando los modismos. Y así se pierde el sabor. A
veces, probar y probar te quema el cerebro. Lentamente. Se
desvanece el horizonte. Como telón que cae. Y así concluye la
función. | Julia Volonté | febrero de
2007 |
En Valizas de
noche no se ve
Sólo por partirte la Boca. Hubiera
sido. Sí, algunas veces una dice cosas. Que no gustan. Como
revelar una foto. Y ver que no era tan lindo. Imaginarse es un
buen recurso. Pero a veces hay que palpar un poco. Las lunas
únicas se ven in situ. Puedo suponer que vos la ves. También.
Algunos días. Pero te cuento, no te angusties. En el Sur late.
Al ritmo sudoso. Y hay mañana. Si lo creemos. Lo reconozco. El
mate amargo en la mañana. Insustituible. Como mirar el Río y
saber que tiene historias. De esas que no se escriben en los
libros de escuela. Partirse la Boca es saludable.
Recomendable. Lo digo por si acaso. No te habías dado cuenta.
Que hay aire en mis pulmones. Y ya no puedo resistir más
despedidas. Que gire. Y no se atranque. En un soliloquio
uruguayo. Es amplio el continente donde vivo. Son muchas las
pasiones de mi sustancia. Y hay un mirar preciso. Igual guardo
la tapita de cerveza. Que tomamos esa noche. Y te miraba. Y me
mirabas. Y descubriste mi secreto en dos palabras. Y supiste
que sostengo cuando quiero. Pero es una ilusión y hay que
partir. Y subir al camino y seguir. enero de 2007 - Julia
Volonté
“Adoquines y deseos”
(*)
Vertical
y filosa, la vidriera es la guillotina de las tentaciones.
Solo pueden atravesarla sin riesgo y con relativo éxito, las
miradas, el dinero, las tarjetas de crédito y los adoquines. Y
tal vez los deseos. Porque el deseo aferra lo que quiere antes
que la mano, y una vez que lo aferra no lo suelta y se pone a
convencer a la mano para que vaya a buscar lo que le parece
suyo pero no es suyo. Si lo miro fijo me lo veo puesto, si me
lo veo puesto me parece mío y cuando es mío desaparecen todas
las vidrieras del mundo. Pero no siempre el deseo convence a
la mano y por lo tanto, tampoco desaparecen todas las
vidrieras del mundo, solo tal vez. Un tal vez que depende del
empeño de la mirada, de la vileza del metal, de la solvencia
del crédito o de la bravura de los adoquines.
Las vidrieras del tercer mundo son las
ventanas del primero. De aquel lado están los deseos
cumplidos, las Nike Rival Shox Leeather, los Lee bootcut
Original, las Barbie Gerl Fashion Fiver, las hamburguesas
dobles de Mc Donald´s y la madre que los parió.
De este lado, los
deseos propiamente dichos (o sea, los que aun no están
cumplidos), la paciencia de los pies descalzos, las manos
vacías de las muñecas mancas, la moneda ausente, el pan de
ayer, el hambre para mañana, la ñata contra el vidrio y la
puta calle.
Las vidrieras tendrían que ser de agua,
de agua colgada para poder pasar, mojado aunque sea, pero
poder pasar. Que al pobre se le moje la ropa y al rico las
tarjetas de crédito, y a ver quien paga más efectivo. O que
los deseos sean adoquines, y a ver quien es el que desea más
fuerte. O que las vidrieras estén siempre empañadas para que,
al menos, el que no quiera ver, que no vea, y el que quiera
ver tenga que pasar la mano por el vidrio para desempañar la
realidad y, al mismo tiempo, palpar el límite impreciso entre
el puedo y el no puedo, entre el Christian Dior cash y la
mortadela fiada, entre la vidriera y vos.
(*)
De la
nota Editorial de la revista “Ángel de Lata” (noviembre de
2006), enviado por Julia Volonté
CUENTOS | Por
Julia Volonté
Había un país donde yo
vivía
Era
otro país. Donde había sueños. Algo mejor para nosotros. Más
justo. Más humano. En ese país había gente. Cuando miro por la
ventana los veo pasar. Despreocupados del mañana. Transitan un
hoy eterno. No construyen. No crean. Como ovejitas al matadero
van. Ponen la cabeza bajo el filo. Y gozan cuando los
decapitan. Y mueren por nada. Entonces creemos que no valió la
pena. Vivir en un país donde había gente. De la que piensa en
la otra gente. Y no es por un beneficio que te quiero. Porque
aprendí a esperar. Que tal vez será mañana. Y nos miremos a
los ojos otra vez. Y nos veamos. Como gente. Que sabe sufrir
por otra gente. Que te duele. El pibe que pide moneditas. El
viejo que revuelve la basura. Los murgueritos de la 18 de
julio. El piojito de la camiseta de boca juntando los cartones
en 12 y 57. Todos y cada uno de los que se fueron. De acá. Te
duelen. Porque sabes que en euros no podes comprar la
felicidad. Que nos mutilaron acá. Nos arrancaron la gente. Que
sabía que se puede morir por una idea. Que es mucho más que
morir. Algo efímero como tus días. Recortar momentos, no
construye historias. Entreteje una telaraña que te atrapa. Y
sos menos libre. Pero yo sí tengo el recuerdo. De haber vivido
en ese país. Que vos nunca podrás soñar. Vas respirando
reflejos. En oasis pasajeros. No miras. Ni al conocido. Pero a
veces algunos nos encontramos. Y nos entendemos. Por el lejano
mirar*. De saber que hay poesía en los adoquines. Y el mate se
acompaña hasta la otra mano. Y después del amor me gustan tus
abrazos. Y te voy a escuchar. Aunque me duelan tus verdades. Y
te voy a esperar aunque te olvides. De creer. Que hay otros
cielos posibles. Que a veces no hay que irse lejos para
verlos. Hay que saber mirar. Tener memoria. Y sobre todo No
Olvidar. * Atahualpa Yupanqui. Los hermanos. Julia Volonté |
enero de 2007
Cielo uruguayo
Para decirte, amor, que te deseo(*),
crucé un río que ya no me acuerdo como se llama. ¿Qué haces
cuando no te pienso? Era más pacato que mi abuela. Di la
vuelta y lo volví a mirar. Pero el cometa no se ve en el cielo
donde vivo. Había otro cielo más allá del Río. Pero gris y no
celeste como me contaron. Cargaba la cruz de tomar mate solo.
Mirarse el ombligo y agitarse en sí mismo. Aullaba en silencio
una memoria charrúa. Que dice que había otra historia en otro
cielo con cometa que brilla. Pero el mate que no gira no cae
en mi puerta. Y se duerme si no se templa al sol. Brilla
silencioso. En su propia saliva. Se ahoga. Sufre. No hay
arriba si no se mira. Castiga en este sur violento. Que la
soledad siempre mira por la ventana. Y canta como murguero
feliz. Pero nunca en el tablado. Siempre espiando como baila
la colombina. Que gira las caderas al ritmo sudoso del tambor.
Se quema. Se consume. Resplandece de silencio y ahí no va a
ningún lado. Se queda secreto. Adormilado. Austero. Cuidando
la yerba no se lava el mate. Y tampoco se consume. Y no se
quema. Ningún ardor. Se restrega los ojos. Y ve el horizonte.
Un amanecer único te espera en tu ventana con cielo donde hay
sol y más allá el cielo. Existe. Aunque no se vea. (*)
Alfonsina Storni. Veinte siglos.
Julia Volonté | enero de 2007
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