30 de septiembre de 2026
Factores como la precariedad económica, la violencia, la hiperconectividad y el impacto de las redes sociales agravan el malestar.
La salud mental se convirtió en uno de los grandes desafíos sociales de América Latina. El problema no se reduce al aumento de diagnósticos: combina ansiedad, depresión, incertidumbre económica, violencia, hiperconectividad y sistemas sanitarios que ofrecen respuestas insuficientes. La Organización Panamericana de la Salud (OPS) advierte que la brecha de tratamiento en América Latina supera el 70 por ciento, lo que equivale a decir que tres de cada cuatro personas que lo requieren no logran acceder a la atención necesaria. El gasto medio destinado a salud mental representa apenas el 2,1 por ciento del presupuesto sanitario y el 42 por ciento de esos recursos continúa concentrado en hospitales psiquiátricos, en lugar de servicios comunitarios. Para la OPS, la salud mental no consiste solamente en la ausencia de trastornos: implica también la posibilidad de afrontar el estrés cotidiano, desarrollar capacidades, aprender, trabajar y participar de la vida social.
El deterioro tiene escala regional. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo estima que una de cada cuatro personas en América Latina y el Caribe experimentará un trastorno de salud mental a lo largo de su vida. En 2021, el 7,3 por ciento de la población regional tenía un trastorno de ansiedad, frente al 6,4 de los países de la OCDE y el 4,7 a nivel mundial, mientras que la prevalencia de depresión pasó del 3,5 por ciento en 2000 al 4,4 en 2021.
Entre los adolescentes de la región, UNICEF calcula que cerca de 16 millones de jóvenes de entre 10 y 19 años viven con algún trastorno de salud mental. La precariedad laboral, la dificultad para independizarse, la violencia, la incertidumbre respecto del futuro y la exposición permanente a redes sociales forman parte de un escenario que atraviesa la construcción de identidad y el bienestar emocional.
Ansiedad digital
La expansión del smartphone modificó profundamente la forma en que adolescentes y jóvenes construyen vínculos, identidad y pertenencia. Estefanía Galacho, psicóloga especialista en vínculos, advierte que sería simplista responsabilizar exclusivamente a las redes sociales por el crecimiento del malestar entre los jóvenes, pero considera igualmente equivocado tratarlas como si fueran neutrales.
"Nunca tuvimos tantas posibilidades de estar en contacto con otras personas y, al mismo tiempo, aparecen experiencias muy intensas de soledad y de padecimiento subjetivo", sostiene. Desde la expansión del teléfono inteligente, agrega, la conexión pasó a ser permanente: "Eso introdujo mucha exposición, comparación y evaluación constante, en una etapa de la vida donde además la identidad todavía se está construyendo". Sin embargo, Galacho evita presentar a los jóvenes como víctimas pasivas del entorno digital. "Estamos viendo una búsqueda de volver a encontrarse, de recuperar espacios y experiencias colectivas", agrega.
Los datos acompañan esa preocupación. Un informe de la Secretaría General Iberoamericana señala que los jóvenes de la región pasan, en promedio, tres horas y 32 minutos diarios en redes sociales y que más del 60 por ciento experimenta lo que el estudio denomina "ansiedad digital". El uso intensivo de plataformas aparece asociado, además, con una mayor presencia de síntomas de ansiedad y depresión.
Pero el impacto de las redes no se agota en la cantidad de horas frente a una pantalla. Jonatan Acosta, psicólogo especialista en clínica con niños y adolescentes del hospital psiquiátrico infanto juvenil Tobar García, ubica el problema en un terreno más profundo: "Las demandas y motivos de consulta más frecuentes que llegan al consultorio por parte de los jóvenes se asocian, generalmente, a la caída de ciertas identificaciones que los sostenían", explica. También observa consultas vinculadas con autolesiones, que pueden aparecer "como modalidades de regulación frente a aquello que se desborda a nivel psíquico".
Cuadros más severos y falta de sostén
Acosta introduce un matiz importante respecto del aumento de consultas. No considera que el fenómeno pueda explicarse únicamente por una mayor cantidad de casos. "No diría tanto que hay un aumento cuantitativo de la cantidad de casos, sino que lo que se observa es un aumento en la gravedad de los casos", señala. La mayor visibilización de la salud mental y la reducción del estigma pueden haber facilitado el acceso a espacios terapéuticos pero, según su experiencia clínica, también aumentó la severidad de algunos cuadros.
La incertidumbre económica aparece directamente ligada a ese malestar. Cuando los referentes afectivos de los adolescentes deben trabajar durante jornadas extensas o atraviesan ellos mismos dificultades económicas, "quedan también en un lugar de cierta fragilidad psíquica", sostiene Acosta. Esa situación puede reducir la disponibilidad emocional y material para acompañar a los jóvenes. "El deterioro de las condiciones económicas y laborales genera progresivamente un deterioro en las condiciones de sostén y, consecuentemente, en los malestares que presentan los adolescentes".
En relación con las redes sociales, Acosta propone mirar más allá de la autoestima y habla de una "pregnancia de la imagen": la imagen por encima de la palabra. La autopercepción queda vinculada a una representación que se mide permanentemente frente a otras mediante likes, comentarios e interacciones. "Esto se observa como una característica de la personalidad actual, que tiene cierta fragilidad en torno a esta construcción de la imagen sostenida meramente en una lógica algorítmica", explica. A esa exposición se suma la inmediatez tecnológica, que, según el psicólogo, va "en contrapelo de la posibilidad de frustrarse".
Las apuestas online, el nuevo mal entre los jóvenes
Entre las problemáticas emergentes aparece además el crecimiento del juego patológico asociado a aplicaciones y apuestas online. Betsabé Leicach, coordinadora del Hospital de Día de Adicciones del Hospital Álvarez, señala que existe una preocupación creciente por este fenómeno, aunque esa alarma todavía no se refleja necesariamente en un aumento equivalente de pacientes que llegan a los dispositivos especializados.
Alejandro Brain, psiquiatra especialista en consumos problemáticos y miembro de la comisión directiva de la Asociación Argentina de Salud Mental, plantea que el sistema de salud, tanto privado como público, no está preparado para dar una respuesta cien por ciento efectiva. "El sistema de salud podría estar preparado, y la ley dice que tendría que estarlo, pero no lo está porque hay muy pocos dispositivos hospitalarios que se dediquen a eso y en los ambulatorios no se invierte mucho", aclara.
Su mirada pone el acento en la necesidad de sostener el vínculo terapéutico. En los consumos problemáticos, advierte, el tratamiento no puede medirse solamente en función de una abstinencia inmediata, sino también por la posibilidad de que el paciente continúe vinculado a un espacio de atención y pueda volver incluso después de una recaída. "Lo peor es estar solo", resume.
Para Acosta, una posible salida empieza precisamente por la palabra. "El malestar que se tamiza por la palabra, que se aborda a través de la palabra, es un malestar que empieza a tener un borde", sostiene. Frente a formas de sufrimiento que pueden expresarse mediante autolesiones u otras conductas de riesgo, propone abrir canales alternativos: "Apostar a la palabra en un espacio terapéutico, apostar a la palabra con un amigo, apostar a la palabra con un vecino".
30 de septiembre de 2026
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