20 de julio de 2026
Festejos españoles y también argentinos en las calles de Barcelona
El hombre detrás del mostrador del bar está muy seguro de lo que dice. Parece estar tranquilo. Atiende a los clientes que llegan en tren a la playa de Sitges, y dice que van a ganar. Son las 16 en España, y faltan cinco horas para la final con Argentina.
La tarde es un caos. Hinchas de Argentina se mezclan entre camisetas rojas, amarillas y blancas. En el subte no entra nadie más. Los vagones viajan abarrotados de sudor. Nunca se vieron tantas banderas de España como ahora. Entre el partido con Francia y esta final ha cambiado algo. El sentimiento ha crecido y ahora tienen que hacer algo con él.
Se ven campeones. Los medios lo dicen abiertamente, hablan de una segunda copa y organizan festejos. Algo que ningún argentino haría por cábala, por mufa. Muestran una estrella bordada a la mitad. No hay mística y parecen no respetar ningún código o precaución, se ven seguros con lo que tienen.
En el Marina Fòrum, donde se colocó una pantalla gigante para mirar el partido, las filas de cientos de personas se alargan y cierran los accesos por superar la capacidad permitida. Aparecen quejas, gritos y molestias. Todos quieren mirar el acontecimiento que puso en movimiento al mundo.
Entonces se van a otro lado. Se meten en bares típicos, pizzerías, pubs irlandeses, bares de karaoke. Todos están avisando que transmiten el partido y organizando una velada que será histórica, dicen.
"Argentina busca el error de España, viven del error, saben oler sangre", afirman los relatores mediterráneos. Se quejan del césped y del cuerpo a cuerpo de la Scaloneta. Dos argentinos sacan el televisor al balcón y ponen la Televisión Pública Argentina a todo volumen para que toda la avenida escuche. Debajo de ellos hay cuatro argentinos más. Abajo hay otros dos. A lo lejos, en el edificio del frente, uno puede ver los colores celeste y blanco. Los españoles miran el partido con las persianas bajas.
Con el gol de España llegan los gritos, los portazos, la gente apurada que baja las escaleras, las bombas y las primeras bocinas. Hasta ahora los gritos siempre habían sido argentinos, y esta vez son ellos los que se desgarran la voz como en un desahogo. Intermitentes y algo moderados, salen al balcón a gritar. Sin cantos, solo a gritar. En ese momento pasan las primeras bicicletas y motos de cadetes de Glovo con la bandera de España. La llevan encima como una capa de superhéroe. Se creen poderosos y ya se dan por ganados.
En el balcón de los argentinos ya no hay camisetas. Miran el televisor con el torso desnudo y bajo la única luz azul sobre sus rostros. La tensión, el calor, la humedad y los cuerpos brillosos por la transpiración. El partido cuesta físicamente.
"Este es el sueño de una noche de verano", dice un hombre entre lágrimas. Las calles del barrio se inundan de familias que bajan de los departamentos para ver pasar las primeras caravanas. Algunos lo toman de la peor manera. Un treintañero de barba tupida revolea una bandera española y les grita a los argentinos que pasan caminando "¿Quién tiene miedo ahora?", "¡Ocupas!".
No solo ellos salen a la calle. Camino al Parque Glòries, epicentro de los festejos argentinos en la semifinal, ya se puede divisar la torre con los colores de España y las banderas argentinas flameando con esa postal de fondo. Suena la marcha de Malvinas y un poco de cumbia. No hay tristeza en las caras de los recién llegados, "la sensación no es derrota y si de mucho orgullo por el trabajo hecho", cuenta Pablo, uno de los hinchas que llegaron hasta el lugar para "despedir a Messi". Algunos hinchas argentinos ven pasar a los nuevos campeones y los felicitan. Un español le dice a su amigo cordobés que debería haberse llevado la copa Messi. "Me mola mucho la cumbia, eso no lo puedo negar", dice un joven con la camiseta de Lamine Yamal.
Pasadas dos horas de la victoria el ruido sigue reverberando afuera. La madrugada se hace larga. Los gritos y las bocinas son cada vez más frecuentes, con menos espacios. La marea humana tiene huecos, es multitudinaria pero no ocupa la calle. Cada uno corea una canción distinta. "Gloria a la patria", "Soy español", "¿Lio Messi dónde está?" o simplemente la melodía de Seven Nation Army de los White Stripes. Improvisan un pogo corto, alguien prende una bengala roja y se reportan disturbios en algunos lugares.
El hombre detrás del mostrador que, seis horas antes del partido estaba tranquilo, se irá a dormir tarde esta noche. Sabrá que esta noche su país ha conseguido una victoria más. Ha ganado España su segunda copa y la gente festeja como sabe, como puede, como le sale. Con la bandera en la espalda y la emoción en el pecho.
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