23 de mayo de 2022

Nacionales 03/02/2022

Esperanza de vida: De la ciencia, la longevidad y las expectativas

Por Adrián Paenza

Es muy difícil establecer cuál es la esperanza de vida de un país porque las condiciones a considerar tienen oscilaciones brutales. Sin avanzar mucho más, la pobreza en la que está sumida un enorme porcentaje de la población, desposeída y privada de sus derechos humanos más elementales, generan -por ejemplo- un desigual y perverso acceso a la salud. Por lo tanto, pretender hacer un promedio es una invitación al fracaso. De todas formas, recurriendo a los datos publicados por las fuentes más confiables [0] , en la Argentina en el año 2019, el promedio de vida para una mujer rondaba los 80 años mientras que para un hombre, superaba apenas los 73, diferencia no menor y que requeriría de un análisis que escapa a mi educación.

Mirando la evolución que han tenido las sociedades en la última década o, si usted prefiere, agrandemos el ángulo y miremos lo que sucedió en el último siglo, uno tiene la tentación de inferir que la esperanza de vida hace 100 o 150 años era muchísimo menor. Y efectivamente, es así, pero la afirmación merece un asterisco. Lea estos datos:

a) para los nacidos en 1850, la esperanza de vida media para hombres y mujeres era de alrededor de 38 y 40 años, respectivamente

b) para los nacidos en 1990, de 72 y 79.

Es natural deducir entonces, que en el siglo XIX había muy pocas personas caminando por la calle de 50 o 60 años, sencillamente porque la gente no vivía tanto tiempo. Pero es una conclusión errónea: ¡seguro que había gente de esas edades! Lo que sucede es que la mortalidad infantil y los fallecimientos en la niñez son los dos factores a considerar y que alteran fuertemente ese promedio.

Hay un episodio particular del siglo XIX que sirvió para cambiar esta tendencia. Nosotros ya publicamos una parte de ella acá mismo en Página 12 hace casi una década. [1]

Ignaz Philipp Semmelweis fue un médico húngaro nacido en 1818. Dedicó buena parte de su vida a ejercer como neonatólogo y obstetra en una época en donde las condiciones de asepsia no eran frecuentes, a tal punto que tanto las madres que parían como los bebés recién nacidos morían en porcentajes que hoy serían inaceptables (¡un 10 por ciento!) debido a la falta de cuidado en la higiene de los médicos. La enfermedad más común a mediados del siglo XIX era la fiebre puerperal. En ese momento, en Inglaterra, la fiebre puerperal producía más muertes que la propia tuberculosis. La situación era tan grave que muchas mujeres preferían parir en sus casas para no exponerse a los riesgos de infección en un hospital.

Semmelweis ejercía en el servicio de obstetricia del Hospital General de Viena. En principio, advirtió que en una de las salas el índice de mortalidad era dramáticamente superior al de la otra: 10 por ciento versus 4 por ciento. Comenzó a seguir los casos cuidadosamente hasta descubrir algo entre elemental e inédito: eran los propios médicos y enfermeras los que infectaban a los pacientes. Después de testear diferentes hipótesis encontró que el número de casos se reducía fuertemente a poco que los médicos ¡se lavaran las manos! cuando trataban a una mujer embarazada, especialmente después de haber estado en contacto con cadáveres.

La teoría de que los gérmenes eran los causantes de las diferentes enfermedades no era conocida aún. Por lo tanto, Semmelweis dedujo que "algo" de lo que tenían los cadáveres incrementaba el riesgo de infecciones, tanto en las madres como en los bebés, y propuso que los médicos y enfermeras se levaran las manos con una solución que contuviera cloro.

Cuando hizo su anuncio, en un congreso, en el año 1850, recibió muestras de desdén, rechazo y hostilidad. Los médicos que refutaron su teoría expusieron un argumento que hoy sería considerado criminal (y esto está escrito): "Aunque los descubrimientos del doctor Semmelweis fueran correctos, lavarse las manos antes de entrar en contacto con una nueva paciente sería ¡muchísimo trabajo!" (sic). El congreso médico que se llevó a cabo en Alemania terminó rechazando la teoría de Semmelweis, en especial después de que se conociera la opinión del médico más famoso de la época: Rudolf Virchow. Ese fue el golpe final.

Los médicos participantes no estaban convencidos de tener que admitir que eran ellos los causantes de tantas muertes. Semmelweis pasó 14 años de su vida desarrollando sus ideas y tratando de convencer al establishment. Publicó su libro sobre el tema en 1861, pero cuatro años más tarde fue forzado a internarse en un hospital psiquiátrico, le pusieron una camisa de fuerza y murió a las dos semanas de haber ingresado.

Hoy, Semmelweis es reconocido como el pionero en las políticas antisépticas y de prevención de enfermedades contraídas en los hospitales.

La incidencia que tuvo el hecho de que los/las parteros/as y médicas/os obstetras comenzaran ¡a lavarse las manos, sencillamente ese hecho, aunque parezca mentira! permitió dar un salto cuantitativo y cualitativo enorme. Las condiciones mínimas de higiene que tiene hoy una sala de partos es altamente no comparable con lo que sucedía en ese momento. Por supuesto morían muchísimos bebés por las infecciones que se producían allí. Basta con pensar que la penicilina, el primer antibiótico, aparece en escena recién en el año 1928 como producto de las investigaciones (y también la casualidad) efectuadas por el epidemiólogo británico Alexander Fleming. [2]

Pero volviendo a la historia anterior, si uno lograba superar los 20 años, entonces podía vivir una larga vida. De hecho, en 1850 una mujer blanca de cincuenta años podía esperar vivir casi hasta los 74 años, y una persona de 60 años podía esperar vivir hasta los 77. Es seguro entonces que la esperanza de vida ha aumentado ciertamente para las personas de 50 y 60 años en la actualidad, unos diez años en comparación con 1850, en gran parte debido a una mejor atención médica. Pero en un país como la Argentina en particular (o si prefiere, en todo el mundo porque la afirmación sigue siendo válida), en donde las condiciones en las que vivimos son tan desiguales, es imposible -al menos para mí- sacar una conclusión indisputable. Estoy tan seguro como usted que la distribución inequitativa de la riqueza es -o debería ser- el factor determinante de cualquier análisis que se pretenda hacer.

Con todo, eso no invalida que la sospecha que tenemos de que ahora vivimos mucho más que antes no es tan cierta: vivimos más, pero no mucho más (si uno hace una inspección más cuidadosa). De ahí lo del asterisco. Si la evolución en ciencia, en particular biología y medicina, la calidad de los medicamentos, la aparatología que permite mejores y más prematuros diagnósticos que inexorablemente se traducen en mejores tratamientos, y seguro que más factores que aquí se me escapan, decía, si yo quisiera forzar una relación entre todo lo nuevo que el hombre aprendió en los últimos 100 o 150 años, la traducción de ese conocimiento debería haber hecho que esa expectativa de vida se hubiera duplicado, por lo menos. Pero eso no ha sucedido ¿En dónde está el error? ¿En qué fallamos aún?

Hace un par de años (pre-pandemia), escuché en una charla multidisciplinaria en la NYU (Universidad de New York), que ¡la persona que viviría 500 años ya había nacido! ¿Será cierto? No podemos ser ni usted ni yo... creo. Tiene que ser aún una niña o un niño, ¿no es así? ¿Están trabajando los biólogos tratando de evitar el envejecimiento celular? ¿Cuánto han avanzado en ese terreno? De todas formas, eso abriría un nuevo capítulo. ¿Quinientos años? ¿Con qué calidad de vida? ¿En qué condiciones? ¿Qué pasaría con los contratos sociales? Por ejemplo: una pareja que se casa y declaran amarse el resto de sus vidas y permanecer juntos... ¿tendrían que renovar esos votos -digamos- cada siglo? Esa es otra historia, otro debate. Sólo quería compartir estas ideas. Lo que yo pienso es irrelevante, en cambio lo que piensa usted, no.

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