1 de septiembre de 2026
Lo que significó Leo para la historia de la Selección (y del fútbol)
Aunque era de esperarse, la decisión del capitán impactó muy fuerte y marca un antes y un después en la historia del equipo y, por supuesto, del fútbol en general. Cómo el crack y la Selección se retroalimentaron todos estos años.
Por Cristian Dellocchio | P12
Generalmente, a los mejores intérpretes de este gran invento llamado fútbol les alcanza con uno o dos eventos excepcionales para meterse en la historia o, en el caso de los más suertudos, inmortalizarse en la memoria colectiva. Están quienes lo lograron con su capacidad creativa: Cesáreo Onzari y su gol olímpico, la rabona de Ricardo Infante, el escorpión de René Higuita, la calesita de Zidane, el penal picado de Panenka... Están los pensadores, revolucionarios de la táctica; los tocados por la varita, en el momento justo y en el lugar indicado de una final; o los patentadores de festejos, por qué no. También los acumuladores de títulos y los ídolos sin conquistas, forjados a puro sufrimiento. Y están los más grandes, por supuesto, capaces de emocionar a millones y marcar sus vidas para siempre. Entonces, entre tanto virtuosismo, ¿qué hizo Lionel Messi para meterse en lo más alto de la historia del deporte?
Lo suyo fue tan descomunal que de preguntar por su gol más memorable, las respuestas serían de lo más dispares. Tampoco inventó ninguna jugada, aunque de definirlo a través de una, la elegida sería el enganche desde la derecha hacia el centro con zurdazo goleador. ¿Y un festejo? Difícil quedarse con solo uno. El homenaje a Diego con la 10 de Newell's, el abrazo post Copa América 2021, las lágrimas de Qatar o hasta la borrachera en el micro del Barcelona cuando purrete. Hay de sobra. Es que no existe momento puntual, finito en el tiempo, para catalogar a Messi. Si algo lo diferenció por sobre el resto es, sin dudas, su longevidad, su interminable hegemonía. Por algo se habla de "fin de una era". ¡20 años ininterrumpidos en la cima del mundo!, algo nunca antes visto. Un hombre que redefinió los límites de lo posible, creador de nuevos verosímiles. Dueño de números goleadores hasta entonces solo vistos en videojuegos o rescatados por estadígrafos dedicados a investigar los inicios de la disciplina. Cifras que empequeñecen lo logrado por las nuevas estrellas.
Un hombre que hasta reacomodó el criterio de lo noticioso. Partidos con uno o dos goles suyos pasaron a ocupar espacios más pequeños de lo habitual en los medios de comunicación y el término hat-trick se popularizó. Un crack que transformó el concepto de rivalidad: los equipos más débiles festejaban en los sorteos si les tocaba enfrentarlo ya que significaba saltar al estrellato por 90 minutos. Los más pesados, en cambio, se agarraban la cabeza si debían cruzarse con su zurda. Y ni hablar de sus adversarios. Las marcas personales empezaron a intercalar patadas y agarrones con pedidos de camisetas durante y de fotos después. Si Roger Federer el otro día contó que en su carrera usó más de cinco mil vinchas y siete mil pares de medias, ¿cuántas casacas habrá entregado Messi a sus colegas? Por todo eso -y muchas cosas más que no entran aquí- su retiro de la Selección Nacional cobra tanta dimensión. Es verdaderamente el fin de una época y no solo para la Argentina.
Toda gran historia necesita de un conflicto, un punto de tensión para desarrollarse, y en la carrera de Messi ese fue la Selección Argentina. Bendecido a nivel clubes por la coincidencia temporal con Pep Guardiola y acaso el mejor mediocampo de la historia, las cosas fluyeron inevitablemente durante su etapa en el Barcelona. La rivalidad con el Real Madrid, Cristiano Ronaldo y Mourinho le pusieron un poco de picante, algo de suspenso y entretenimiento, pero con el paso del tiempo se desvalorizó: hace rato que nadie duda quién ganó ese duelo. Todopoderoso a nivel clubes, la Selección lo humanizó.
El título súper esquivo y las frustraciones consecutivas lo transformaron en un ídolo capaz de sufrir como cualquier hincha. Adoptó su forma más emotiva, más relacionable. Su dolor fue el de muchos y esa búsqueda aparentemente imposible agigantó su idolatría, marcando a una generación entera que se confesó más entusiasta con la consagración personal de su héroe que con la del país. Una generación urgida de un mito propio, como el que tuvieron los contemporáneos de Maradona. Incluso sobrepasando los límites territoriales: hinchas de todos los países (cómo olvidar el boom en Bangladesh) emocionados con sus lágrimas post Copa América 2021 y alentándolo en Qatar, cosa que se dio vuelta cuatro años más tarde como pudimos sentir a flor de piel en la última Copa (aparentemente, un Mundial era merecido, dos ya era un abuso).
Desde hace tiempo que la carrera del crack pasó a ser Selección-dependiente. O acaso, ¿quién se acuerda de su paso por Francia o sigue fecha a fecha sus aventuras en la liga estadounidense? Messi es grande por la Selección y la Selección volvió a serlo por Messi. Por eso este retiro es un antes y un después. Casualidad o no, la gloria máxima le llegó un año después de su separación de Barcelona, como si el éxito simultáneo fuera demasiado poder para una sola persona. Como por acto de magia, sus mejores intérpretes cambiaron el azulgrana por el celeste y blanco y sus clásicos pasaron de ser con el Real Madrid y el Manchester United a jugarlos contra Francia, Brasil y hasta Inglaterra, atrapando sobre el cierre de su carrera lo único que le faltaba: un triunfo eterno repleto de simbolismo.
Y como corrió los límites de lo posible y lo creíble, Messi también reafirmó tradiciones y costumbres: si un futbolista es zurdo, petiso y -sobre todo- argentino, defensores del mundo, agárrense.
Toda gran historia necesita de un conflicto, un punto de tensión para desarrollarse, y en la carrera de Messi ese fue la Selección.
31 de agosto de 2026
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