18 de agosto de 2017

Locales 09/08/2017

La sabiduría de acomodar los recuerdos

Relato

Mi vieja se murió un diciembre dejando sobre el mueble de la entrada el regalo de Navidad que ya había comprado para mí.

Era una máquina de amasar y yo vi en ese gesto un intento de estar de algún modo presente en cada futura tallarinada en familia.

Pero, ¿y si sólo aprovechó una oferta, o si estaba harta de amasar, o si me compró cualquier cosa para salir del paso?

Lógicamente, yo me quedo con la versión idealizada, esa que enaltece nuestro vínculo.

Pero sólo es mi elección, no la suya.

Aquella quedará en el misterio de los tiempos.

Lo cierto es que hoy sigo hablando de los buenos recuerdos que evoca la maquinita de amasar.

Esta historia es sólo para decir que interpretamos las cosas como más nos conviene. Que acomodamos recuerdos. Que edulcoramos lo inaceptable para darnos el perdón del olvido y la caricia del recuerdo conveniente.

Perdonaremos todo para no enloquecer y ésa será nuestra locura, la que nos permitirá cruzar el océano de la soledad aferrados al madero de una foto que queremos creer que nos mira.

Estamos locos, locos de perdonarnos para poder seguir mirándonos al espejo. Locos de ver cariño donde sólo hubo amabilidad. Locos de ser nosotros mismos aunque todo cambie.

Tenemos esa trascendental locura que llamamos "razón", tan sólo por ponerle un nombre, y sólo nos falta la chispa barata de algún vicio, del amor, o de la pasión, para que cada tanto seamos un poco más chiflados pero menos locos.

Eso sí, cuidado con los muy cuerdos, creo que son gente peligrosa.

Fernando Sendra

Miércoles 9 agosto.


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