Miércoles 30 de abril de 2008 - Año VI - Edición 1932


  
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CUENTO | Siamo fuori
“…de pie por la fe que tiene el que se cayó para levantarse de nuevo…” La Vela Puerca | Lo que muere. En el intersticio de tus decisiones. Lo que ya no va a ser. Ni tan sólo un recuerdo. Amargo. El sabor de tu lengua. Y el chasquido seco, de tu cerebro. Nada deja. Con los pibes del barrio. En la esquina de la vida. Se pasa. Rozando el travesaño. Siempre que queremos ser felices. Por eso apagó el televisor. Y se puso los colores sobre la piel. En el balcón, descorchó un tinto. Y vio sueños, en el cielo. Todo volvió a girar otra vez. Sin palabras. Secretamente se fue yendo. Para no repetir. Silencios. Y olvidos… Julia Volonté Mayo de 2008.
CUENTO | Por la avenida
“Escuchando los latidos de mi corazón Sólo busco paz interior” | Encías Sangrantes | Primero vio el Falcon con los faros redondos. Cuando volvía del recital. Modelo ‘66-`69. Calculó mentalmente. ¡Qué fierro! Y después le vio la pelada. Adentro del auto. Iba él. Ella sintió esa noche. Caminando por la avenida 60. Exactamente eso mismo. Que le había pasado. Aquel día. En su pueblo. En la avenida Belgrano. Bajo los tilos. Testigos de ese encuentro. Subido a la bicicleta. Y el pelo mucho mas largo que cuando éramos chicos. Ella pasaba caminando, justo por ahí. Y no debía. Suceder más nada. El capítulo inconcluso. Pensaba. Cuando del Falcon. El pelado. Le tocaba Bocina. Y ella supo. Que sonaba como el sonido de un silbato. De un árbitro. Que llega en el momento. De anunciar. El comienzo. De un nuevo partido. Que siempre. En cualquier avenida. Te puede suceder… | Julia Volonté - abril de 2008
CUENTO | Desde el zaguán
“Un sueño soñaba anoche sueñito del alma mía soñaba con mis amores que en mis brazos los tenía…” Romance del enamorado y la muerte | Anónimo | Así era él. Un anónimo. Que no se decidía a vivir. La vida. De otros siempre estaba. Ocupándose. No creía. En sus palabras. La cadena no se rompía. Eslabones fuertes. Tenían en las manos. Algunas. Que ya ni pensamos. En enamorarnos. De anónimos. Pasos llegaron hasta el zaguán. En la tórrida tarde. Y la vecina, que espiaba tras la cortina. Él dio un rodeo sobre sus pensamientos. Ella estaría hermosamente bella, con su solerito azul y sus florcitas blancas. Tendría que decirle. Todo le que le gustaba, verla hacerse un rodete o cuando distraídamente, sonreía, con sus ocurrencias. El dibujito de su iris, que lo observaba. A veces, cuando la espiaba. Un anónimo. No mira. A los ojos. Jamás muestra. Las intenciones, que se leen en las miradas. Tenía miedo de ser. Esa bailarina de sus deseos. Con fantasías de todos los colores. Aunque a veces. Algunos no combinen. Los detalles de sus dedos. Saltando. Sobre las teclas. Y él. Amor profundo 1. Sonando. En los auriculares. El corazón expandido. Y ahí, en el zaguán, que no puede. Traspasar. La costumbre. De hacer siempre. El mismo caminito de perezas. Que lo dejan. Soñando sueñitos. Estaba esa tarde, ella. Cuando cayó, en el recuerdo. El solerito azul y sus florcitas blancas. Y el circulito. Se iba cerrando. Hasta el próximo… carnaval. Julia Volonté - febrero de 2008 | 1 - Hace referencia a la canción de Jaime Roos, Amor profundo
CUENTO | Volver
“Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos, van marcando mi retorno.” Alfredo Le Pera Hizo malabares para que lo mirara. Excusas tontas. Motivos descabellados. Sólo para que cambiara la trayectoria de sus preconceptos. “Nada bueno puede pasarte en ese pueblo”-decía la voz. Ella empecinada. Sentía que ahí se asfixiaba. Pero como obsesa volvía y volvía. Desde lejos. Leía los diarios todas las mañanas. “¡Uy mirá quién murió! Y yo lejos”“Irse tiene esas cosas” -le había dicho él. Una tarde fría mientras tomaba mates y escuchaba tangos. Allá. No hay exilio peor. Pensaba ella. Que el voluntario destino de dejar. De amarte. Y por eso se ausentaba lentamente. De esos festines del Deseo. Al descubrir que algunas cosas de la urbe “son peores que en mi pueblo”. Y ahí se acordó del invierno. Que se queda en los huesos. Ateridas las ganas. Pero la mariposa sobre vuela. Y “quién busca encuentra”. Por eso abrió la mochila. Guardó lo necesario. Y partió. Al bajar del ómnibus. Olió el verde del tilo en las sandalias. Y enero refulgiendo. En las venas. Y ser. Otra vez. La niña que sueña… | Julia Volonté
CUENTO
Yo soy la mujer nueva. En plenitud la llama. Nunca más rojo fuego. Nunca más verde savia. Susana Esther Soba. | Así. Llegar al origen. Y ver. Que no hay. Distancia mayor. Que el prejuicio de creer. Que sólo corre aire. En ciertas ciudades. Una mujer nueva. Dice la voz, certera, maestra. Que es puro rojo fuego. Que es sólo verde savia. Sostiene sus razones. Al mirar. Más allá. De este cuerpo. Que alberga. La sustancia de tu placer. Bailaba boleros en la arena mojada. De tu cintura. Y la mirabas irse. Sin decir. Siquiera. Me gustó. Verte…acariciar los cielos. Anoche. Mientras vos dormías. Diálogos imaginarios. Que salten. La distancia. De creer. Que el amor asfixia. Antes que yo lo supo alguien. Una mujer nueva. En otras ciudades. También corre el aire. Llegar al origen. Y ver. La llama. Que aguarda derribar. Los callos del corazón… y ser rojo fuego/verde savia. Julia Volonté - Enero de 2008
CUENTO | Final del juego
“De esa miel no comen las hormigas” Patricio Rey. -Yo quiero que mente superior domine a mente inferior -le decía, mientras le mordía los labios. Ella jugueteaba, siempre con ese circulito perverso. Y era cierto, cuando mente superior dominaba, ella producía. Era hereje. No conocía maestros. Absolutamente todo puede volver a escribirse. Una y otra vez. Ningún título es tan impresionante como para no tomarlo ¿prestado? Pero él, ahí, en ese punto no la entendía. Hablaba de un título y ¿de qué título hablaba? ¿De la final que le habíamos ganado el año pasado? Ella no hablaba así de las derrotas. Se ponía seria y melancólica. Y los ojos le brillan de bronca. Entonces, era imposible. Saltaba de la cantidad de camisetas de fútbol que tenía, al cuento ese de Cortázar ¿que no lo leíste? -te decía como lo más común del mundo. Yo no leía ni la Paturuzú de chico… Y muchos libros, tenía para mi gusto. A mi me gustan mas tontitas. Eso pensaba ella que él pensaba de ella. Y se enroscaba. En el jueguito del cómo si… fuéramos campeones otra vez. Pero no, como un perrito abandonado. Volvía y volvía. A pararse frente al portero y apretar el piso y la letra. -Que eso si te lo acordás cuando querés –lo increpaba ella. Y entonces, vuelta a rodar la rueda de la ruleta que repite y repite…. Que alguien ya lo dijo antes, de otras maneras. Pero ahora es ahora. Y hay que volverlo a escribir. Con una mirada femenina, a veces. Ella lo miraba. Cuando era la niñita incrédula que cree en los cariños de la piel y las palabras tiernas que bordean y se disfrutan. Por eso tenía el puño apretado. Porque hacía cuánto no le decían. Algo sincero alguna vez. Y él se llenaba de esas mieles, que ella tenía. Muchos besos sinceros. Qué él estrujaba en la mano cerrada oprimiendo. Por eso esa mañana, la abrió. Para que vuelen a otros cielos. Todas las caricias ciertas que alberga la palma. Que puede siempre escribir otra nueva historia. Respirar otros aires. Salir de la cancha. Para empezar a pensar. Que se puede también jugar en primera. Julia Volonté | Diciembre de 2007
CUENTO | Nuestro tesoro
“Nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que comenzar de nuevo”. Julio Cortázar | Todo cubierto. Penetrado por la razón. Del capital. Que establece. De qué lado estás en la cancha. No es todo fútbol. No entendés. Las metáforas sobrevuelan. El contrasentido. Que dispone que el mejor quede colgado. ¿Vos todavía crees esa pavada? No es juego. Es negocio. Que decide dónde se lucen los mejores. Algunos métodos no sirven. ¿A quién le importa? Una huelga de corazones que dejen de latir por los colores en reclamo. De ese mercenario “que iba a jugar gratis por un año1”. Y, ¿viste?, a los argentinos no les gusta laburar. Encima de los tres meses que tienen de vacaciones. Hacen paro otra vez. ¿Y quiénes se perjudican? Los pibes. Siempre se perjudican los pibes. Cuando no hay clases por falta de gas. El techo de Primero D se está cayendo. Es un peligro. Qué bueno sería pasarles “El nombre de la rosa2” a los de Segundo segunda. Así ven en imágenes cómo se podía llegar a vivir en la Edad Media. Siempre se nivela para abajo. Cuando no hay con qué. Pero nosotros siempre inventamos una forma. Para que más acá o más allá de lo que falta. Igual se construyan ideas. Con los pibes. Y en el tiempo que nos queda. Al menos intentemos pensar todos juntos un poco. ¿Por qué alguna vez fuimos? “el granero del mundo”- decían. Fuimos campeones. Con los colores. Los derrotamos en el verde césped. Con la mejor gambeta de todos los tiempos. “El barrilete cósmico3” es nuestro tesoro. Cuando dejamos de pelearnos nosotros los mismos que sufrimos las faltas de… y empezamos a mirarnos con respeto. Y a escucharnos y a entendernos. Y no es que creamos todos en los mismos colores. Pero algunos todavía nos acordamos “que cada uno de nosotros, solos, no vale nada4”. Pero otros muchos creen que lo importante es la cara en la bandera, en la remera, en la tribuna, en el recital, en la cartuchera de los alumnos. Sí, está en todos lados. Pero casi nadie lo leyó. Para criticar a veces hay que conocer. Para saber si nos gusta tenemos que probar. Como sería un mundo que sea verdad. Que se juega por la camiseta. Que muchos ceros no sean más potentes que una pasión. Que la injusticia es un concepto que se enseña en Historia. Para que los pibes sepan. Que en la sociedad capitalista existía. Esa manera de repartir los recursos. Y que muy pocos tenían casi todo. Y la mayoría no tenía nada. Por eso a veces algunos campeones se convertían en mercenarios. Y los que más tenían no podían distinguir. La pasión de la gambeta. Poner el alma cuando se juega. El orgullo de ser. Creativos. Para buscar siempre la solución al problema. Y hacer que funcione. Aunque no sea último modelo. Por eso te colgamos “años en la grada (tribuna) por mercenario!5"- dicen. Porque no se acuerdan lo que es que esté todo perdido y empezar a pensar cómo recomenzar. De nuevo. Y discriminan al que reclama cuando es abuso. Se enoja cuando pasa rozando el travesaño. Y cuando llega a la cima. Festeja. Las copas. “Que supimos conseguir6”. Juntos alguna vez. Cuando podíamos soñar. Que valían la pena. Las razones del corazón. Y elegíamos seguir caminando. Hacia el gol. Julia Volonté - septiembre de 2007                                                                                     1- http://weblogs.clarin.com/boca/archives/2007/09/la-ultima-palabra-sobre-riquelme.html#more                                                                                                      2- http://es.wikipedia.org/wiki/El_nombre_de_la_rosa                                                          3- http://www.videosdefutbol.net/videos243.htm                                                                 4- http://www.geocities.com/ernestoelcheguevara/cartas.htm                                                 5- http://ar.news.yahoo.com/s/04092007/40/deportes-noticias-hinchas-villarreal-dicen-riquelme-mercenario.html                                                                                                            6- http://www.sitiosargentina.com.ar/himno.htm
CUENTO - Sudando imágenes
“La cobardía es asunto de los hombres, no de los amantes los amores cobardes no llegan a amores ni a historias, se quedan allí” Óleo De Mujer Con Sombrero - Silvio Rodríguez |        La imagen. De tu monólogo interno. Fue penetrando los intersticios que había entre tu mano y la mía. Un hombre miraba a una mujer que lo miraba. Desnudos. Rozando las pieles. Buscando goles con el pubis andaba. Por el laberinto. Soñando. Que tal vez. Quien te dice. Este campeonato. Tiene que ser nuestro. Que ojalá no llueva mañana. Y mientras preparo el mate. Voy a pensar. Si realmente vale. La pena de enamorarse. A esta altura de la vida. Cuando florezco, estás. Siempre andas por el área. Y me recuerda. Como se llega al gol. Entonces la duda se troca certeza. Y ahí nomás te decís. ¿Por qué no? Ser. En los pliegos. De la grieta. Que se abre. Húmeda. Cuando se sueña. Dormida. Despierta. Con detalles. Ver venir la primavera. De tus manos. Que buscan algo más. Que el silencio que queda. Después. Porque siempre hay después. Qué tiene un par de además. Además tengo cosas más importantes. Como darle de comer al hámster. Que me espera. En su jaulita. Y además. No pregunta. Y se pierde. En su propio delirio. Tras los barrotes. Que cree que tiene delante de sus ojos. Ya no tenés tiempo. Para imaginar un horizonte. Sin prisiones. La cobardía es humana. Igual. Te voy a querer. Y esperar. Y soñar. Y creer. Que eso que hacemos. Es transpirar la camiseta. Julia Volonté | agosto de 2007
CUENTO | Mostrar el contenido | Por Julia Volonté
Y ver, cuando sacás la tapa del frasco. Que adentro no hay nada. Se acabó. Entonces, ese simple gesto te genera reflexiones. Todo concluye al fin, así dice la canción. O la plata no alcanza para nada. Y que no hay para reponer el frasco. Y habrá que esperar. Al otro mes. Y que ya ni sabés si el otro mes, es mucho o poco tiempo. Porque a veces ni el tiempo que hay que dejar pasar en estos casos. Acorta las distancias. Siempre mirando de lejos. Y no animarse. A probar otros cielos. Y después de tantos. Volver a cruzar por la plaza del pueblo. Que te vio nacer. Y ser “esa” que soñaste de niña. Verte en las esquinas de la infancia. Caminarte en cada curva. Y no olvidar. Que un día saliste del pozo. Y no volvés. A llorar pérdidas. Porque te pariste para festejar goles. Esos. Cotidianos. De sonreírle a las muecas amables. De dejarse convencer con el piropo. En el hallazgo de la palabra, que se te escapaba de la mano. Al rítmico aleteo de tus dedos, acariciando las teclas. Y los recuerdos. De las letras de plomo. Cayendo. En tu memoria. Y el profundo olor a tinta que inunda tus sentidos. Una cruz, una pena o un galardón. Nunca se sabe bien. ¿Qué fue? Te enamoraron mi montoncito de palabras. Pero no quisiste/pudiste amarlas. Que es respetarme. Con la desprolijidad de mis papeles. Y mi desorden hogareño. Mis nicotinas cotidianas. Y el tiempo del partido. Noventa minutos dura. Por si no te gusta. Te digo. Yo re tranquila. Si perdemos me afecta. Un poco. Pero al otro día. Estamos ahí. Tiza en mano. Porque siempre recomienza. Con la mirada atenta. Al lugar de las arañas. Que puede aparecer en cualquier curva del camino. Bajo “ese” cielo. Que nos encontrará. Felices. Sin dolores. Crecidos y hermosos. Pero para eso falta tiempo. Cuando La Revolución sea algo para creer. “Esa” que busque la primera igualdad. Necesaria para vivir en un mundo mejor. Cuando la misoginia sea algo de otro siglo. Tiempo falta. Mientras tanto. Vamos y venimos. Fumamos la pipa de la paz. Para no pelear. Como niños o hermanitos en desgracia. Respiramos el aire. Que aún nos queda en los pulmones. Y sin retroceder jamás. Revolucionamos un poco. Las pasiones. Y las razones. | Julia Volonté | agosto de 2007
CUENTO | Obdulio, siempre Obdulio
La celeste, que estuvo en los cielos, por Eduardo Galeano | Hace más de medio siglo que el Uruguay fue campeón del mundo, en el inmenso estadio de Maracaná. Desde entonces, traicionados por la realidad, buscamos consuelo en la memoria. Si aprendiéramos de ella, todo bien, pero no: nos refugiamos en la nostalgia cuando sentimos que nos abandona la esperanza, porque la esperanza exige audacia y la nostalgia no exige nada. El Bebe Coppola, de profesión peluquero, era también el director técnico del club de fútbol del pueblo de Nico Pérez. Esta era la orientación ideológica que daba a sus jugadores: –La pelota al suelo, los punteros bien abiertos y buena suerte muchachos. El Bebe Coppola no tuvo nada que ver con Maracaná. Pero fue como si lo estuvieran escuchando: así de simple, así de bien, jugaron aquellos uruguayos la final de 1950. Más de medio siglo después, todo al revés: jugamos al pelotazo y que Dios se apiade; nuestros punteros, los wings, los alados, ya no vuelan y parecen más bien sonámbulos que deambulan por el centro de la cancha; nuestro fútbol es cerrado, avaro, pesado; y la buena suerte no nos acompaña. Mucho no la ayudamos, la verdad sea dicha, aunque nos sobran ideólogos dispuestos a proporcionar inteligentísimas explicaciones a cada uno de nuestros desastres. En aquella final de Maracaná, Uruguay cometió la mitad de las faltas que cometió Brasil. Pero más de medio siglo después, abundan los uruguayos que dentro y fuera de la cancha confunden el coraje con las patadas y creen que la garra charrúa es otro nombre del crimen. En los partidos internacionales, nunca faltan los inflamados locutores y los hinchas rugientes que antes gritaban: métale, métale, y ahora mandan: mátelo, mátelo. Y hasta hay expertos comentaristas que elogian lo que llaman la falta bien hecha, que es el asesinato cometido cuando el árbitro está de espaldas, y la patada de ablande, que es la que se propina cuando el partido recién empieza y el árbitro no se anima a echar a nadie. Hemos llegado a creer que no hay nada más uruguayo que jugar al borde de la tarjeta roja. Y si el árbitro la muestra, y quedamos con diez jugadores, ésta es la prueba de que el rival juega con doce: el juez nos ha robado, una vez más, el partido. Y entonces la autocompasión, pobrecito paisito, se nos llena de diminutivos. A partir de Maracaná, en realidad, hemos ido de mal en peor. Quizás algo tenga que ver la decadencia del fútbol con la crisis de la educación pública. Nuestros años dorados han quedado muy atrás: en la década del veinte fuimos dos veces campeones olímpicos, en 1930 ganamos el primer campeonato mundial y 1950 fue nuestro canto del cisne. Aquellos milagros parecían inexplicables, en un país con menos gente que un barrio de Ciudad de México, San Pablo o Buenos Aires. Pero desde principios de siglo nuestra educación pública, laica y gratuita había sembrado campos de deporte en todo el país, para educar el cuerpo sin divorciarlo de la cabeza y sin distinguir pobres de ricos. Un drama de identidad. Triste anda quien no se reconoce en la sombra que proyecta. Y entre las causas de nuestra desdicha futbolera, que es la gran desdicha nacional, hay que mencionar también la venta de gente. Exportamos mano de obra y también pie de obra. Los uruguayos, habitantes de un país deshabitado, estamos desparramados por el mundo. Nuestros jugadores también. Tenemos 248 futbolistas profesionales en 39 países. El fútbol es un deporte asociado, una creación colectiva, y no resulta nada fácil armar una selección nacional con jugadores que se conocen en el avión. De fútbol somos. El lenguaje cotidiano lo revela: quien no hace caso, no da pelota; quien elude su responsabilidad o desvía la atención, tira la pelota afuera; para enfrentar una crisis, hay que parar la pelota o ponerse la pelota bajo el brazo; quien hace algo bien, mete un gol, y si lo hace muy bien, un golazo; quien da una respuesta justa, pone la pelota cortita y al pie; quien comete deslealtades, ensucia el partido, embarra la cancha, pega de atrás; quien se equivoca por poquito, pega en el palo; una buena respuesta es una buena atajada; quien se descoloca en cualquier situación queda fuera de juego; quien se equivoca feo se hace un gol en contra; los niños muy niños están empezando el partido; los viejos muy viejos están jugando los descuentos; cuando la mujer echa de casa al marido infiel, le saca tarjeta roja. Los uruguayos, pueblo futbolizado, creemos que la patria se acabó en Maracaná. En el fondo, sospecho, el problema está en que todavía creemos en esta gran mentira impuesta como verdad universal, esta infame ley de nuestro tiempo que nos obliga a ganar para demostrar que tenemos el derecho de existir. Pero nuestra mayor victoria en el Mundial de 1950 ocurrió después del partido que nos coronó en Maracaná. Nuestro triunfo más alto encarnó en el gesto de Obdulio Varela, el capitán celeste, el caudillo del equipo. Al fin del partido, él huyó del hotel y del festejo. Y se fue a caminar y pasó la noche bebiendo en los bares de Río, callado la boca, de bar en bar, abrazado a los vencidos.
CUENTO | El pibe de la reserva
"La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas." Karl Marx. | Sí, lo conozco. Un tiempo vivió conmigo. Pero se cansó de creer. Que podía llegar. Y se fue. A probar suerte a otro lado. Dónde hay moneda. Que le deja comprarse el celular con camarita. Aunque le vaya amoratando los sueños. No se bien que hace ahora. Le gustaba. Si. Tenía pasta de campeón. Pero era pibe. Algunas cosas no conocía. La experiencia te da sabiduría. Y eso, no es cuestión de años. Podes ser un pibe. Y haber jugado en muchas canchas. Pero de ahí a aprender. Hay un trecho. Que no todos imaginan. Que vale la pena recorrerlo. Entonces, así nunca llegas a la primera. Un campeón sabe. Como dar vuelta una derrota. Ver el error. Y tener cintura para cambiar. Lo que repite la historia. Pero no todos se animan. A soñar. Que ser feliz tiene nombres. Y futuro. De confiar. En otra gente. Que también quiere. Encontrarle solución. Al “es lo que hay”. Al “callate y conformate”. Podemos hacerle un agujerito al sistema. Si volvemos a nominar. Las utopías. Que nos esperan. Para agitar. El motor de la historia. Una vez más. Pero claro. Hay que querer sentir eso. Que se siente cuando vas yendo. Por el túnel. Hacia la canchita. Imaginando el eco de tu nombre. Aullado por “la Doce”. Y vos, alzando la copa. Entre tus manos reluce. Este cuero. Si lo tocas. Con convicción. Firme. Sostiene la piola. Que dibuja. Gambetas. Libre. Volando. En el cielo. La cometa. Julia Volonté | Junio de 2007.
CUENTO | La camiseta
“Es el amor, amor profundo, es lo que siento…” Jaime Ross. | Dicen que hace frío. No sé, anoche ¿no sabes lo que me pasó? En la tele decían que hacía 10º2. ¿Eso es frío? Yo sentía un calor. Tuve que salir al balcón. Era una pasión que salía del corazón y se expandía por las venas. Hacia todos los puntos del cuerpo. Una piel. Qué una tiene. Pero esta se me había incrustado. Por una semana. No se puede sacar. Hay que llevarla a todos lados. No es necesario que se vea. Pero tiene que estar. Yo no digo nada. Porque es como dice la canción de Jaime Ross, sí, esa que le escribió a la “celeste”. “Vamo´ a las páginas de Gloria, escalón por escalón…”- dice. Y si por ahí, que se yo, quién te dice. Hoy escribo esto porque dentro de una semana. No se sabe. Si sentiré calor o el frío que dicen que hace llegará a mi ventana. Pero como sea. No creo que me siente a escribir. Por eso, mientras escucho la canción que dice: “Vamo´ hacha, tiza y pizarrón, vamo´ que la historia está cantando, vamo´ con linaje de rebelde, sin más gala que su vuelo, con destino de campeón…” Cierro los ojos y me veo, saltando, con la piel incrustada desde hace una semana. Y las manchas de mate y no lavarse por cábala. Copando 7 y 50. Ningún rojo y blanco; nada de blanco-azul. Todas las pieles calurosas, felices. Y “vamo´ que la Copa está preciosa, la tribuna la reclama…” Bajo el cielo azul asoma una luna de oro. Qué ilumina. La alegría bailando el carnaval todo el año. Y como sea que ocurra. ¿Quién te quita lo bailado? Y las palabras que te hace soñar. Dibujar emociones. Y mucho calor. Que sale de la zurda bien orgullosa y henchida, chorreando sabor xeneize. | Julia Volonté - junio de 2007
CUENTO | Bailando con Román (a la final)
Alegría. Desde el televisor prendido se proyectaba. “Nosotros confiamos en nosotros mismos” -decía. Sonaba como un eco de otra época. Sensación de primavera de los pueblos en el aire. Y estábamos felices. Porque creíamos. En algo. Así como cuando uno es chico. Y cree en esas cosas mágicas. Como los reyes magos. Se puede transformar. La realidad. Teñirla. Con imágenes de iluminados festejos. Simples celebraciones. Cotidianas. Como que te haga feliz tu trabajo. Y tengas amigos en quién confiar. Tus secretos. Con quién abrazarte para festejar un gol. A veces es bueno dejarse de chamuyos. Y bailarse una cumbia. Se escuchaba de fondo. Y sólo vos y yo. Trenzados en un furioso vaivén. Anticipación de lo que vendría. Algo mucho mejor que seguir viendo la cancha desde la reserva. Pero hay que recorrer cielos para descubrirlo. En estos tiempos es difícil encontrar. Pasta de campeón. Eso, sí. De poner todo en la cancha. Porque en casa. ¡Hay que jugar de visitante! Con toda la hinchada en contra. Allá estamos tranquilos. Porque hay pocos que tienen eso. De mirar a todo el estadio en contra. Que te silba. Y saber soñar. Alma de jugarse el pellejo. Metafóricamente hablando. Claro. Porque no es femenino que una mujer se ponga violenta. ¿Pero como se hace? Para que las rispideces de la vida no te violenten. Entonces llegan. Los sueños. Una noche de febrero. Bailando cumbia. Me dijiste –volví. Y ahí esa mañana tomando mates. La soñé. Brillante. Redonda. Y los partidos empezaron a sucederse. Y vi. Cómo se iba enlazando un caminito. De anhelos. Uniendo emociones. Que se guardan en el rincón más calentito. Esas que te ponen mimosa. Pero hay que tener gloria para verlo. Experiencia. De saber salir a la cancha a jugar. Y siempre querer estar. En todos los partidos. Ningún suplente. Nunca un “hoy estoy cansado”. La dignidad y el orgullo. De llevar la camiseta. En la piel. Entonces cuando lo ves. Parado en la cancha. Erguido. Entero. Con la mirada allá. ¿Cómo no le vas a creer? ¿Cómo no vas a confiar? Porque sabés. Que somos el pueblo del carnaval. En toda la república. Y allende los mares. Se celebra. Y entonces suena. Una y otra vez. El eco. De aquella noche de febrero. Cuando empezó a rodar… "Una calle me separa Del amor que esta en mis sueños De tu amor no exijo nada Solo quiero ser tu dueño”- recitaste en mi oído. “Y mi amor que en busca de ella va No importa ni el dolor Que ayer mi hizo llorar”, mientras me mirabas. “Yo se que al ventanal Mañana asomara su cara angelical (1)”, bailando conmigo. Como presagio. Profecía de lo que vendría. Y lo felices que seremos. Por pasado. Por memoria. Por garra. Y ardor de ser. Saber dejar los colores siempre en alto. Y jamás bajar la mirada. Cuando se siente. Amor. Con las pasiones sudando. Y el corazón bien azul y oro. Explotando. Vibrando. Palpitando. En la cima. De días indisolubles, indestructibles. Que estarán. Más allá de los tiempos. | Julia Volonté | Junio de 2007 (1)- NÉSTOR EN BLOQUE - UNA CALLE NOS SEPARA
LA CAMARITA | CUENTO | POR JULIA VOLONTÉ
Las teclas se humedecían. Los dedos caminaban muy rápido. Y la fricción. Provocaba sudor. Encima el mate. Hablar y tomar mate. Como si hace mucho que no te ves. Y tenés tanto que contarte. Él usaba esas palabritas. Sí, esas. Que te van convenciendo. Lentamente. Un preciosa. Como al descuido. Tampoco tanto. Pero la mirada lo delataba. Cuando se tocaba. Pensaba en ella. Entonces ahí se decía. Es calentura. Y todo porque no se animaba. Algunas cosas no haces con “cualquiera”-le dijo ella. El no necesitaba “cualquieras”. Y se acusaban. Mutuamente. De quererse tanto. Y encender. Para que vea mis gestos- pensó. Y se dejó de vueltas. Y fue hasta el negocio. Y se compró la camarita. Sí, ella misma. Austera. Con ese aire intelectual que a veces ponía de -yo no hago esas pavadas. De sentarme frente a una pantalla. A mirar. Y mucho menos, que me vean. Tengo cosas más importantes que hacer. Que enamorarme. Sí, cruzar la línea. Y empezar a hacer gansadas. Pero a veces el tiempo pasa. Y algunas cosas persisten. Como acordarte de un detalle estúpido del día que lo conociste. Como la ridiculez de sentir nostalgia cuando escuchas un tango. Y recordás. De esa forma única. De marcar el quinto. Y no estoy hablando de goles ¿eh? Esos dibujitos que se hacen con los pies. Con la mano en la espalda. Y abrazando. La Cumparsita de fondo. Y mi pie sigue tu pie. Y tu mano me guía. Algo tierno. Como cuando el Abuelo Papi me subía al caballo. Y me enseñaba como se manejaban las riendas. Se siente igual. Y eso tiene un solo nombre. Pero, siempre hay un pero. Dos años es mucho tiempo para esperar. Se seca la sangre. Y entonces. Hay que buscar. Alguna manera. Todo tiene solución. Menos la muerte -le dijo ella. Y le mostró el sol. Que colgaba de su cuello. Y lo amenazó. Con robarle. Palabras. Para escribir. Porque a veces. ¿Cómo haces? Para decirle a alguien. Que tiene el poder. De detenerte la mirada. Sí. No te interesan otras ventanitas. Porque no es algo imaginado. Recordás exactamente. Como era el sabor. De su Boca. Y más allá también. No es algo que construís con pedacitos de imágenes. Sabés, perfectamente el sonido del ronquido. Pero no te molestó. Y de eso no tenés vuelta. Estás definitivamente perdida. Y entonces. ¿Qué hacemos? ¿Vamos o venimos? Vueltas. Que si puede ser, pero… No sé. Sí, estoy. A punto caramelo. Los dos. Juntos. Hacemos cosas. Y permanecemos. Justo ahí. A pesar. Del océano. Que me iba a cruzar a nado. Sólo por olerte. Eso no tiene interné ¿viste? -pensó en decirle. Es puro tacto. Nada más. Y nada menos. No es la máquina. Es para que me veas. Cuando tomo mate. Y para mostrarte mí casa. Que mires mis ojos cuando te veo. Y verte ese gesto. De “argentino sobrador”. Qué las sabe todas. Que no te vas a borrar ni aunque te vayas a Nepal. Y que sólo luce en Argentina. Y sí, a veces no estamos de acuerdo. Entonces. Cada cual sigue. Por su lado. Como el día. Que nos besamos la última vez. En 7 y 51. Y no miré para atrás. Volví. Por el bulevar. Sin sentir. Dolor. Angustia. Nada. Respirar bien profundo. Y mirar allá. Para ese lugar. Que no es acá pero tampoco queda lejos. Que habrá que construir. Porque no existe. Como fundar una constelación nueva. Destinos que se encuentran. Y nace algo distinto. Que por ahí no habías pensado hacer. Sí, hablar de esas cosas. Que nunca hablaste con nadie. Confesarse sueños. Que no te animas a soñar. Ni cuando estás sola. Pero él tenía la llave. Que abría. El cofrecito. Y eso daba miedo. Bajo cualquier cielo. Entonces mejor. ¿Cuándo te compras la camarita? -insistía. No me vengas con los discursos. Que los docentes argentinos. Son pobres. Sí, puede ser. Pero algunas somos felices. Perdón. Por querer. Estar en la tierra del asado y maradó. A veces escasea. Es cierto. Pero igual. Estamos bien. Nunca me gustó que me digan: vale. No sé. Para mí es dale!, aguante … lo que sea. Vueltas. Del lenguaje. Y todas las otras vueltas. Que te acercan. Y alejala un poco más. Así te veo bien. Ahí. ¿Me ves? -preguntó. Yo sí. Porque sé. Que lo mejor está por venir… | Julia Volonté | junio de 2007
MARCAR LA CANCHA | CUENTO | POR JULIA VOLONTÉ
(El gol es un estado de ánimo | Dante Panzeri) | Ta, ta, ta…, la pelota pasa rozando el travesaño. Así se sentía ella cada vez que lo veía. Con ese gusto en la Boca de casi. Casi gol. Pero no. No sentía esa sensación de festejo en el corazón expandido. Los angelitos guerreros no saben. Jugar. En mi cielo aurinegro. Pero, sin embargo, lo intentan siempre que bajan de su cielo. Y eso es lo que hace que los partidos sean emocionantes. Pero siempre vuelve primavera. Y la poesía se escribe con la misma tiza con la cual se marca la cancha… para ambos lados igual. Igual a vos y a mí y a todos los que una vez sentimos. Miramos la luna. Llena, partida. Y soñamos. ¿Cuánto hace que no soñás? Algo, no sé. Ver amanecer, por ejemplo. El sol amarillo que va tiñendo el paisaje. Pero ¿dónde? ¿Acá o allá? Ya no recuerdo. Viajé tanto que ya no se. ¿Cuál es el Sur? De tu cuerpo imaginaba pedazos. Una sonrisa a veces. Un codo. El dedo gordo del pie. Vi un día que pasé por tu casa a tomar unos mates. Y nos entreveramos en otras cosas. Que mejor ni me acuerdo. Porque si no, te deseo. Y me dan ganas de verte. Pero no se puede. Porque los sentidos están en Estado de Sitio. ¿Qué cosa? Sos demasiado joven para saber que es vivir en estado de sitio vos. Le dijo ella mirándole los labios. Encima de ese país de donde vos venís. ¿Ustedes también tuvieron estado de sitio? No se. Yo ahora me voy ¿sabés? Si algún día tengo tiempo me contas. Y te cuento. El sol está saliendo en mi ventana. Y un día allá hace mucho tiempo. Cuando vos todavía no estabas ni en el sueño de nadie. Yo creí que nunca más iba a ver amanecer. Y entonces aprendí. Que la vida se celebra. Y los ojos cuando se encuentran. Se festejan. ¿Sabés lo que es eso? No creo. Hay que jugar muchos campeonatos. Perder muchos partidos. Y saber. Salir con el sol de la mañana. Y bancarse. Las cargadas. Los desprecios. Las sinrazones. Volver a resurgir en la cancha. A pesar de todo. Y saber salir otra vez. Mirar el verde césped. Y estar fuerte porque acá “somos once contra once”. Pero vos sos muy botija para saber de eso. De eso de lo que te estoy hablando. Mejor cruzá el océano. Los mares todos. Todos los ríos que riegan el planeta. Pero no te olvides. De mirar el cielo. Y cuando busques la Cruz del Sur allá. Allende los mares. Y no la encuentres. Sabrás que acá la estrella siempre seguirá, brillando. Más allá y más acá de tus imposibilidades. Porque ningún estado de sitio. Pudo con el deseo. Con el amor. Con el después. Y con el gol. Ese estado de ánimo. Que vos decís conocer. Pero dificulto que conozcas. Hay que mirar la muerte a los ojos. Para saber lo que cuesta celebrar un gol. Festejar la vida, corazón. Animarse a ver la copa desde abajo. Y surcar con entereza el camino del retorno. Para alzarla finalmente. Y enaltecer la memoria. De ser del Sur. Revoltoso. Que no se olvida. Como el amargo. Del mate. Que nos tomamos aquel día que nos confesamos. Que sí. Acá también la gente se quiere. Aunque no cobre sus salarios en euros. Espera. Ver. Cómo crecen los gurises. Cómo se queman las brasas que caldean el asado. Como se entreveran las manos que giran el mate. Y sueñan. Aún, y a pesar de todos. Los estados de sitios. Los años de desmemoria. Los silencios. Las complicidades. Las impunidades. Esta gente aún sueña. Y espera el domingo. Para celebrar. Aunque más no sea. El gol. Que le devuelve. La efímera victoria de salir. El lunes a laburar. Airoso. Contento. Feliz. Porque estamos vivos. Y somos muchos los que sobrevivimos. Y tenemos memoria. Y ganas de cambiar la cosa. Y resistimos con poesía, con tiza, con cancha. O con lo que podemos. La felicidad de estar vivos. Y ver amanecer. Con el mate presto en la mano siempre. Y el gol en la mirada. Que nos sostiene el aliento. Y nos da ganas de creer. Y soñar. y seguir. Julia Volonté |  mayo de 2007
CUENTO | La “Profe” de Historia
 “Vos sin miedo y ellos sin impunidad…” Graffiti | Cuando llegó a la puerta, observó que la cola doblaba. Esperar –pensó. Cola para pagar. Y hay que esperar. Tedio. Ufa. Los minutos se sucedían pero en forma tan lenta que se aburría. Empezó a buscar algo en qué concentrarse. El señor de adelante hablaba con la de más adelante. Y empezó a oír. “Los pibes de ahora no tienen valores”- Mirá –se dijo-, lo que piensa el tipo. “El otro día me tomé el tren. Y subieron unos pibes de veinte años tendrían. Y cuando pasaron al lado mío tenían un olor a vino”. Ajá ¿Y?. “Lo que pasa es que en mi época, aprendíamos. Uno cuando hacía la colimba ahí te enseñaban a hacerte hombre”.
Bien, en este punto se encontró en esas disyuntivas de la vida cotidiana. A saber: • Hacer como que no escuchó. • Le dice “disculpe”, y le recuerda algo como Malvinas. Respiró profundo. Miró el reloj. Y se acordó que en una hora tenía Perfeccionamiento docente. Y ¡qué perdida de tiempo!, “discutir la nueva ley”, sobre todo discutir. O sea, intercambiar ideas. Llegar a algo. Que cambie un poco la cosa. Pero no, eso no pasa casi nunca. Y se dijo –bueno, es una vez cada tanto-. Y sintió alivio. Al pensar en sus alumnos. Sí, los pibes de los que hablaba el señor. Los del olor a vino. Los de “profe rescátese, no nos de más tarea”. Los que escuchan Callejeros, NTVG, Jóvenes pordioseros, algunos cumbia villera, por ahí alguno un Jim Morrison, o los Redo, pero son pocos. Los que se ratean para ir al ciber o quedarse en la plaza, fumando. Y los de: -los timbrecitos de los celulares en clase, no chicos o el más terminante ¡apagá el celular! -Los pibes -piensa y se pone seria.
El señor seguía hablando de los políticos y de que Alfonsín era borracho- dice. Borracho- pensó ella-. Y vio la cara colorada de Galtieri. Y se acordó de que tenía que preparar la clase del 2 de abril. Y se le sucedieron las ideas. Un poema de Borges. El testimonio de un veterano, que había leído y guardado. Buscar un video, la imagen dice más que mil palabras, a veces. Pero el eje tiene que ser la soberanía. Y los veteranos también. Relacionarlo con la idea de héroe. La desprotección. El gobierno militar. Responsabilidades. Galtieri. El reclamo de la soberanía por parte de los gobiernos democráticos. Hay que darle forma y está.
El señor de la colimba y los pibes con olor a vino, estaba pagando su cuenta en la caja. Y después le tocaba a ella. ¡Qué pérdida de tiempo hacer esta cola! Y una que ni sabe con quien se cruza en la calle. La gente que quiere “mano dura” está en todos lados. Pero bueno, no es tanto problema. Peor la gente que tiene responsabilidades y anda libre. Pero, a veces, escuchar, mirar, saber y no decir nada. ¿Te convierte en cómplice? Una delgada línea que divide. El espacio que deja el olvido. Te hace confundir a Galtieri con Alfonsín. Y los tiempos que cambian. Y la gente que no está. Y los que nos quedamos acá. Y tenemos que arremangarnos. Y seguir caminando por la calle. Y no saber con quién te podes cruzar. Y el miedo. De que los recuerdos se evaporen. Y todo se confunda más todavía. Pero las luces de la memoria se encienden. Cuando se entreteje. El diálogo. Entre los que se van yendo y los que van viniendo. Y los que nos acordamos, contamos. Julia Volonté | abril de 2007

CUENTO | Julia Volonté
El clásico | El ruido de las llaves. Y la puerta que se abre. Atrás. Tras esa puerta está la historia. Que el cuento pretende relatar. Pero no lo vamos a decir por ahora. Hay que dejar que el lector/a (seamos amplios), imagine. Lo que quiera. Porque una, a veces, no puede conformar a todas las cabezas. Pero como siempre tiene que haber vaivenes. Siempre hay subiditas y bajadas en las historias. Combinaciones que te hacen volar. Y otras cosas que no están tan buenas. Que se podrían obviar. Pero igual se dicen. Es como para plantar bandera. O algo así. La cosa es que resulta que era ir y venir. Siempre recomenzar. Inflamarse el deseo. Lentamente irse arrebatando las manos. Eran vueltitas y vueltitas. De la historia. Nada serio. Nada de que preocuparse. Ningún nerviosismo en el estómago. Como cuando se encienden las luces del recuerdo. Y la pelota en el círculo central. Y todo está por comenzar, señores. Ellos tienen esa habilidad. De ver en un televisor de un bar. “Que la quiso puntear y no le salió. No importa. ¡Vamos carajo! A meter que falta todavía”. Después de un tiro libre que pasara rozando el travesaño. Los dos giraron la cabeza. Y se miraron. Él le guiñó un ojo. Y ella supo. Que estaba ahí. Y se quedaba. Clavado como estaca. El corazón aurinegro latía. Fuerte siempre. Porque no era cualquier partido. Entonces podía ir y venir. Según le plazca. Pero era mirarse y no aguantar. Las ganas de partirse la Boca. Como te explico. Como un gol que gritás con todas las ganas. Y no te importa. Que parezcas “una barra brava”. En la cama. Eso sí, sin camisetas por favor. La piel sudada está bien. Aunque algunos no lo entiendan. A ciertas chicas nos gustan los goleadores. Será por la explosión del festejo. O por meterla en el arco. No sé. Hay imágenes potentes en el fútbol. Que se deslizan bajo la ropa. Una estrategia bien planeada. Buscarse y buscarse. Los noventa minutos. A pesar de la mueca tornasolada del adiós. Lleva la marca en el iris. Del gol. Que supo festejar. Cuando amanecía. En el orillo del placer. Deshojando suspiros. Florecida. Feliz. Más allá de que el lector/a considere que “aurinegro” podría cambiarse por otra cosa. Igual, el tambor va volver a repicar. De fondo. Y como quien no quiere la cosa. Asomada, mirando el horizonte. Me verás ahí. Donde te gusta. Que florezcan los besos. Y se acaricien las pasiones. Subiendo por la espalda. Y los ojos bien abiertos. Para reflejar las intenciones. De volver a empezar. Y buscar el gol. Durante todo el partido. Julia Volonté | abril de 2007
Retirada
Era una silueta de mujer que se iba. Prefería llegar al cielo sola. Mientras bailaba bachatas con su sombra. Y tenía teclas deseos en sus dedos. Cuando recorrían el cuerpo. Desnudo. Junto a la ventana. Se enredaban. En un vaivén. Y era como soñado. Había poesía. En el encastre perfecto. Entre esos dos cuerpos que sudaban. Como telón de fondo del recuerdo. El mate amargo entrelazaba nuestras manos. Sin querer, ahí nos encontrábamos. Era suave. No se temía por perder la libertad. El amor te liberaba. La música que sonaba nos llevaba. Y lentamente nos íbamos yendo al lugar de las arañas. Generalmente perdía la cuenta de los goles. Una época gloriosa. Campeonato tras campeonato. Por eso una no se acostumbra al empate. Tan mezquino resulta. Nunca un derrame tierno. Ese gol en el último minuto. Te rescata y te da el triunfo. De campeón. En el encastre perfecto. Aquella vez. En esa cama en Montevideo. Y mi mano andariega. Inquieta, estaba. Y me exigiste. Que te ame. Y cabalgué con mi Boca. Pero siempre hay algún Río que separa. Y la distancia. Y adormecerse. Marijuana. Le decía ella. Una buena manera de olvidar la distancia. Y recorrer el camino de los sueños. Mientras bailaba bachatas con su sombra. Arrullada por cielos aurinegros en su ventana. Miraba. Y esperaba. | Julia Volonté | abril de 2007
“En este tiempo, en este tiempo de antifaz...” Amor Profundo. Jaime Ross Luna Partida

La Yuli amaneció una noche. Miró por la ventana. Después cerró el postigo. Preparó unos mates y se acordó. A la pared blanca le dijo lo que sigue: -¡Che, vos! Sí, vos. Con tu cara de melocotón de cera. Tus esquivos ojos de entregador. Aunque te rapes las mentiras, seguís escupiendo besos con papel picado que se te mete entre el paladar y el agujero del diente arreglado. Nunca pudiste enderezarte la mirada. En el camino te quedaste leyendo a Keruac. Hippie pos-moderno. Querés resucitar el fuego que se encendía cuando Jim acariciaba los labios con su lengua. Payasito de mis caricias no llegás ni a Pierrot de cartulina. ¡Che, vos!, sí vos, lesionado tu cerebro no entrás a la cancha. Vos me hubieras entregado. Es algo mejor que la desidia en la que me dejaste. Piruetas de sonrisas aprendí para zafarme, de tu implacable filo que amorató mis ganas. El premio está bien guardado. Los botines no me asustan y aprendieron. Caminan sin resbalarse. Pituco de ningún barrio. No te hagas el pobrecito botija que no entiende las palabras. A la hoguera para que me asfixiara. Me hubieras entregado. ¿Te dolieron mis manos cargadas de poesías? Ya no sangran por tocarte. Ni un dolor. Suave cuero mi cuerpo. Delicias de mis dedos. Palabras, por las noches, ardores. Aromas del chasquido de mi lengua acariciando los labios. Sin payasitos de pitucos. Sin esquivas miradas. Mis ojos ven. Que tú, has muerto. Luego la Yuli se encendió un cigarrillo negro y suspiró profundo. Abrió nuevamente la ventana, miró y le dijo: Hay una luna partida en mi ventana. Semi amarilla. En el fondo cielo. No sé por qué imagino. Mi cuerpo hamacándose. Entre tus brazos. Semi entera. Amarilla navego. Hasta arribar a tu puerto. Semi partido. Y negro.

Marzo de 2004 Julia Volonté


Saltimbanqui desquiciado

Ayer te vi, con los ojos abiertos sin poder mirar. (Rubén Rada) El tipo es de los típicos que creen que los objetivos surgen al andar. Sin rumbo por la vida. Así, bien posmoderno. Crea fantasías de un futuro plagado de suculentas recompensas. Pero cree que eso se construye moviéndose. De un objeto a otro de deseo. Así crea horizontes maravillosos que se desvanecen cuando se tocan. Adaptarse al medio. Es la consigna. Y sobrevivir de una u otra manera. Sin importar muy bien los fines. Porque todo se va viendo sobre la marcha. Así se puede ser varias cosas. Según las circunstancias. Con ideología obediente. Y voluntad permeable. Ajustándose a todo acontecimiento. Si me conviene ¿por qué no? -se dice. Es siempre la ley del mercado. Vos ofreces yo miro y si me gusta compro. Los corazones ruedan. Caída libre. Se devalúan. Y más se impone la necesidad. De vivir una vida de burbuja. Sin lunas llenas en los horizontes. De esas de enamorarse. Sí, pero para él eso es cosa antigua. No es que no sepa lo que es. Qué hombre alguna vez no se enamoró de una mujer. Pero si dolió un poquito, ya no se repite. Muy vulnerable queda todo. Expuesto. Se agiganta como un arco, que se agranda en el penal. Por eso mejor adormecerse un poco. Soplando burbujitas. Y olvidar. Que tenemos una historia. Y palabras que valen. Manos que acarician. Y ojos atentos para ver si viene la pelota del gol. Pero los que no pisan tierra firme no la pueden embocar. Es como una maldición. Cuando estás adentro querés salir y cuando estás afuera querés entrar. Por eso él mejor ni piensa. Extraña lo olvidable. Los días con luna llena mejor ni recordarlos. Adormecerse los latidos. Y seguir. Otro rumbo que andar. Girando y girando. Sobre sí mismo. Como perro que se muerde la cola. Y nunca encontrarse. Con el verdadero que se quiere ser. Pero por más que adormezca siempre se le escapa un poco. La baba del recuerdo. Que chorrea. Sobre el deseo. Y las ganas de saber qué tan lindo es verse llegar con orgullo a algún horizonte. Y sentarse a contemplar cuánto valió la pena creer que era posible. Algo diferente a que futuro suene a moneda y beneficio. Pero hay cosas que no se dicen. Como que “me toco cuando te pienso”. No, él no es capaz. Los recuerdos se esconden en el puño cuando se llora. Al mate no lo abandona pero va cambiando los modismos. Y así se pierde el sabor. A veces, probar y probar te quema el cerebro. Lentamente. Se desvanece el horizonte. Como telón que cae. Y así concluye la función. | Julia Volonté | febrero de 2007 |



En Valizas de noche no se ve

Sólo por partirte la Boca. Hubiera sido. Sí, algunas veces una dice cosas. Que no gustan. Como revelar una foto. Y ver que no era tan lindo. Imaginarse es un buen recurso. Pero a veces hay que palpar un poco. Las lunas únicas se ven in situ. Puedo suponer que vos la ves. También. Algunos días. Pero te cuento, no te angusties. En el Sur late. Al ritmo sudoso. Y hay mañana. Si lo creemos. Lo reconozco. El mate amargo en la mañana. Insustituible. Como mirar el Río y saber que tiene historias. De esas que no se escriben en los libros de escuela. Partirse la Boca es saludable. Recomendable. Lo digo por si acaso. No te habías dado cuenta. Que hay aire en mis pulmones. Y ya no puedo resistir más despedidas. Que gire. Y no se atranque. En un soliloquio uruguayo. Es amplio el continente donde vivo. Son muchas las pasiones de mi sustancia. Y hay un mirar preciso. Igual guardo la tapita de cerveza. Que tomamos esa noche. Y te miraba. Y me mirabas. Y descubriste mi secreto en dos palabras. Y supiste que sostengo cuando quiero. Pero es una ilusión y hay que partir. Y subir al camino y seguir. enero de 2007 - Julia Volonté


“Adoquines y deseos” (*)

Vertical y filosa, la vidriera es la guillotina de las tentaciones. Solo pueden atravesarla sin riesgo y con relativo éxito, las miradas, el dinero, las tarjetas de crédito y los adoquines. Y tal vez los deseos. Porque el deseo aferra lo que quiere antes que la mano, y una vez que lo aferra no lo suelta y se pone a convencer a la mano para que vaya a buscar lo que le parece suyo pero no es suyo. Si lo miro fijo me lo veo puesto, si me lo veo puesto me parece mío y cuando es mío desaparecen todas las vidrieras del mundo. Pero no siempre el deseo convence a la mano y por lo tanto, tampoco desaparecen todas las vidrieras del mundo, solo tal vez. Un tal vez que depende del empeño de la mirada, de la vileza del metal, de la solvencia del crédito o de la bravura de los adoquines.

Las vidrieras del tercer mundo son las ventanas del primero. De aquel lado están los deseos cumplidos, las Nike Rival Shox Leeather, los Lee bootcut Original, las Barbie Gerl Fashion Fiver, las hamburguesas dobles de Mc Donald´s y la madre que los parió.

De este lado, los deseos propiamente dichos (o sea, los que aun no están cumplidos), la paciencia de los pies descalzos, las manos vacías de las muñecas mancas, la moneda ausente, el pan de ayer, el hambre para mañana, la ñata contra el vidrio y la puta calle.

Las vidrieras tendrían que ser de agua, de agua colgada para poder pasar, mojado aunque sea, pero poder pasar. Que al pobre se le moje la ropa y al rico las tarjetas de crédito, y a ver quien paga más efectivo. O que los deseos sean adoquines, y a ver quien es el que desea más fuerte. O que las vidrieras estén siempre empañadas para que, al menos, el que no quiera ver, que no vea, y el que quiera ver tenga que pasar la mano por el vidrio para desempañar la realidad y, al mismo tiempo, palpar el límite impreciso entre el puedo y el no puedo, entre el Christian Dior cash y la mortadela fiada, entre la vidriera y vos.

(*) De la nota Editorial de la revista “Ángel de Lata” (noviembre de 2006), enviado por Julia Volonté


CUENTOS | Por Julia Volonté

Había un país donde yo vivía

Era otro país. Donde había sueños. Algo mejor para nosotros. Más justo. Más humano. En ese país había gente. Cuando miro por la ventana los veo pasar. Despreocupados del mañana. Transitan un hoy eterno. No construyen. No crean. Como ovejitas al matadero van. Ponen la cabeza bajo el filo. Y gozan cuando los decapitan. Y mueren por nada. Entonces creemos que no valió la pena. Vivir en un país donde había gente. De la que piensa en la otra gente. Y no es por un beneficio que te quiero. Porque aprendí a esperar. Que tal vez será mañana. Y nos miremos a los ojos otra vez. Y nos veamos. Como gente. Que sabe sufrir por otra gente. Que te duele. El pibe que pide moneditas. El viejo que revuelve la basura. Los murgueritos de la 18 de julio. El piojito de la camiseta de boca juntando los cartones en 12 y 57. Todos y cada uno de los que se fueron. De acá. Te duelen. Porque sabes que en euros no podes comprar la felicidad. Que nos mutilaron acá. Nos arrancaron la gente. Que sabía que se puede morir por una idea. Que es mucho más que morir. Algo efímero como tus días. Recortar momentos, no construye historias. Entreteje una telaraña que te atrapa. Y sos menos libre. Pero yo sí tengo el recuerdo. De haber vivido en ese país. Que vos nunca podrás soñar. Vas respirando reflejos. En oasis pasajeros. No miras. Ni al conocido. Pero a veces algunos nos encontramos. Y nos entendemos. Por el lejano mirar*. De saber que hay poesía en los adoquines. Y el mate se acompaña hasta la otra mano. Y después del amor me gustan tus abrazos. Y te voy a escuchar. Aunque me duelan tus verdades. Y te voy a esperar aunque te olvides. De creer. Que hay otros cielos posibles. Que a veces no hay que irse lejos para verlos. Hay que saber mirar. Tener memoria. Y sobre todo No Olvidar. * Atahualpa Yupanqui. Los hermanos. Julia Volonté | enero de 2007


Cielo uruguayo

Para decirte, amor, que te deseo(*), crucé un río que ya no me acuerdo como se llama. ¿Qué haces cuando no te pienso? Era más pacato que mi abuela. Di la vuelta y lo volví a mirar. Pero el cometa no se ve en el cielo donde vivo. Había otro cielo más allá del Río. Pero gris y no celeste como me contaron. Cargaba la cruz de tomar mate solo. Mirarse el ombligo y agitarse en sí mismo. Aullaba en silencio una memoria charrúa. Que dice que había otra historia en otro cielo con cometa que brilla. Pero el mate que no gira no cae en mi puerta. Y se duerme si no se templa al sol. Brilla silencioso. En su propia saliva. Se ahoga. Sufre. No hay arriba si no se mira. Castiga en este sur violento. Que la soledad siempre mira por la ventana. Y canta como murguero feliz. Pero nunca en el tablado. Siempre espiando como baila la colombina. Que gira las caderas al ritmo sudoso del tambor. Se quema. Se consume. Resplandece de silencio y ahí no va a ningún lado. Se queda secreto. Adormilado. Austero. Cuidando la yerba no se lava el mate. Y tampoco se consume. Y no se quema. Ningún ardor. Se restrega los ojos. Y ve el horizonte. Un amanecer único te espera en tu ventana con cielo donde hay sol y más allá el cielo. Existe. Aunque no se vea. (*) Alfonsina Storni. Veinte siglos. Julia Volonté | enero de 2007

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