Opinión 26/04/2026
Por Ernesto Tenembaum
En agosto del año pasado Milei prometió no insultar más para limitarse a discutir ideas. Sin embargo, en las últimas semanas se ha mostrado más agresivo que nunca, especialmente con los periodistas. ¿Es una compulsión incontrolable o apenas una estrategia que alguna vez le dio rédito?
Por Ernesto Tenembaum
A principios del mes de agosto del año pasado, Javier Milei hizo una ambiciosa promesa: no insultar más. "Quiero que discutan mis ideas y no mis insultos, así quedan expuestos", dijo. Cualquiera que conociera las debilidades del personaje, podría haber anticipado que las chances de que esa promesa se cumpliera eran mínimas. No se hubiera equivocado. Luego de algunos meses de abstinencia, el Presidente recayó en su irresistible compulsión: insultar a repetición. Pero lo que era difícil de anticipar era la enorme potencia de la recaída. En estas últimas dos semanas, Milei atraviesa su peor momento en ese sentido. La cantidad de insultos, y la violencia de ellos, ha escalado casi como en ningún otro período de su carrera política, y se trata de una vara realmente alta.
Para el lector desprevenido, tal vez sea necesario una breve síntesis de lo que ha sucedido. En los últimos días, el blanco preferido de las agresiones fue la periodista Luciana Geuna, a quien el primer mandatario le dedicó no menos de cuarenta agresiones, en sus distintas redes sociales. En los comienzos de su carrera, Geuna realizó la investigación que reveló que la entonces ministra de Economía, Felisa Miceli, guardaba dólares no declarados en su despacho. Ese escándalo, que derivó en la renuncia de Miceli, guarda enormes paralelismos con el que, en estos días, sacude al jefe de Gabinete Manuel Adorni.
"Basura repugnante", "ensobrada", "espía", "delincuente", son algunos de los insultos que recibió la periodista por parte del Presidente. En varias de sus historias de Instagram, Milei posteó fotomontajes de Geuna esposada y con el uniforme naranja que utilizan los presos en los Estados Unidos. "Se viene", decía la leyenda. Se trata de una amenaza concreta de mandar presa a una persona que no cometió ningún delito.
A principios de semana el blanco fue Carlos Pagni. Milei estaba irritado porque Pagni había dicho que durante su gestión había caído el salario real de los trabajadores registrados -algo matemáticamente indiscutible. "Delincuente", "malparido", "operador serial", "de cuarta", "basura inmunda", "asquerosa", "repugnante": todo eso le dijo porque el periodista había contado algo que ocurría. En la seguidilla, los blancos se suceden unos a otros: María Laura Santillán, Tomas Rebord, Diego Iglesias, Nacho Girón han recibido agresiones similares.
La Semana Santa fue, en el mismo sentido, muy intensa. El Presidente pasó cuatro horas diarias en X. Alguien puede imaginárselo concentradísimo en su celular durante horas y horas. El objeto preferido, otra vez, fueron los periodistas. Milei y sus seguidores intentaron instalar el hashtag "roñosa" contra Laura Di Marco. El actor libertario Juan Acosta sostuvo que el periodista Ariel Lijalad se había comido "una p... de dos metros". Eso fue el disparador para que Milei conteste: "Solo la puntita". Se trata de periodistas de todos los medios y de todas las ideologías.
Las agresiones contra individuos eran un reflejo del odio más general que Milei siente hacia el periodismo argentino, o que dice que siente. Cada uno de los posteos, o la mayoría de ellos, iban acompañados por la sigla NOL$ALP, que, en el curioso léxico presidencial, quiere decir "no odiamos lo suficiente a los periodistas" y lleva al signo pesos en el medio, porque para Milei el 95 por ciento de los periodistas son corruptos, o así al menos lo dice. En las mismas semanas, denunció penalmente a varios colegas y cerró la Sala de Periodistas de la Casa Rosada, porque sostenía que la permanencia allí de algunos colegas atentaba contra la "seguridad nacional". Es una medida que no registra antecedentes ni siquiera durante la dictadura militar.
La recaída presidencial en los insultos puede ser analizada desde distintos puntos de vista. Uno de ellos revela las características excepcionales del personaje en cuestión. Difícilmente el lector, en su vida, se haya cruzado con alguna persona que insulte tanto. "Basura repugnante, delincuente malparido, operador de cuarta, roñosa, ensobrado, corrupto": ¿hay alguien en el mundo de los seres humanos que insulte de esa manera? Mucho menos, un presidente. Por malos o buenos que hayan sido los presidentes argentinos, no hay ninguno, en toda la historia, que haya insultado así a quienes no piensan como él, o no lo obedecen, o descubren algunos de sus chanchullos.
Esa característica personal -el escrache, el insulto permanente, las amenazas contra disidentes- se potencia porque se trata nada menos que del presidente del país. Eso lo distingue, en principio, porque la conducta de un presidente es una referencia de lo que está bien o está mal: es, o debería ser, un ejemplo. Hay chicos mirando.
Pero además, hay una asimetría entre el insultador y los insultados. Milei tiene guardaespaldas, por ejemplo, y un ejército de trolls que le responden. Anda en autos blindados o en helicóptero. Maneja el aparato de seguridad del Estado. Todos los presidentes anteriores a él se atrevieron a dar conferencias de prensa. Donald Trump se enfrenta a conferencias de prensa casi diariamente. Jorge Rafael Videla también lo hacía. Él no. La agresividad que despliega en X tiene su contracara en la manera en que elude la confrontación cara a cara, que requeriría de mayores dosis de valentía.
El tercer punto es el odio al periodismo. Milei detesta a Luciana Geuna porque en medio de la campaña electoral le hizo una pregunta muy sencilla: "¿Usted cree en la democracia?". El entonces candidato evitó la respuesta. En ningún momento dijo "sí", y ese fragmento se viralizó. La bronca contra Pagni se originó esta semana en que el colega simplemente informó que el salario real cayó en estos dos largos años. Si la conducta del Presidente no cede, los próximos blancos deberían ser The Wall Street Journal y el Financial Times. Ambos medios financieros informaron esta semana sobre la alta inflación, la caída de la actividad y la sucesión de escándalos de corrupción.
Sea por las razones que fueran, ese nivel de fastidio frente al ejercicio de la libertad de prensa, el intento de impugnar cualquier crítica, las amenazas con detener a colegas, representan una escala muy clara de valores y convicciones. No es necesario explicar de qué se trata, en un país que ha defendido el derecho a la crítica con mucha convicción en las últimas décadas.
El cuarto punto es que hay claramente un doble estándar en la furia del presidente. Es una furia selectiva. Esa capacidad de insultar nunca se dirigió, por ejemplo, contra Hayden Davis o Mauro Novelli, los armadores del caso $Libra, o contra Diego Spagnuolo, el titular de la ANDIS procesado por un caso grave de corrupción, o contra su jefe de Gabinete, Manuel Adorni, a medida que se iba descubriendo la manera en que mejoró su calidad de vida desde diciembre del 2024. Toda la furia va en una sola dirección, y se contiene disciplinadamente en otra.
"No odiamos lo suficiente a los periodistas" es, además, una frase que define a quien la difunde. En esa oración hay un componente muy fuerte: el odio que Milei siente, o que Milei quiere que muchos de sus seguidores sientan. En ese sentido, se trata de una instigación, como mínimo, a odiar. Los efectos deseados por el Presidente, hasta ahora, no se produjeron en la dimensión que él desea. Pero ya hay dos colegas -Jorge Grillo y Roberto Navarro- que sufrieron lesiones gravísimas durante su mandato. Además, basta cambiar el objeto del odio y, en lugar de periodistas, colocar la palabra que sea -no odiamos lo suficiente a los judíos, a los homosexuales, a los liberales, a los musulmanes, a los católicos, a los comunistas-para entender los rasgos totalitarios de esa construcción.
Las consecuencias de semejantes agresiones dependerán, una vez más, de la convicción con que la sociedad civil defienda el estilo democrático de convivencia, frente a un presidente muy dispuesto a ponerlo en tensión. Pero esta misma semana, Milei recibió en la Casa Rosada al magnate tecnológico Peter Thiel, un hombre que ha expresado muchísimas veces su desdén por la democracia liberal. En el mes de marzo, el presidente argentino viajó a Hungría a hacer campaña por Viktor Orban, uno de los referentes mundiales de lo que él mismo llamó "la democracia iliberal", donde las restricciones a la libertad de prensa juegan un rol central. Orban fue humillado en las elecciones, lo que demuestra también las dificultades para arrasar con el orden democrático. La Argentina está muy entrenada en resistir estos intentos.
En el fondo de todo este proceso, están las preguntas de siempre sobre Javier Milei. Sus obsesiones, sus desvaríos, sus excesos, ¿son parte de un método que le funcionó en algún momento y por eso vuelve a él, una y otra vez, especialmente cuando su proyecto parece debilitado? ¿O son parte de una compulsión imparable, que lo domina, lo encierra, lo impulsa a pelearse con medio mundo aunque ello no tenga demasiado sentido o sea contraproducente? ¿Es un hombre que desearía ser un tirano y se frustra porque no lo logra o apenas un estratega político que recurre a un recurso que alguna vez le funcionó? Y, si se tratará de un problema personal incontenible, ¿qué costos directos e indirectos tienen esas rabietas en la conducción diaria de un país endemoniado? El análisis de los tiempos de Milei está condenado a convivir con esas preguntas cuyas respuestas siempre son discutibles.
infobae.com
Copyright © 2015 | La Síntesis - El primer diario digital de Saladillo