Locales 22/03/2026
Pequeñas anécdotas del terror
Por Luis Perrière
*Este artículo honra la memoria de mi hermana Lucía Julia Perrière Frías de Furrer y mi cuñado Néstor Valentín Furrer Hurvitz, secuestrados-desaparecidos en Necochea en 1978, y de todas las víctimas del terrorismo de Estado en Argentina.*
Dos caras de una misma maquinaria, de la amenaza en la vereda y a la interdicción
I. 1981 - La amenaza en la vereda
Corría 1981. La dictadura cívico-eclesiástico-militar llevaba cinco años sembrando terror, y la democracia era aún una palabra lejana que recién alumbraría en 1983. En ese contexto, la familia de mi padres Raúl Luis Perrière y Élida -su compañera de toda la vida- sobrevivía como podía en la casa familiar de Paraná, Entre Ríos.
Allí convivían ellos dos, cuatro de sus hijos y las dos niñas pequeñas, Alejandra y Natalia, hijas de Lucía y Néstor, la pareja que ya había sido desaparecida por el régimen en 1978.
Una tarde cualquiera, mediados de año. Temperatura típica de otoño: quince grados, esas tardes en que el sol empieza a declinar temprano y la vida cotidiana intenta transcurrir con normalidad impostada. Élida barría la vereda, juntando hojas secas y la suciedad que el viento acumula, como era su costumbre. El gesto rutinario, casi doméstico, esa coreografía de escoba y baldosa que repiten miles de mujeres en cualquier ciudad del mundo, fue interrumpido por una presencia que no podía pasar desapercibida.
Dos personas, un varón y una mujer, jóvenes ambos, se detuvieron frente a la casa.
Eran empleados de la SIDE, parte de la dotación local de los servicios de inteligencia que operaban a metros de allí, sobre calle Salta a la altura de Uruguay. Ella los reconoció al instante. No eran del barrio. Eran ellos.
No necesitaron uniforme. Su sola presencia ya era una intimidación. En la dictadura, los represores no siempre llegaban de noche, encapuchados y con ametralladoras. A veces llegaban de tarde, con ropa de civil, y se paraban en la vereda como quien espera el colectivo. A veces, el terror tenía cara de funcionario y gesto de empleado público haciendo su trabajo.
El hombre, mirando a su compañera pero con la voz lo suficientemente alta como para ser escuchada, ese volumen calculado para que llegue justo hasta donde debe llegar, ni más ni menos, soltó la frase que condensaba todo el plan del terror: "¡A estos debimos hacerlos desaparecer a todos...!"
"A estos". ¿Quiénes eran "estos"?
¡Estos! Eran una madre que barría su vereda, y que aún esperaba a sus hijos. Un padre que luchaba por mantener el espíritu en alto mientras el país se derrumbaba a su alrededor. Cuatro hijos que crecían con la ausencia instalada como un mueble más de la casa. Dos nietas, estigmatizadas como "las hijas de los terroristas", que apenas empezaban a entender que sus papás no volverían, que preguntaban y aprendían a callarse porque el silencio también era una forma de cuidado.
"Hacerlos desaparecer a todos". No era una amenaza vacía. Era el eco de lo que ya habían hecho con Lucía y Néstor. Era la constatación de que, para el régimen, la familia era un objetivo. Era la confirmación de que el terror no se limitaba a los grupos Montoneros, ERP o FAR o los tipificados "subversivos", esa categoría elástica que inventaron para justificar lo injustificable, sino que se extendía en cadena a todo el clan Perrière. El mensaje era claro. El delito era existir, era llevar el mismo apellido, era haber amado y amar a alguien que ellos consideraban enemigo.
Esa frase, dicha al pasar, en la vereda de su propia casa, bajo el cielo gris de otoño, les quitó el sueño durante meses. Porque en 1981, en plena dictadura, una amenaza así no era una exageración ni un arranque de prepotencia: era un aviso. Era la certeza de que el brazo del Estado, ese mismo Estado que debería proteger. podía volver, esta vez para completar la tarea. Las noches se llenaban de preguntas: ¿Volverán? ¿Cuándo? ¿Será esta noche? ¿Habrá que huir? ¿Adónde se huye cuando todo el país es un territorio hostil?
Afortunadamente, no lo hicieron. No esa vez. Pero la cicatriz de ese momento quedó para siempre.
II. El interdicto - La máquina de silenciar
Mientras mi madre barría la vereda bajo la mirada de los agentes de la SIDE, mi padre enfrentaba otra forma de desaparición. Una más silenciosa, más "legal", pero igualmente devastadora: el interdicto.
El eufemismo como arma fue y es lapidario. Una piedra en el zapato con la que hay que andar, cueste lo que cueste y a duras penas.
La dictadura necesitaba un término que sonara "administrativo", "burocrático", para encubrir lo que realmente era: una condena sin juicio, una muerte civil. El INTERDICTO no era una sanción legal con proceso judicial, era una sentencia de exclusión total del trabajo, de los medios de comunicación, de la vida pública. Una condena a la invisibilidad forzada. La destrucción económica como método. Eficaz y terminal.
¿Quién era Luis Perrier (Raúl Luis Perrière), la voz que no pudieron silenciar? ¿Qué delito había cometido para merecer esa condena?
Mi padre nació el 12 de febrero de 1927 en Basavilbaso, Entre Ríos, y falleció el 7 de enero de 2010 en Paraná. Fue locutor, periodista, pionero del periodismo agropecuario en su provincia. Su voz atravesó generaciones: creó y condujo programas emblemáticos como "Al que madruga Manuelito lo ayuda", "La Escuelita Radial", "El Club de los Rouxcolitos", "Noches en Celeste y Blanco", "Tardecitas Correntinas", "El Coco Show", "La Hora Príncipe". Artísticamente era Luis Perrier, y "Coco" para la familia y los amigos.
Trabajó en LT14, en LT39 de Victoria, LT2 de Rosario, LV12 de Tucumán, LT12 de Paso de los Libres. También en televisión, en Canal 13 de Santa Fe. En los años 80 creó "Mundo Rural", programa pionero del periodismo agropecuario que defendió durante más de dos décadas al pequeño y mediano productor.
Su crimen, a los ojos del régimen, no era su ideología. No era su militancia católica. Su crimen era ser padre. Era tener dos hijos desaparecidos -Lucía Julia y Néstor Valentín- y atreverse a buscarlos, a preguntar, a reclamar. Su delito fue amar y no rendirse. Y eso, en aquellos años, era peligroso.
Por ese delito, el de querer saber, el de no callarse, la dictadura decidió que no merecía trabajar, que no merecía vivir de su profesión, que no merecía sostener a su familia.
Lo interdictaron. Lo expulsaron de LT14 sin indemnización, le quitaron sus programas, le inhibieron su habilitación profesional, le anularon el número de su agencia de publicidad. Lo dejaron sin trabajo, sin sustento, con una familia que mantener. Siete años duró el castigo.
Cuando intentó reconstruir su vida en radios del interior, en las ciudades de Victoria, Villaguay o La Paz, en Entre Ríos, el personal de la SIDE iba personalmente a intimidar a los dueños. La amenaza era clara: si le daban espacio, perderían la licencia, les decomisarían los equipos. No había lugar en la Argentina donde escapar de la persecución y poder trabajar.
Así vivieron desde 1976 hasta 1983. Un día, allá por 1979, tuvo que presentarse en oficinas de la SIDE, convocado por el General Trimarco, para que le dijeran que él y su familia estaban "limpios". Tuvo que soportar que allegados se alejaran, que miembros de la comunidad miraran para otro lado, que algún colega "calumniara", que la economía familiar quedara reducida a la supervivencia, llena de angustia y dolor.
Pero no lo doblegaron. Mi padre soportó estoicamente el golpe. Sufría en silencio, su asma lo agitaba pero su corazón no cedía, resistía. Su espíritu se mantuvo en alto, acompañado por mi madre, Élida. Juntos lograron rescatar de "las fauces de los asesinos" a mis dos sobrinas, Alejandra y Natalia. Las criaron y les dieron educación.
Pasaron los años. Finalmente, el reconocimiento llegó. En 1983, gracias al accionar del director de LT14 en ese momento, Raúl Emilio Galanti -que lo convenció de volver y le abrió nuevamente las puertas, poniendo los micrófonos a su disposición sin censura-, mi padre recuperó su habilitación profesional y su agencia. Siguió trabajando. Creó "Mundo Rural". Defendió durante décadas a los pequeños y medianos productores. Dejó una huella imborrable en la radiofonía argentina.
El tiempo, que todo lo pone en su lugar, trajo justicia simbólica. El Honorable Concejo Deliberante de Paraná, en 2024, aprobó por ordenanza que una calle de la ciudad lleve su nombre: Don Luis Perrière. La Calle Pública N°1365, entre Av. José Manuel Estrada y calle De La Lastra y Gordillo, lo recuerda para siempre.
Los vecinos que impulsaron el homenaje dijeron: "Su capacidad para informar con precisión y profundidad, sin sacrificar la imparcialidad y la integridad, es digna de admiración. En un tiempo en el que la veracidad a menudo se ve amenazada, Luis Perrier mantuvo la llama de la objetividad encendida, sirviendo como faro para aquellos que buscaban la verdad".
Dos caras de la misma máquina del terror, que aún sobreviven, son la violencia en su expresión más pura y brutal
La amenaza en la vereda y el INTERDICTO son dos manifestaciones del mismo mecanismo. El lenguaje -esa frase dicha al pasar, ese término burocrático como "interdicto"- fue y es un mecanismo de control social.
La frase del agente de la SIDE, "A ESTOS DEBIMOS HACERLOS DESAPARECER A TODOS", no fue dicha para ser escuchada por los jueces, ni para quedar registrada en ningún expediente. Fue dicha para ser escuchada por una madre. Para que el miedo siguiera circulando, reproduciéndose, perpetuándose. Para que ella supiera que la vigilaban, que todos recordaran, que podían volver.
El interdicto, por su parte, fue la versión "legal" del mismo propósito: borrar, silenciar, excluir. Pero con la firma de un papel, con la apariencia de un trámite.
Ambas anécdotas del terrorismo de Estado buscaban lo mismo, quebrar el espíritu. Hacer desaparecer no solo cuerpos, también voces, también voluntades, también memorias.
Y hoy, a más de cuarenta años, estas anécdotas mínimas, un cruce de vereda, una escoba, una palabra "legal", siguen siendo testimonios poderosos de lo que fue el terrorismo de Estado. Porque el terror no solo operaba en los centros clandestinos, en los vuelos de la muerte, en las fosas comunes. El terror también se ejercía así, a plena luz del día, con las manos en los bolsillos, mirando a una mujer que barre su vereda. O en un escritorio, con un sello y una firma, condenando a un padre a la muerte civil.
El lenguaje fue el vehículo del horror. Pero también fue, y es, el vehículo de la memoria.
Esta es la reflexión y lo que nos enseña esta historia
Las historias de horror que nos atravesaron, en especial a mis padres, Élida Esther Frías y Raúl Luis Perrière, hablan con claridad de lo siniestro que la dictadura implementó para condenar a muerte civil a miles de trabajadores de la comunicación. Pero es también la historia de la resistencia silenciosa, cotidiana, sin reflectores, de quienes se negaron a ser borrados.
Mi madre siguió barriendo su vereda y acompañando. Mi padre no fue un número. Fue un trabajador intenso, inteligente, un padre, un esposo, un creador radial. Sus espíritus no se doblegaron.
Porque cuando amenazaron con desaparecernos a todos, no contaban con que el amor -ese delito por el que nos condenaban- es precisamente lo que hace que la memoria sea imborrable.
La psicología del trauma enseña que el terrorismo de Estado no solo destruyó vidas de manera individual, sino que infligió una herida de carácter transgeneracional. El psicoanalista francés Jean-Max Gaudillière, estudioso de los efectos del trauma extremo, sostiene que ciertos hechos son "impresentables" para la psique. No pueden ser procesados, elaborados ni integrados como recuerdo, sino que se instalan como un "agujero negro" que atraviesa generaciones. Quienes sobrevivieron -y quienes heredaron la ausencia- no solo cargan con el dolor de lo perdido, sino con la imposibilidad de tramitar una muerte que nunca tuvo cuerpo, ni duelo, ni sepultura. Esa herida abierta, que en nuestra familia lleva cincuenta años, es también la herida de una sociedad que aún no termina de elaborar lo que fue.
La filósofa Hannah Arendt, al cubrir el juicio al criminal nazi Adolf Eichmann en Jerusalén, acuñó una expresión que resuena con escalofriante vigencia "la banalidad del mal". Arendt descubrió que los perpetradores nazis, no eran monstruos ni sádicos excepcionales, sino seres humanos, varones y mujeres comunes que habían abdicado de su capacidad de pensar por sí mismos, que ejecutaban órdenes con eficiencia burocrática y que habían vaciado su conciencia de toda responsabilidad moral. Lo más aterrador de su análisis es que el mal no siempre se presenta con rostro demoníaco; a menudo se viste de normalidad, de obediencia, de lealtad a un poder profundo que se autoproclama absoluto.
Lucía Julia Perrière Frías y Néstor Valentín Furrer Hurvitz continúan desaparecidos. Su memoria, como la de miles, sigue viva en quienes no olvidan y en las generaciones que heredan la lucha por la verdad, la justicia y los valores por los que ellos fueron eliminados de este mundo.
Raúl Luis Perrière, mi padre, y Élida Esther Frías, mi madre, nos enseñaron que hay derrotas que son victorias, y silencios que gritan más fuerte que cualquier amenaza. El grito de ese silencio es la voz del amor que sigue sonando.
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