6 de julio de 2026

Internacionales

Internacionales. Los familiares aún esperan milagros bajo las ruinas

Hay miles de personas que lo perdieron todo durmiendo en carpas dentro de parques y estacionamientos. Clínicas privadas atienden a los heridos y lo paga el Estado.

Desde Caracas

Después del doble terremoto en Venezuela, al veinteañero Werner le pasa algo con frecuencia: cuando pasa muchas horas despierto dentro de un departamento, inevitablemente le sobreviene una ansiedad incontrolable: su cuerpo se pone en alerta por algo que estaría por pasar. Entonces, debe salir rápidamente de ese lugar. Se calma cuando permanece largo tiempo en un espacio al aire libre, sin ninguna estructura encima de su cabeza. "Es como una presión, siento que se me va a venir el edificio encima", cuenta mientras se acomoda su pierna derecha enyesada. Él es el único sobreviviente de su familia (mamá, papá y hermana fallecidos) tras desplomarse por completo la torre residencial Los Corales donde vivía en el estado La Guaira, aquella tarde fatídica del 24 de junio. "Soy un milagro porque dónde quedé, había un huequito por donde pude respirar y gritar ayuda", recuerda. Después de más cinco horas fue rescatado de los escombros de lo que era su hogar.

Werner es uno de los más de 6.000 rescatados en Venezuela durante las primeras labores de búsqueda y rescate, las cuales se mantienen tras cumplirse más una semana del evento telúrico. Las autoridades ordenaron continuar buscando, mientras haya una esperanza de vida.

La presidenta Delcy Rodríguez declaró en rueda de prensa con medios internacionales: "Sigamos buscando, no perdamos la fe. ¿Por qué? Porque hay muchos casos donde las personas quedaron cercanas a fuentes de alimento y de agua, y todavía podemos encontrar personas con vida y por eso no quiero cerrar la primera fase, que es de búsqueda y rescate, que podamos salvar vida".

En esa búsqueda, los milagros siguen ocurriendo, como el del vigilante Hernán Gil, quien estuvo ocho días atrapado dentro de su garita de seguridad tapiada por enormes hormigones. O el caso del niño Carlos que tuvo que esperar más de 120 horas de rescate, en medio de la espesa oscuridad de los escombros, para por fin ver de nuevo la luz del sol; o como el propio jefe de la policía de La Guaira, Gustavo Romero, que aún está con vida atrapado en las profundidades de las ruinas de un edificio, junto a 20 personas más, gracias a que ha utilizado pulsaciones en clave Morse a través de las paredes de concreto. Cada vida rescatada y por rescatar se percibe como una dosis de esperanza que renueva, por momentos, los ánimos de un país que intenta aprender a vivir con una grieta abierta de dolor.

La búsqueda también es para hallar los cuerpos de los seres queridos ya fallecidos (más de 2.600 según el parte oficial). Werner, con mirada ensimismada en el horizonte, espera conseguir el cuerpo de su mamá. Desde el 24 de junio la busca. Tiene fe en que esté en la morgue de Bello Monte en Caracas. "Ya me pasaron con una antropóloga, porque puede ser que el cuerpo esté, pero como ya ha pasado tanto tiempo, lo pueden identificar por la dentadura, o por algunos rasgos faciales", relata mientras esperaba cerca de la morgue, sentado en una plazoleta al aire libre.

Cerca de Werner está Antonio que busca a su hermana, fallecida en La Guaira. Después de mirar en un monitor por casi una hora imágenes de cadáveres, no ubicó el de su pariente. "No te imaginas la cantidad de cuerpos que he visto (...) pero ella no aparece, no la quiero dar por perdida", confiesa. Su única opción ahora es revisar en Los Silos del puerto de La Guaira, que funciona como una morgue improvisada.

Giovanny sí logró hallar el cuerpo de su pariente que pereció dentro de uno de los departamentos derrumbados en Altamira, una zona de clase media-alta del área metropolitana de Caracas. Él está afuera de la morgue de la urbe capitalina, donde es usual escuchar a los deudos debatir entre cremar o enterrar a sus familiares. Cualquiera sea la decisión, las instituciones gubernamentales apoyan con logística y traslado. "Por lo general, van directo al crematorio, porque los cuerpos están dañados por los terremotos o por el tiempo", dice Giovanny.

En otro punto de la urbe caraqueña, una joven rompe en llanto desconsoladamente cuando hacía una pequeña fila en un local para comprar víveres. Recibió la noticia de que encontraron a su hermano en La Guaira. Desesperada, abandona todos los productos que iba a pagar y sale apurada a hacer una llamada telefónica para avisarle a su papá, quien se encuentra descansando dentro de una carpa en una plaza en el centro de Caracas, así como lo hacen miles damnificados después de los sismos.

Es una escena usual: por distintos sitios de la ciudad capital como parques, veredas y estacionamientos, se pueden ver hileras de carpas instaladas. Alrededor de ellas las personas están sentadas, compartiendo alguna comida o bebida, revisando el celular, mientras los niños juegan cerca. Son personas que quedaron sin hogar (más de 15.000 de acuerdo al parte oficial) a causa de los terremotos.

Algunos son propietarios que están a la espera de una inspección técnica, para conocer si sus viviendas son aptas para regresar, tras agrietarse estructuralmente por los movimientos telúricos. Más de 800 edificios tienen daños estructurales indica el parte oficial. De momento, en Caracas revisan la situación de más de 300 edificios.

"Mi apartamento yo veo que está bien, pero el edificio tiene daños (...) por seguridad, hay que esperar", lamenta Jaime desde una de las plazas donde vive temporalmente. En esos lugares que fungen como campamentos transitorios tanto en La Guaira como en Caracas, hay organismos del Gobierno que garantizan acompañamiento emocional y psicológico a los afectados, y atenciones en salud, alimentación, identificación y seguridad ciudadana.

Los centros de acopio siguen recibiendo insumos para las víctimas. La solidaridad desbordada tras los primeros días de los sismos, continúa manifestándose, esta vez, de forma más ordenada. Por doquier aparecen voluntarios para ayudar atendiendo a los afectados, la mayoría jóvenes. "Vengo en las mañanas y ayudo como puedo a cargar enseres, o limpiando los espacios, a veces, mi mamá hace un torta y la traigo en las tardes como merienda", dice Génesis para justificar su presencia en las instalaciones de la Casa Hogar Hermanas Carmelitas de la Madre Candelaria, donde albergan temporalmente a niños afectados por los sismos.

"No más ropa por favor, se necesitan más carpas, enseres de cama, toallas, artículos de higiene personal, comida elaborada", dice un letrero pegado en las puertas del complejo educativo Gran Colombia, situado al suroeste de la capital que funciona como campamento temporal de damnificados.

La escuela tiene capacidad para más de 1.000 alumnos, pero estos no volverán a las aulas. El colegio está incluido en la lista de los sitios afectados, donde el Ministerio de Educación suspendió las clases: Distrito Capital, La Guaira y sectores específicos de Miranda, Aragua, Carabobo y Falcón. El resto de los municipios que no sufrieron daños estructurales por los sismos, reanudarán clases a partir del lunes 6 de julio para culminar el próximo 17 de este mes, como parte del ciclo escolar paralizado.

Las clases son un signo de la rutina que intenta retomar su curso en Venezuela, al transcurrir 10 días de la tragedia. Los comercios fueron los primeros en reiniciar la cotidianidad al abrir sus puertas, en medio del luto nacional, para sortear el peso de las deudas. "Con el corazón muy arrugadito, pero las obligaciones son obligaciones. Tengo muchas facturas que tenemos que pagar", dijo Sofía a un medio local. "Si no pago el alquiler, me van a mandar a desalojar el negocio", afirma Karelys, encargada de un negocio de 11 empleados.

En los hospitales, sobre todo en Caracas, se siguen recuperando los sobrevivientes de los terremotos que fueron rescatados o salieron por sus propios medios. En doce clínicas de la región capital también asisten a víctimas de los sismos. El costo integral de las intervenciones quirúrgicas y tratamientos médicos es asumido por el Gobierno de Delcy Rodríguez.

Aunque algunos pacientes ya están fuera de peligro, antes de recibir el alta médica esperan ser informados sobre dónde dormirán temporalmente, mientras las autoridades les indican cuál será su nuevo hogar, tras perderlo todo.

En las calles, en algunos postes, en la fachada lateral de los kioscos, se ven carteles con fotos y mensajes como este: "Lo estamos buscando desde el 24J, no perdemos la esperanza, por favor comunicarse al siguiente número". Algunos letreros están incompresibles; la lluvia, que últimamente cae después de los terremotos, ha ido borrando la tinta y humedeciendo el papel con los datos de los que aún no aparecen.

"En este momento no hay consuelo para este dolor tan grande que uno siente", expresa Maura desde la cama de un hospital con sus ojos hechos manantiales que recorren su rostro amoratado, salpicando su brazo derecho enyesado.

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