7 de abril de 2020

Locales 24/03/2020

Coronavirus

Miedos

El 2 de febrero de 2018 (tal vez fue ese día) murió el Pacho; el 25 de febrero de 2019 se fue Jorge; y hace apenas poco más de dos meses, el 2 de enero, de la manera más absurda e inesperada, nos dejó mamá. Son mis muertos queridos, aquellos que vienen frecuentemente a mis sueños, los que tengo presentes cada día. Ni ellos ni yo nos imaginamos que un 23 de marzo de 2020, poco tiempo después de que se fueran, todos los habitantes de Argentina, y ni hablar de los del resto del mundo, estaríamos encapsulados en nuestras casas, angustiados y temerosos, deseando que un virus que ya se llevó las vidas de miles de personas  pasara por nuestros costados sin tocarnos.

El mundo ha cambiado mucho desde aquellos días en que estaban presentes: días cercanos en el calendario; días que nos distancian por la magnitud de los hechos.

Quienes tuvimos la posibilidad y la lucidez de construir nuestras casas como el mayor de los tres chanchitos del cuento, tenemos ladrillos, varios espacios, comida, jardín, mascotas, pileta y un salario seguro. A la hora de decidir, nos amuchamos a tiempo con algunos de nuestros seres queridos: rescatamos, así, el ritual de los abrazos, las caricias, los olores, las discusiones y los gestos, sin que mediaran pantallas. Los otros seres amados (que los hay y son muchos) quedaron del otro lado. WhatsApp, Facebook, Instagram y otras formas virtuales ayudan: Entre audios, videollamadas, memes y fotos, todos sospechosamente optimistas, nos reunimos. No sabemos casi nada, aunque tememos mucho sin decirlo. 

Encierro, barbijos, alcohol en gel, agua y jabón, los datos de infectados y muertos que aumentan día a día, los vecinos a los que saludamos de lejos. Miedo, miedo y miedo. No podemos dormir, y cada amanecer despertamos con la ilusión de que todo esto haya sido una pesadilla; pero no. Aguardamos, agazapados y falsificando la alegría para sobrevivir. Sabemos que abril y mayo vendrán con sus garras y sus dientes filosos. Esperamos, deseamos, anhelamos, que apenas nos rasguñen.


Cristina Sarubbi


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