25 de junio de 2026
La historia de pasiones y redenciones del local temático frente al Polideportivo Gatica, en Villa Domínico
En un taller de guion, esta historia sería bochada. Por demasiado fantasiosa. Por absurda. Por alevosamente redondita. Pero a veces el realismo mágico que cosechan estas pampas impone su virtud: a una cuadra del Polideportivo Gatica, en Villa Domínico, allí donde insólita y prolijamente velaron al Indio Solari, está ubicada la Pizza Redonditos, la única pizzería temática del país que homenajea a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Un local que aquel domingo, casi como en un designio divino, se convirtió en santuario popular de una misa improvisada.
La fábula pone como protagonistas a tres hermanos, Fernando, Darío y Leo Rodríguez, quienes hasta hace unos instantes jamás de los jamases hubiesen pensado algo así: recibir a miles de personas rotas, resquebrajadas, que andaban ululando por las calles de Avellaneda buscando un consuelo, un abrazo, un gesto de amor que reparara tanto dolor. Unas semanas antes, una vecina artista, Dip Sol, les había regalado un dibujo del Indio con frases que ahora, en este preciso instante, cargan con otro significado: "Un ángel aterriza en Avellaneda. El barrio recibe aplausos y cerveza barata". Una postal anticipatoria a la que los Rodríguez empiezan a darle su propio sentido espiritual.
"¿Alguna vez viste tanta policía en tu barrio? Lo van a velar acá", les dijo un vecino, al toque, cuando empezó a escurrirse la noticia. No podía ser. ¿Congreso? ¿Casa Rosada? ¿Estadio Único? ¿Racing Club? Había una lista de otros sitios para albergar esta dolorosa despedida. Luego, otro les escupió un veloz: "Prendan la tele". Era ahí. No lo podían creer, pero el movimiento de la madrugada del domingo 7 de junio les asomaba algunas indómitas sorpresas. Los Rodríguez andaban con el corazón en la mano por el fallecimiento de su héroe. "No puede ser", repetían. No podía ser.
De sopetón, improvisaron unos gazebos, cayó una banda a tocar algunas canciones de Los Redondos y sobrevoló algún miedo por desbandes. Spoiler: no, che, no pasó nada. Buscaban compartir aquel momento insólito con los suyos, con todos los ricoteros que se hicieran presentes. "Cuando los vecinos se fueron enterando, terminaron viniendo para acá", cuenta Leo. Y entre sorbos de Coca-Cola, un vecino les celebra: "¡Los vimos en C5N! Qué bueno lo que hicieron el día del Indio". Los hermanos, algo tímidos, reciben la buena onda como una especie de milagrito: "Acá en Avellaneda fuimos anfitriones de una despedida multitudinaria y que salió bárbaro".
Pizza Redonditos Hernán Panessi
Y ellos, unos fanáticos de Los Redondos que hace años llevan adelante locales "patricios" (el que abrieron el año pasado en Av. Mitre y Darwin se suma al que tienen desde 2020 en Soreda al 4300), además de recibir a los fieles, quisieron hacerse presentes en el Gatica. Darle una última despedida al Indio. Ser parte de esa bola de angustia, envolverla, exorcizarse. "La salida fue lo peor", recuerda Darío, el hermano del medio, mientras Fernando, el más grande, seca sus lágrimas. El recuerdo del Indio todavía comprime una densidad en el lugar. Se dijo una y mil veces: algo pasa cuando todo esto pasa. Allí, sobre estas cuadras, aún sopla una nostalgia extraña.
Aquel domingo, con todo el bochinche del local sumido en una locura semejante, unos miraban la televisión colgada en el salón que da a la avenida. Otros improvisaban despedidas con tizas sobre los tablones que levantó la organización. Otros más, acongojados en la vereda, sorbían fernet, cantaban, lloraban, bailaban rocanrol, hacían lo que podían con lo que tenían a mano. Y entre los presentes, un crisol improbable de uruguayos, mendocinos, rosarinos, platenses, salteños, chilenos y un largo etcétera de latitudes. "Fue una muestra de diversidad y civilización", dice Leo, el más joven de los hermanos, ensanchándose de orgullo por el cosmos ricotero. "Todo esto fue como volver a nacer."
El recuerdo teñido de emoción que los tuvo como protagonistas involuntarios los dejó con una especie de misión, una suerte de consigna inesperada que andan abrazando amorosamente: la de, pese a todo, seguir recibiendo a ricoteros. Y aquel día, en su puerta, hasta hubo velitas y alguno que otro persignándose antes de entrar. "Usualmente tenemos promociones de pizza libre y siempre tratamos de inventar algo para remarla. Ahora hubo mucha publicidad por todo esto del Indio, estamos muy agradecidos con la gente", señala Fernando a propósito de esta bendición que igual hubiesen preferido no recibir. "Nos chupa un huevo lo laboral. El Indio nos cambió la vida. Nos la cambió de verdad", se pliega Leo.
"El Indio me lleva a muchos recuerdos, incluso desde chico, cuando empecé a escuchar Los Redondos y nos escrachábamos el guardapolvo. Todavía no caigo. Por más que el Indio no esté, se siente como si nada hubiera pasado. Como si siguiera ahí. Toda mi vida, desde que me levanto, gira en torno a Los Redondos", cuenta Fernando, visiblemente emocionado. "Me acuerdo del recital de Olavarría. Nosotros andábamos en un proceso de desintoxicación. Era el primer recital al que íbamos con mi hermano. La pasamos muy bien, sanamente. Fue muy importante para nosotros", se suma Leo.
Hoy, entre abundantes sánguches y crujientes papas fritas, entre pizzas doradas y gaseosas burbujeantes, la pizzería de los hermanos Rodríguez busca seguir ensanchando su colección de memorabilia que agrupa afiches originales, dibujos de fanáticos y entradas de recitales. Pero quieren más: buscan seguir cruzándose con otras vidas ricoteras. "Todos los ricoteros siempre tenemos una historia por contar", sostiene Fernando.
De fondo, una playlist que incluye toda la discografía del palo y que nunca deja de sonar. Y entre los presentes, Jerónimo, un nene de 4 años que piensa, literalmente, que la Pizzería Redonditos es la casa del Indio. "Es acá, vive acá", dice conectando con vaya a saber qué emoción. Ahora, por este desvío del destino, Jerónimo tiene un poco de razón. O bastante. Y frente al tibio sol que asoma desde el Parque Derechos de los Trabajadores, una milanesa redonda se posa sobre un plato redondo, una porción como para compartir. Y una pizza redonda sale eyectada del horno buscando los labios de un comensal, que justo anda por ahí, pero que casualmente tiene tatuada su calva con la portada de Oktubre. "El mundo es redondo", cierra Fernando. Cristóbal Colón tenía razón.
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