17 de julio de 2026
Una crónica sobre la cloaca del odio anti argentino prefabricado, los likes que deja y las hipocresías que esconde.
En el mundial anterior, en la final contra Francia, Argentina entró a la cancha como un equipo de 10 amigazos con el cuchillo entre los dientes, liderado por uno de los mejores jugadores que caminó sobre la faz de la Tierra que, teniendo todo para ser la persona más soberbia existente, la palabra más ofensiva que se le escuchó decir fue "bobo".
La posibilidad trágica de que a Messi se le escapara de las manos la Copa del Mundo en el que, pensábamos, iba a ser su último mundial; el realismo mágico de la pericia de nuestro despliegue atlético y la poca queribilidad que suscitaba el equipo galo, conducido por Mbappé, hicieron que -casi- todo el mundo estuviera de nuestro lado. Desde Ricky Martin hasta Barack Obama: millones se pusieron la albiceleste con nosotrxs y celebraron a nuestra par el 18 de diciembre de 2022.
Este año, la percepción de Argentina es muy diferente. Y llama la atención el cambio brutal. Más allá de de las clásicas rivalidades futbolísticas de toda la vida, se construyó en las redes sociales una campaña masiva de odio inédita contra Argentina que excede los límites de cualquier chicana. Miles de videos con millones de reproducciones, tuits y comentarios se convirtieron en una cloaca donde convergieron personas de todas partes del mundo, unidas por un sentimiento común: Argentina es un país malvado y racista, y cualquier persona de bien lo odiaría. Esto se vio clarísimo en el partido contra Inglaterra, donde miles de personas de países que fueron colonias, sobre todo nuestros hermanos latinoamericanos, decidieron ponerse del lado de una bandera que ocupa ilegítimamente nuestro territorio, asesinó a 649 soldados argentinos hace menos de 4 décadas y actualmente amenaza nuestra soberanía, solo porque ahora está de moda. Es decepcionante.
Las redes insinúan que el domingo el mundo entero estará contra nosotros, no solo nuestros rivales en el Mundial (cosa que podría comprenderse dentro del folklore futbolístico), sino otros nuevos enemigos, como México. . Imagen Web
"Imagínate qué malo tiene que ser Argentina como país para que yo decida hinchar por mi colonizador", dice una instagramer jamaiquina con vocación de influencer. Nunca dice por qué es malo, pero todos coinciden. "Ser negro y apoyar a Argentina es como ser latino y votar por Trump", dice un afroamericano en Instagram; "Argentina es un país tan malo, que si mañana Argentina jugara sola, yo igualmente hincharía por el estadio", dice otra, "¿Quién prefiero que gane? ¿Un país que traficó esclavos, o un país que dejó entrar nazis?", se preguntaba otra, como si montar un imperio en base al tráfico masivo de personas secuestras y sumarse a los países que dejaron entrar nazis, sean dos eventos históricos comparables.
En las redes sociales, se puso de moda odiar a Argentina, de la misma forma en que se pone de moda un tema de Bad Bunny: una tendencia que suena cool y genera engagment.
Las dimensiones del odio antiargentino tiene distintas aristas. En primer lugar: que somos agrandados e insoportables. Y les voy a dar la razón, somos soberbios, ¿cuál es nuestro crimen? Lo que les molesta, en este caso, es que no nos comportemos como esperarían que se comportara un latinoamericano: como un súbdito con complejo de inferioridad y odio internalizado. Porque cuando un francés, un noruego o un japonés habla con orgullo de su país, es un patriota, y eso les encanta. Pero cuando un argentino hace lo mismo, es un egocéntrico. Porque somos un país pobre, que se cae a pedazos y atado con alambres -más aún ahora, gobernados por una ultraderecha cipaya y entreguista, que nos odia más que todos nuestros haters juntos- y aun así, vamos a seguir convencidos de que nuestro país es el mejor del mundo, el más lindo y el más sublime, y eso les pica.
¿Qué es lo novedoso ahora? La repetición de personas, sobre todo racializadas y de países del sur global, que descubrieron hace tres días dónde queda Argentina y ahora hacen contenido sistemático sosteniendo narrativas simplistas y de impacto sobre nuestra historia e identidad, para cimentar la idea de que Argentina es un país que merece ser especialmente odiado por ser particularmente racista. Los argumentos son variados: que Argentina es racista porque dejó entrar nazis y si es más "blanco" que el resto, es porque somos todos descendientes de nazis; pero también es un país sionista y es el Israel de latinoamérica porque nos creemos más especiales y más europeos que el resto; y también es un país sospechosamente demasiado blanco, y si no hay negros es pprque los mataron a todos y demás argumentos flojos de papeles construidos para estigmatizar(nos), además de varias teorías conspiranoicas que hablan más del enunciador que de nosotrxs, como la creencia de que Messi es judío y que Argentina compró el mundial. La envidia, la realidad alterada y el fácil acceso a un teclado no son una buena combinación.
De esta manera, estos caídos de la palmera que usan el odio antiargentino prefabricado como un catalizador de likes y visibilidad en redes sociales, nos tiran por la cabeza categorías raciales que no se ajustan a nuestra historia y simplifican procesos históricos complejos para construir un imaginario popular donde el argentino es, por default, un rubio cheto soberbio y tramposo de Puerto Madero con sospechoso apellido alemán, pero que también es judío, que se cree europeo. Esto sirve para acumular reproducciones, pero también para deshumanizarnos y que, cuando vengan a terminar de invadirnos y saquearnos, a nadie le importe.
Ahora bien: ¿Argentina es un país racista? ¿Más que cuál otro? ¿Cómo medirlo? ¿Con qué criterio? Argentina es un país donde, como en cualquier otro, viven personas racistas. En Argentina, el racismo, la xenofobia y el colorismo se inscriben en dimensiones distintas a las que pueden observarse en otros países donde hubo segregación, apartheid y una economía montada sobre el trabajo esclavo, como en Estados Unidos. A Argentina llegaron 200 mil esclavos africanos, muchísimo menos que a Brasil, donde fueron trasladados 5 millones. En Argentina no hubo segregación, hay libertad de vientre desde 1813 y la esclavitud se abolió en 1860, a diferencia de Estados Unidos, donde hubo segregación hasta hace cinco días, básicamente.
Pero a esas personas, las que "aparentemente" tanto les importa el racismo en Argentina como argumento para odiarnos, no les interesa aprender sobre cómo se manifiesta el racismo en Argentina, o cómo lo experimentan quienes lo sufren, o qué fue la Campaña del Desierto, o cómo se constituyó nuestra identidad nacional, o nuestro Estado Nación, etc; sino en construir una narrativa anti-argentina porque el odio genera likes, visibilidad, engagment, monetización y las redes sociales son una cámara de eco a la que la gente entra para sentirse validada. La cuestión racista en Argentina es un debate en el que es necesario profundizar, pero no con un gringo que nos corre por izquierda porque se puso de moda en Twitter.
Por otro lado: ¿Argentina dejó entrar nazis? Sí, como también lo hicieron Estados Unidos -que refugió a científicos nazis-, Brasil, Paraguay, Uruguay o Chile, donde precisamente el presidente, Kast, es el hijo de un nazi. También somos el país de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, donde nacieron el Che Guevara y Diego Maradona, quien siempre se reconoció de sangre guaraní, y Mercedes Sosa, una de nuestras mayores cantoras, comunista y descendiente de indígenas. Un país contestatario con una clase trabajadora organizada, que supo ser faro en la ampliación de las conquistas sociales populares y en la lucha por los derechos humanos; donde surgió el pañuelo verde de la campaña del aborto legal, que recorrió el mundo, y fue uno de los primeros en legalizar el matrimonio igualitario. Pero lo de los nazis tira más como descriptor para englobarnos.
La campaña de odio antiargentino en redes sociales es solo otro ejemplo de cómo estas plataformas reproducen discursos estigmatizantes para generar un sentimiento común que favorezca al algoritmo. Y eso es preocupante. Pero también da cuenta de otras hipocresías: si los que nos detestan deciden a qué país apoyar según qué tan racista es, entonces no deberían bancar a Inglaterra, donde hace dos meses hubo movilizaciones masivas para expulsar a los inmigrantes. No deberían estar apoyando países que fueron potencias imperialistas, y que aún mantienen territorios coloniales, y que se enriquecieron a costa de dividirse el mundo para saquearlo, como piratas usurpadores, a fuerza de genocidios, extractivismo y tráfico de esclavos.
La realidad es que, cualquiera de esos "influencers" que fomentan el odio antiargentino, tiene las puertas abiertas para venir a Argentina a atenderse gratis en un hospital público a la par que cualquier otro argentino y a hacer una carrera en universidades reconocidas en todo el mundo sin pagar un solo peso. Argentina es uno de los países donde es más fácil conseguir una residencia, establecerse y, me arriesgo a decir, hasta hacerte amigos que te van a abrir las puertas de su casa y hacerte sentir en familia. Es un país que recibió a miles de inmigrantes de todos los países, lejanos y cercanos; de paraguayos que gritamos sus goles como si fuesen nuestros, de colombianos y venezolanos que, incluso, tuvieron la posibilidad de contribuir con su voto para que ahora nos gobierne Milei. Me pregunto si esos "influencers" correrán con la misma suerte tratando de hacerse una vida de cero en Suiza o Alemania. No necesitamos que vengan extranjeros a odiarnos: con nuestro presidente, que juega para el equipo de Thatcher, tenemos suficiente. El resto, están más que invitados al mejor país del mundo.
Fuente: Página12
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