Locales 03/05/2026
Por Luis Perrière
En el primer aniversario de su fallecimiento, la Agrupación que lleva su nombre lo homenajea con una gala imperdible. Su música, más viva que nunca.
Por Luis Perrière
Oscar Domínguez, nombre inseparable de la cultura tanguera de Saladillo, falleció el domingo 27 de abril de 2025 en esta ciudad, donde dejó un legado artístico y humano imborrable. Nacido el 23 de junio de 1940 en Las Heras, localidad ubicada 148 km al norte de Saladillo, fue hijo de Domingo Isaías Domínguez y Laura Angélica Chiappa, y pasó sus primeros años en la zona rural hasta que, en 1954, se trasladó al casco urbano para vivir con sus abuelos. Se radicó en Saladillo en el último cuarto del siglo XX, y fue acompañado siempre por su compañera de vida, la querida Esther, quien estuvo presente días atrás durante el debut de la Agrupación Oscar Domínguez, en el escenario de la 6ª Fiesta de la Galleta de Piso, y además facilitó el bandoneón que perteneciera a Oscar para que fuera ejecutado por uno de sus alumnos y músico acompañante, Mario Benítez.
Domínguez encarnó la pureza del músico integral, como intérprete magistral del bandoneón, compositor de decenas de obras, arreglador de sensibilidad única y pedagogo generoso. Su arte, siempre al servicio de la belleza y la emoción, trascendió fronteras a través de giras nacionales e internacionales. Pero fue en Saladillo donde sembró sus proyectos más queridos: la Agrupación de Bandoneones Saladillo y el Quinteto La Cuarentena, iniciativas que democratizaron el tango y dejaron una huella imborrable para las nuevas generaciones.
Cuando Oscar Domínguez se sentaba y apoyaba su bandoneón en la pierna, no solo sostenía un instrumento; sostenía una caja de resonancia para el alma, un fuelle que respiraba el aire de la nostalgia y lo exhalaba convertido en destino. Escribir sobre él es intentar capturar el viento entre los dedos. El bandoneón no nace de un estiramiento imposible, un diálogo entre el cuero que se expande y el metal que se queja. Nace de la comunión entre el hombre y el misterio.
Cada vez que Oscar abría el fuelle, parecía que el mundo se desgarraba un poco, liberando historias de puertos, fríos de madrugadas y ecos de amores que se fueron sin decir adiós. Y cuando lo cerraba, lo hacía con la fuerza de un secreto bien guardado, protegiendo la esencia de nuestra música. Sus 71 botones eran para él un mapa laberíntico donde no existía el orden lógico, sino el orden del sentimiento: una nota aquí para el dolor, otra allá para la esperanza.
Oscar Domínguez era un traductor de silencios. Sentado en su silla, como quien sostiene a un niño dormido o a un corazón herido, se inclinaba sobre su instrumento para escuchar lo que el aire tenía que decir. Sus manos, en cuerpo y alma, no solo oprimían teclas; acariciaban la madera para que el sonido no saliera tan brusco, o la golpeaban para que el ritmo marcara el pulso del corazón de quien escuchaba.
Su mirada, asi, casi siempre perdida o cerrada. Oscar no miraba al público; miraba hacia adentro, hacia ese lugar donde la música y la memoria son la misma cosa.
Su cuerpo se balanceaba al ritmo de una respiración que no era la suya, sino la del fuelle. Era un centauro de madera y carne.
Cuando un maestro de la talla de Oscar Domínguez parte "al cielo", su instrumento no queda mudo, queda esperando. Dicen que en el cuero del fuelle se quedan pegadas las notas más tristes y las más alegres, y que aquel que vuelve a abrirlo puede sentir el calor de las manos que lo precedieron.
El bandoneón de Oscar es, en última instancia, la voz de la ausencia, pero la esencia siempre viva del tango y de su espíritu. Es la prueba de que, aunque las personas se vayan, su sonido permanece vibrando en el aire, suspendido en una nota larga que se niega a morir.
"Oscar Domínguez no tocaba el bandoneón; lo hacía llorar y reír, y en ese llanto y esa risa, nos regalaba un pedazo de eternidad."
Un año después, esa huella no solo permanece, florece porque la reciente creación de la Agrupación Oscar Domínguez, integrada por músicos que fueron sus compañeros de ruta: Mabel Iocco, Lorena Portilla, Leonardo Lagostena, Mario Benítez, es la prueba más clara de que el fueye amigo sigue respirando en cada esquina de la ciudad de los bandoneones.
Más allá de su talento, Oscar dejó una enseñanza perdurable: que no hay arte verdadero sin voluntad, disciplina y entrega. Su taller, esa cueva que él mismo bautizó con cariño, fue escuela para quienes abordaron la música con seriedad. Su vida, un ejemplo de cómo el genio creativo puede conjugarse con la humildad.
Hoy, a un año de su partida, ya no se llora su ausencia desde el vacío, sino desde la certeza de que su música ganó la partida. Como se escribió aquel día: "Se cerró el fuelle, pero no su sonido, / porque Oscar se hizo tango / y el tango es infinito".
Este domingo 3 de mayo, en el Auditorio Doctor Ricardo Galliani de la Biblioteca Popular Municipal Bartolomé Mitre, a las 18:30, la Agrupación Oscar Domínguez ofrecerá una gala y tributo imperdible. Allí, el tango volverá a sonar como él lo soñó: con el alma bandoneonera de Saladillo, con clásicos del 2x4 y con parte del repertorio que el mismo maestro recorriera.
Un año después, Saladillo no solo recuerda a su maestro: lo celebra. Los bandoneones celestiales, ya guiados por Gardel, Piazzolla y Troilo, hace doce meses recibieron a un nuevo solista. Aquí, en la tierra, sus discípulos y su gente se encargan de que el fuelle amigo nunca deje de sonar.
Desde www.rauldeloshoyos.com, sitio cultural sin fines de lucro, se apoya esta iniciativa que da continuidad y valor al tango de Saladillo. Este medio invita a compartir recuerdos, anécdotas y música con el hashtag #OscarDomínguezUnAño.
"Descansa en paz, maestro. Tu música no tendrá silencios."
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