27 de marzo de 2026

Locales 27/03/2026

Florecerán pañuelos en la noche y el nuevo día será de luz

Crónica de una vigilia donde el dolor se hizo memoria y la memoria del 24 de marzo, amor

Por Luis Perrière

*Este artículo honra la memoria de mi hermana Lucía Julia Perrière Frías de Furrrer y mi cuñado Néstor Valentín Furrer Hurvitz, secuestrados-desaparecidos en Necochea en 1978, y de todas las víctimas del terrorismo de estado en Argentina.*

I. El frío que no era del invierno de la vida

El 23 de marzo, Saladillo se vistió de sombra y luz. No era una noche cualquiera. El aire traía consigo el peso de cincuenta años, ese aniversario que ningún calendario puede borrar porque está escrito en la piel de los que quedaron y en el silencio de los que ya no están.

Pero en ese frío -que no era solo del otoño, sino también del vacío que dejaron los que arrancaron sueños- comenzó a gestarse algo distinto. Porque la noche, cuando se comparte, deja de ser oscuridad para convertirse en vigilia. Y la vigilia, cuando es activa, es el primer paso de la resurrección de la memoria.

Llegaron de a uno, de a pares, en grupos que atravesaban las calles, las veredas con el sigilo de quienes saben que la memoria no hace ruido, pero pesa como un abrazo. Traían mates, pañuelos blancos, velas que aún no se animaban a encender porque el viento sur de la historia soplaba fuerte. Y traían, sobre todo, la voluntad de encontrarse.

No importaban las banderas políticas. Esa noche, los colores se diluyeron en el blanco de los pañuelos. Había quienes pensaban distinto, votaban distinto, creían distinto. Pero todos sabían que había una verdad que los convocaba más allá de cualquier diferencia la verdad de los que fueron arrancados, la verdad de los que aún esperan, la verdad que el negacionismo pretende enterrar pero que la tierra misma se niega a guardar.

Porque hay dolores que no se curan solos. Hay heridas que no cicatrizan con el olvido. Y hay pueblos que, para seguir siendo pueblos, necesitan detenerse una vez al año y decir: esto pasó, esto no puede volver a pasar.

Danzan solas, danzan con todas y con todos los que están

Y entonces, en medio de esa noche que empezaba a poblarse de velas, aparecieron ellas.

Un grupo de mujeres tomó el centro de la vigilia no con palabras, sino con el cuerpo. Sus cuerpos habían aprendido a moverse entre lo que duele y lo que libera. La danza se llamaba "Florecerán pañuelos", y el nombre ya era un manifiesto.

Porque los pañuelos blancos -esos que las Madres convirtieron en emblema, esos que las Abuelas tejieron con la esperanza más larga de la historia- no son solo tela. Son alas recortadas, son promesas que vuelan, son manos soberanas, son la certeza de que lo que se ama no desaparece del todo mientras haya quien lo nombre.

Y mientras ellas danzaban, algo en el aire se hizo más denso y más leve al mismo tiempo. Más denso porque la memoria pesa, porque los ausentes pesan, porque el terrorismo de Estado dejó un surco tan hondo que cincuenta años después aún respiramos su geometría. Más leve, porque la danza, cuando es verdadera, despega los cuerpos del suelo, y en ese despegue hay una forma de resistencia que el odio no puede alcanzar.

Recordé cómo, en un susurro que se hizo colectivo, aquella noche de octubre de 1988 en el estadio de River Plate. Sting cantaba "Ellas bailan solas (They Dance Alone)" junto a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Peter Gabriel estaba allí también. Y el mundo entero vio cómo unas mujeres de pañuelos blancos danzaban solas -pero no solas- en un escenario que se volvía sagrado.

Esa misma energía atravesó Saladillo esa noche. Porque las mujeres que danzan en vigilia no están solas bailan con las que ya no están, bailan por las y los que aún buscan, bailan para que el olvido no sea la última palabra. Danzaban con ellos y con nuestros pensamientos. Mientras la guía de los pulsos de la paz y la memoria se volcaban en los pañuelos pintados en la vereda, señalizando el camino para que no nos perdamos de la historia.

Y mientras ellas danzaban, desde algún lugar de la noche sonaba la voz de Gabo Ferro: "Soy todo lo que recuerdo / y vos todo lo que has olvidado". La canción parecía escrita para esa noche, porque en Saladillo había quienes venían a recordar -a ser todo lo que recuerdan- y otros, afuera, en la indiferencia o el negacionismo, elegían habitar entre fantasmas cansados. Pero esa noche, en el Paseo de la Memoria, la balanza se inclinó del lado de quienes, como decía la canción, entendieron que "no se fuga uno para atrás, se fuga uno para adelante".

II.De ahi al Museo y sus rostros

En el primer piso del Museo de Saladillo, había otra forma de memoria. Más quieta, pero igual de viva. Las imágenes de los desaparecidos de Saladillo miraban desde las paredes con esa intensidad que tienen los ojos que ya no están pero que siguen viéndonos.

Allí estaban Lucía Julia Perrière Frías. Allí estaba Néstor Valentín Furrer Hurvitz.

Sus rostros no eran meras fotografías. Eran preguntas que el tiempo no había logrado disolver. ¿Dónde están? ¿Por qué? ¿Quién decide que una vida vale menos que una idea? ¿Quién se arroga el derecho de borrar a otro de la tierra?

Pero junto a esas preguntas, también había respuestas. Las respuestas estaban en las manos de Romina Virgili y Silvina Benitez, que cuidaban el Museo como quien cuida una casa de la memoria. Estaban en Silvina Iturria y Noelia Catullo, que desde Cultura y Derechos Humanos tejían los hilos para que la exposición no fuera solo un acto sino un compromiso. Estaban en la decisión de que aquello que fue negado -la inclusión deliberadamente excluida de Néstor en el listado de víctimas- fuera reparado.

Porque hay exclusiones que no son errores. Hay exclusiones que son heridas infligidas con la misma lógica que los arrancó de la vida, la lógica de que algunos valen menos, de que algunos no merecen ser recordados, de que algunos desaparecidos deben desaparecer también de la memoria oficial.

Pero Saladillo dijo que no.

III.El acto del martes 24 de marzo fue el nombre que vuelve

El 24 de marzo, pasadas las diez de la mañana, el sol intentaba calmar el frío que aún se resistía. En el Pasaje de la Memoria, el Memorial esperaba. Las delegaciones escolares llegaron con el asombro de los jóvenes que aprenden que la historia no es solo un capítulo en un libro, sino una herida abierta que sus generaciones deben ayudar a cerrar.

Sonó el Himno. Lo interpretó Áurea Dúo, Flavia Pagés y Walter Vivas, y la música tuvo esa cualidad rara de elevar sin solemnidad vacía, de emocionar sin estridencias. Porque cuando el arte se pone al servicio de la memoria, deja de ser espectáculo y se convierte en liturgia.

Luego llegó el momento central el emplazamiento del retrato de Néstor Valentín Furrer Hurvitz en el Memorial.

Fue un acto pequeño en apariencia una placa de cerámica, técnica de calco vitrificable, obra del artista local Oscar Sosa. Pero en ese gesto -el de sumar un nombre a una lista que nunca debió tener que existir- había una reparación que trascendía lo simbólico.

Porque a Néstor lo arrancaron de la vida en agosto de 1978. Lo arrancaron como arrancaron a tantos. Y durante años, su nombre no estuvo donde debía estar. No fue un olvido, fue una decisión. Una de esas decisiones que el poder profundo, esa madeja de sombras que mezcla criminales con encubridores, masones con inescrupulosos, toma en la oscuridad para seguir mutilando vidas incluso después de muertas.

Pero esa mañana, la luz ganó.

La palabra de este ciudadano herido, apoyado en las escenas del periodismo que amenizaba las mañanas como locutor y conductor en la radiodifusión local, que escribió para contar, fue "apostar por el amor".

Y entonces hablé como hermano de Lucía, cuñado de Néstor. Como un hombre que ha vivido la desaparición no como un recuerdo sino como una presencia diaria, como esa pregunta que todos los días uno se hace ¿por qué nos hicieron eso y aún nos hacen esto? ¿por qué nos niegan la información? Acaso quieren que nuestro dolor sea eterno o busquen recordarnos cada 24 de marzo que pueden volver a asesinarnos y matarnos por no pensar como ellos.

Mi voz no tembló, pero tampoco fui impasible. Fui la voz de alguien que ha aprendido que el dolor no se supera, se transforma. Y que la transformación más poderosa es aquella que convierte la pérdida en compromiso, el vacío en construcción, la rabia en amor.

 "Me pregunto todos los días: ¿dónde están nuestros seres queridos desaparecidos?  -dije-, y fue como un eco porque el aire me lo devolvía y los ojos se me llenaban de lágrimas... Dios, ¿dónde están?... Después de 50 años, todavía hay quienes los ignoran. Es una pesadilla. Pero invitado por mis convicciones, recuperé el aliento y sostuve: "Pero pese a todo, no hay que dejarse vencer por el miedo, por el terror ni por el ¡no te metás! El Nunca Más, precisamente, significa meterse, involucrarse, comprometerse y aportar por la vida y no por la muerte".

Y luego, casi como un resumen de todo lo que esa noche y esa mañana habían significado...

¡Apostemos por el amor y por la vida!.

Ahí estaba. La fórmula que parecía imposible, el dolor transformado en amor. No un amor ingenuo que olvida, sino un amor militante que recuerda para que no se repita. No un amor abstracto, sino el amor concreto de quienes se sientan a compartir mates en una vigilia, de quienes danzan con pañuelos blancos en la noche, de quienes votan por unanimidad una ordenanza que repone un nombre, de quienes abrazan al que perdió a su cuñado y le dicen con ese abrazo no estás solo.

El colectivo que neutralizó el odio

Porque en ese proceso -la vigilia, la danza, el Museo, el acto, la palabra- algo profundo había sucedido.

Un colectivo de humanidad había logrado neutralizar el odio.

No es poca cosa. El odio -ese que en los años setenta y ochenta se vistió de uniforme y patente de corso, ese que hoy se disfraza de negacionismo o de indiferencia, ese que siempre encuentra formas nuevas para mutilar vidas- había sido convocado a esa noche, a esa mañana, para ser derrotado sin balas, sin violencia, sin la lógica que lo alimenta.

Lo derrotaron las velas. Lo derrotaron los pañuelos blancos floreciendo en la oscuridad. Lo derrotó la danza de las mujeres que despegaron del suelo con la misma fuerza con que las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo despegaron del silencio impuesto. Lo derrotó el arte de Oscar Sosa, que puso el rostro de Néstor en cerámica para que el fuego de la memoria lo haga indestructible, el joven Lucas Portal de Suteba repasando páginas del plan Cóndor, lo derrotó la música de Áurea Dúo, que le devolvió al Himno su condición de canto colectivo, la energía vital, sentida del ballet de Hernán Calcaterra. Lo derrotaron los concejales de todos los bloques -Juntos por el Cambio, Unión por la Patria, La Libertad Avanza- que entendieron que la memoria no es de un partido, es del pueblo. Lo derrotó el intendente José Luis Salomón, que dijo: "Hoy tenemos que recordar, porque el odio no conduce a nada positivo. La sociedad entendió que el camino que se inició aquel 24 de marzo fue siniestro, de pérdidas, de terror" y su gesto, depositar la primera flor en el memorial, al costado del retrato de Néstor que ese día se descubría, la emoción de la Secretaria de Gobierno profesora Viviana Rodríguez, el doctor Alejandro Armendáriz, la doctora Alejandra Lordén, el doctor Juan Manuel Nicora Gutiérrez, la doctora Eva Cieza, que asumió el compromiso con la verdad para contarlo a las nuevas generaciones. Lo derrotó el doctor Félix Crognale cuando dijo: "La democracia se defiende todos los días, sobre todo cuando defendemos al que piensa distinto, cuando bancamos la salud y la educación pública y cuando luchamos por la igualdad de oportunidades y exigimos justicia. Nunca más un gobierno de facto". Lo derrotó la nobleza del ex intendente Carlos Antonio Gorosito, su respeto y su mano sobre la foto de Néstor.

Lo derrotaron, sobre todo, las familias que aún buscan, que aún preguntan, que aún esperan, porque su espera es una forma de decir que ninguna desaparición es definitiva mientras haya quien nombre al desaparecido.

Y lo derrotó Jorge Cura, sindicalista, víctima del terrorismo, defensor de los trabajadores, miembro activo de la comunidad, que acompañó cada paso con esa convicción de quien sabe que los derechos no se negocian y que la memoria no es pasado, es presente militante.

El abrazo que falta y el que sobra

Finalmente, al término de mi semblanza del dolor, agradecí los abrazos y el acompañamiento que, a falta de una familia cercana, sirvieron de abrigo, paz y serenidad.

Porque esta última dictadura -al igual que las cinco anteriores que durante el siglo XX concibieron y prohijaron el terror- también nos arrasó humana y socialmente, sumiendo la democracia en el descrédito e inutilidad. No solo arrancó vidas humanas, arrancó familias enteras, dejó hogares mutilados, vacíos que nada ni nadie puede llenar del todo.

Y, en esos vacíos de seres queridos, a veces, lo único que cabe es el abrazo de los otros, de los que no son sangre pero son pueblo; de los que no compartieron apellido, pero compartieron la vigilia, el mate, la vela, la danza, la palabra y la reparación reclamada.

Ese abrazo colectivo -el de un pueblo que se reúne para decir que no olvida- es quizás la prueba más evidente de que el dolor puede transformarse en amor.

No en un amor que borra el dolor, porque eso sería mentira. El dolor sigue ahí, en las fotografías del Museo, en los nombres del Memorial, en la pregunta cotidiana de este hombre llamado Luis que no se resigna. Pero junto al dolor, crece otro afecto el amor por la vida, por la verdad, por la justicia. El amor que lleva a un concejal a votar sin mirar el partido del que viene el proyecto. El amor que lleva a un artista a poner su oficio al servicio de la memoria. El amor que lleva a un grupo de mujeres a danzar en una noche fría para que los pañuelos florezcan. El amor que lleva a un sindicalista a acompañar a las víctimas. El amor que lleva a un periodista a decir, después de cincuenta años de preguntar sin respuesta: apostemos por el amor y por la vida.

Epílogo de este tramo de vida y de la luz que vuelve

El Memorial de Saladillo tiene ahora un rostro más. Néstor Valentín Furrer Hurvitz mira desde su placa de cerámica con la misma intensidad con que miran todos los que fueron arrancados. Y quienes pasan por allí, los estudiantes, los vecinos, los que lleguen dentro de diez, veinte, cincuenta años, podrán detenerse y leer su nombre.

Y tal vez, en ese instante, algo de la energía de aquella noche de vigilia  sorbiendo agua y yerba mate, los pañuelos blancos floreciendo, la danza que despegaba los cuerpos, las velas encendidas contra el viento- llegue hasta ellos. No como un dato histórico, sino como una presencia viva. Como la certeza de que hay dolores que, cuando se comparten, se vuelven menos pesados. Y que hay amores que, cuando se construyen entre muchos, pueden más que cualquier odio.

Porque al final, eso es la Memoria Activa una forma de amor que no se resigna, que no se cansa, que no permite que el olvido gane. Una forma de amor que, como los pañuelos blancos en la noche, florece incluso cuando todo parece oscuro. Y que, como aquella danza de las Madres junto al cantante inglés Sting en 1988, le dice al mundo entero que hay mujeres que danzan solas pero no están solas, porque bailan con las que ya no están y por las que aún vendrán.

Saladillo, entre la noche del 23 y la mañana del 24, fue eso, un colectivo de humanidad que decidió transformar el dolor en memoria, y la memoria en amor. Un acto colectivo que neutralizó el odio no con más odio, sino con la única fuerza que realmente puede vencerlo: la de un pueblo que se abraza en la verdad, que cuida sus heridas sin dejar de mirar adelante, que sabe que la justicia tarda pero que no se rinde, y que apuesta, siempre, por la vida.

Que florezcan los pañuelos. Que nunca más. Que siempre más la memoria. Que siempre más el amor.

-Crónica de una vigilia en Saladillo, en paralelo al 24 de marzo de 2026, a cincuenta años del golpe, donde el dolor aprendió a ser abrazo y el odio encontró su derrota en la ternura colectiva de un pueblo que no olvida.

¡Gracias Saladillo!

Nota:

Hay acciones humanas deliberadas que no admiten silencio. El Terrorismo de Estado -esa autocracia del Poder Profundo que impone "limpieza" social, ideológica, cultural, étnica, informativa, empresarial, de derechos, de la economía social, del ámbito público, del poder judicial, las leyes inconvenientes y la dominación de una clase minoritaria para mantenernos cautivos de un poder colonial- ante eso, callar no es prudencia. Es cobardía. Es complicidad.


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