7 de julio de 2026
La eliminación de Portugal cerró la participación de CR7 en la Copa del Mundo
"Gracias por la pregunta; es interesante, me gusta. Sí, va a ser mi último Mundial. Disfrutaré día a día. Ojalá que no sea mañana mi último partido, así ustedes me pueden matar un poco más. Intentar matarme".
Cristiano Ronaldo lo dijo, entre risas, el día antes del partido contra España por los octavos de final del Mundial 2026. Y lanzó algo más: "No voy a ser más Cristiano ni menos Cristiano por ganar un Mundial". Ahí se planteó un acertijo que no podría resolver: su identidad no dependía de esta Copa, pero jugó cada pelota como si su vida se le fuera con ella.
El partido confirmó el interrogante. Mikel Merino, ingresado desde el banco, recibió un pase de Ferrán Torres -también suplente-, y marcó a los 90 minutos el gol que decretó el suceso histórico: allí, en Dallas, el delantero portugués había disputado el último de sus 27 compromisos mundialistas. Fue la clausura de un ciclo de seis Copas que se cerró sin la única cosa que a Cristiano todavía le falta y toda la vida le faltará.
Su aparición final no tuvo la épica que siempre reclamó para sí mismo, pero jamás bajó la intensidad: exigió un penal por una agarrada de Rodri que el árbitro no cobró, se inventó una tijera a puro oficio que le tapó Unai Simón y hasta sintió la última bocanada de esperanza por un centro que Bernardo Silva peinó apenas por arriba del travesaño. Ronaldo habló, antes del partido, de disfrutar del día a día y de la esencia del juego, pero en la cancha su conducta no fue la de alguien que ya no necesitaba ganar.
Ahí emerge una clave en esa lectura: el vínculo del título que le falta -y siempre le faltará- con la identidad que construyó de sí mismo. A diferencia de Messi, que selló en Qatar un cierre narrativo ideal para su película, Cristiano eligió resolver su propia cuenta por otro sendero: las Champions, los Balones de Oro, el combustible camino a los mil goles. Por eso se permitió avisar que el Mundial no lo define, aunque decirlo y jugarlo son dos cosas que el artillero portugués, por esencia, no pudo separar.
También advirtió que, jugara o no, siempre entregó el máximo con su Selección: ensayó una respuesta para quienes cuestionaron sus minutos en Portugal y para hallar un espacio en la tensión entre el ídolo y el futbolista funcional. En su último acto Cristiano fue quien más buscó el desequilibrio, quien más intentó forzar la jugada individual que su país necesitaba y quien se quedó, una vez más, sin el gol que hubiese modificado el guión.
Cristiano pudo declarar que no necesitaba esta Copa para ser Cristiano y, al mismo tiempo, jugar el último tramo de esa Copa a flor de piel, como si su condición dependiera de cada jugada: las dos son ciertas y ninguna cancela a la otra. "Antes de Cristiano, Portugal no había ganado ningún título. El mayor título que gané con la selección fue en 2016. Para mí, tiene la misma dimensión que un Mundial", fue su última palabra antes de irse.
Se fue un hombre de 41 años que vivió su último partido en los Mundiales exactamente como vivió el primero, pero se fue, entre lágrimas, sin el consuelo de una revancha pendiente tras veinte años con su Selección. Se fue en medio de una coexistencia: el deportista que decía sentirse completo y el que no podía parar de luchar. Por eso sólo le quedará pendiente su propio planteo: si alguna vez logra disfrutar de lo que ya no puede cambiar.
pamalfitano@pagina12.com.ar
Comentarios
0Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales.
Iniciá sesión para dejar tu comentario
Iniciar sesiónCargando comentarios...
Denunciar comentario