6 de octubre de 2026

Nacionales

Nacionales. Una alianza con Abuelas para la búsqueda de bebés apropiados en Chile

Durante la dictadura trasandina, miles de recién nacidos fueron sustraídos a madres vulnerables y entregados en adopciones ilegales en el exterior. La Fundación Hijos y Madres del Silencio firmó un acuerdo con Abuelas de Plaza de Mayo.

Febrero de 1974. Habían transcurrido cinco meses del golpe de Estado liderado por Augusto Pinochet en Chile cuando Amelia Flores dio a luz a su hijo Fernando en el Hospital Parroquial de San Bernardo. Dos horas después del parto, el personal médico le anunció que el recién nacido había fallecido. No le mostraron el cuerpo del bebé y le aplicaron una inyección que la dejó dormida durante tres días.

Al día siguiente, le entregaron a su esposo un ataúd cerrado. En un centro médico controlado por fuerzas militares, el hombre fue obligado a subirse a un taxi junto al féretro para dirigirse al cementerio. Todo el servicio fúnebre estaba ya pagado, una gratuidad inusual en el sistema chileno. Sin poder velarlo, sin haber visto el cuerpo, ese hijo permaneció suspendido en la memoria: ni vivo ni enterrado del todo.

En 2020, Amelia estaba sentada frente al televisor en Santiago. Escuchó el testimonio de una mujer que relataba, punto por punto, una vivencia idéntica a la suya. Esa historia que creía íntima y única era, en realidad, un patrón sistemático. En Antofagasta, su exesposo miraba el mismo programa. Amelia se acercó entonces a la Fundación Hijos y Madres del Silencio (FHMS).

La génesis de esa agrupación se remonta a 2014. Lo que comenzó como un grupo de Facebook concebido como un repositorio de consultas -bajo la premisa inicial de que se trataba de algunos casos aislados- mutó con rapidez. No solo escribían chilenos buscando a sus familiares directos, sino también adultos desde Estados Unidos, Italia, Australia o los países nórdicos, con apellidos extranjeros, intentando descifrar su origen biológico. La interacción permitió constatar que no estaban ante adopciones legales mal gestionadas, sino ante una red de sustracción forzada y tráfico de niños a escala masiva.

"Nos fuimos dando cuenta de que hay una gran cantidad de chilenos en el exterior buscando su origen. También nos encontramos con madres a las que les habían dicho que su hijo había fallecido. Eran sustracciones de manera forzada, apropiaciones, niños que los sacaron del hospital o de una clínica y los entregaron a otras familias", explica Marisol Rodríguez, presidenta y fundadora de FHMS, que busca un hermano o hermana que a su mamá le habían dicho que nació muerto.

Los registros oficiales consolidados a partir de las denuncias recibidas por la justicia chilena identifican a más de 23.400 niños y niñas enviados al extranjero, aunque los propios investigadores asumen que la cifra real podría duplicar esa estimación. Si bien el lapso temporal es más extenso, Chile se convirtió bajo la dictadura de Pinochet en uno de los países con mayor tasa per cápita de salida de niños hacia el exterior. La fundación ya identificó la presencia de chilenos apropiados en veinte países: se calculan alrededor de 8.000 casos en Estados Unidos, más de 2.200 en Suecia, 500 solo en la isla de Cerdeña (Italia), además de cientos de registros en Francia, Dinamarca y otras naciones europeas.

Este tráfico masivo se vio exacerbado respondiendo a una lógica de genocidio social de clase. La dictadura arrebataba hijos e hijas a mujeres en situación de vulnerabilidad social -muchas de ellas pertenecientes a comunidades originarias- para ponerlos bajo un circuito de adopción ilegal a cambio de importantes sumas de dinero, justificando el despojo bajo la premisa de desmantelar la pobreza. La práctica, sin embargo, tenía también sus raíces en dinámicas socioculturales previas de la aristocracia chilena, donde la infertilidad y la maternidad soltera eran estigmatizadas, y donde distintas congregaciones de la Iglesia Católica operaban como nexo intermediario.

Cerca del 80% de quienes integran la FHMS son madres, hermanas o hijas. Esta mayoría femenina responde al peso de mandatos culturales y al desafío que implica asumir el dolor. Romper el silencio exige romper con el miedo y enfrentar la culpa impuesta por la sociedad, un paso que muchos hombres evitan dar por la carga patriarcal que penaliza la vulnerabilidad emocional. Del otro lado de la cordillera, son también las mujeres quienes asumieron la tarea de organizarse, capacitarse y empoderarse para exigir respuestas.

Ana María Olivares es periodista y logró encontrar una sobrina. Cuenta que la mayoría de las mamás antes nunca habían ido a una marcha, nunca se habían agrupado, nunca se habían puesto un pañuelo como signo identitario. "La mayoría de las mamás que llegan tienen mucho miedo a todo, son muy vulnerables emocionalmente. En Chile hay mucho analfabetismo y algunas madres que en ese momento no sabían leer, ahora hicieron su enseñanza media, para hacer una mejor versión, para prepararse para ese hijo que buscan", explica.

La relación de la FHMS con el Estado chileno está marcada por la desidia, las promesas incumplidas y la sensación constante de volver a empezar desde cero. En 2019, luego de muchas gestiones, una comisión investigadora de la Cámara de Diputados aprobó un informe que reconocía la existencia de violaciones a los derechos humanos, lo que derivó en la designación de un equipo por parte de la Corte Suprema para sustanciar la causa penal. Pero la respuesta del Ejecutivo fue esquiva. Sobre el cierre de la gestión de Gabriel Boric se creó una unidad de búsqueda de personas apropiadas. La iniciativa fue desmantelada de forma inmediata tras la asunción de José Antonio Kast.

Esta semana, cuatro integrantes de la fundación estuvieron en Buenos Aires para firmar un convenio de cooperación con Abuelas de Plaza de Mayo. Por el organismo argentino firmaron la vicepresidenta Buscarita Roa (nacida en Chile) y el secretario Manuel Goncalves (nieto restituido); por la Fundación Hijos y Madres del Silencio firmaron su presidenta, Marisol Rodríguez, acompañada por sus compañeras Ana María Olivares, María del Carmen García Castro y Amelia Flores.

Para el colectivo trasandino, la experiencia histórica y metodológica de Abuelas constituye un faro ineludible. García Castro es una hija del silencio e inició su búsqueda en 2014. "Abuelas ha dejado una huella muy grande y nosotras vamos pisando esa huella; nos queda mucho aprendizaje de ellas. Son un referente mundial, un ejemplo de resistencia para América Latina. Nos dan fuerza, porque si ellas llegaron hasta acá, nosotras tenemos que avanzar", explica. Desde la Fundación también sostienen que en este vínculo con Abuelas hay un tema metodológico. "Nosotros no podemos inventar la pólvora", dicen.

Con sus 72 años y su formación como matemática, Amelia se plantea la cuestión del legado, de cómo seguirá el trabajo cuando ellas ya no estén. "Estos días en Buenos Aires me hicieron pensar mucho cómo podemos incorporar a nuestra tarea muchas de las cosas que aprendimos acá. Me surge una incógnita, porque se nos han muerto varias de nuestras mamás este último tiempo. Cuando veo lo que hace Abuelas, entiendo que ese trabajo lo van a seguir nuestras hijas, nuestros nietos: la búsqueda de mi hijo, de su tío, de su hermano. Eso también es un aprendizaje que tenemos que ver cómo lo incorporamos a nuestras tareas".

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