24 de marzo de 2026

Locales 24/03/2026

Lucía y Néstor - ¿Dónde están?

Dictadura cívico - eclesiástica - militar (1976-1983)

Por Luis Perrière

*Este artículo honra la memoria de mi hermana Lucía Julia Perrière Frías de Furrer y mi cuñado Néstor Valentín Furrer Hurvitz, secuestrados-desaparecidos en Necochea en 1978, y de todas las víctimas del terrorismo de estado en Argentina.*

Historia de vida, militancia y desaparición - Un caso emblemático del Terrorismo de Estado y el "Operativo Escoba" - Doscientos días de torturas y destino final

Néstor Furrer nació en la ciudad de Gualeguay, que por entonces contaba con algo más de 43.000 hab., en el corazón de una familia judía, y allí vivió hasta 1969, cuando los dieciocho años le pesaron como un llamado soñando otros horizontes. Dejó sus padres, su hermano menor Sergio, el río Gualeguay, las calles de tierra, la mesa familiar, y se fue Santa Fe, a la vera de la laguna Setúbal, que es un ensanchamiento del río Saladillo Dulce antes de su desembocadura, para estudiar Ciencias Económicas, en la Universidad Nacional del Litoral. 

En Paraná, encontró una pensión modesta, en la calle Andrés Pazos, y un trabajo en la Cooperativa de Seguros Río Uruguay. Como tantos jóvenes de su tiempo, sintió el vértigo de la política. La Juventud Peronista lo rozó con su oleaje inmenso, pero también era una marea que arrasaba centros universitarios y conciencias. Sin embargo, algo en él se desalentó pronto. Prefirió entonces un camino más silencioso, el de una izquierda dentro del Partido Comunista.

Después vino la colimba. Veintiún años, un batallón en Paraná, el uniforme y la rutina castrense. Allí fue furrier de la compañía, un oficio que le concedía una pequeña tregua, salir por las tardes para seguir yendo a clases, como si el soldado y el estudiante habitaran un mismo cuerpo a empujones.

Y entonces, sin aviso, llegó ella.

Lucía Julia Perrière vivía a la vuelta de su pensión, en la calle San Juan, a poco más de cien metros. Era la cuarta de ocho hermanos, había ido a la primaria en el Colegio del Huerto y al secundario en la Escuela "Enrique Carbó". Cuando se vieron, el mundo se detuvo apenas un segundo, lo justo para que todo cambiara. Ella descubrió en Néstor los ideales que andaba buscando sin saberlo. Fue su primer amor, y ese amor le encendía los ojos con una luz que parecía no apagarse nunca. Era chispeante, era feliz. Y él, también.

Fueron novios poco tiempo. En 1974 se casaron por civil. Los primeros meses fueron de escasez, pero de una felicidad obstinada. La primera hija llegó y todo se volvió urgente. Néstor dejó la cooperativa, probó otras actividades, y después se hizo viajante. Vendía ropa con un Citroën AMI 8 color amarillo, un pequeño caracol de lata que recorría calles, rutas mientras la universidad quedaba atrás, vencida por la necesidad. Había que alimentar una boca, y luego otra. A mediados de 1975, Lucía volvió a quedar embarazada.

El amor se les había vuelto tangible, se llamaba Alejandra Victoria y Natalia Silvia. Una de cuatro años, la otra de dos, cuando la historia se volvió sombra.

Su militancia en el Partido Comunista Marxista Leninista era intermitente, casi nada, pero los nombres ya estaban escritos en algún archivo de Paraná. Cuando mataron a Cáceres Monié, en diciembre de 1975, el miedo entró en ellos como la lluvia fina de los días de invierno. Allanaron su casa. Se llevaron a Néstor. Lo soltaron horas después. Pero algo ya se había roto. Fue un llamado de atención, un golpe en la puerta que les advertía, que lo que estaba pasando en el país, lo que ya había empezado con los grupos anticomunistas, para policiales o militares, podía alcanzarlos.

Los militares sabían que él no tenía que ver con aquel crimen. Pero la advertencia era más profunda que un hecho aislado. Porque ambos, Néstor y Lucía, compartían una misma fibra, la vocación por la justicia social, el deseo de un mundo distinto, esa forma de estar en la sociedad por entonces empezaba a ser sentencia. Pensar diferente era sentencia de muerte.

Una vez más, una llamada telefónica los puso en alerta. Había nuevas redadas. Esta vez no esperaron. Hicieron las valijas con lo puesto y emprendieron el camino hacia Gualeguay, a la casa de sus padres, después a Buenos Aires donde vivía su hermana Graciela, y de ahí a Necochea. Como si la geografía pudiera volverse refugio.

Pero en aquellos años, la historia de la triple AAA (Alianza anticomunista Argentina) del peronista José López Rega ya corría con una furia que no distinguía. La polarización política era un viento caliente que soplaba desde todos lados, y el compromiso, los convertía, para el régimen que se avecinaba, en lo que ya entonces llamaban "enemigos internos". Esa categoría fría que antes del golpe ya iba trazando su lista, su noche, su exterminio.

Lo que fue la Dictadura Cívico-Eclesiástica-Militar y el Plan Sistemático de Exterminio (1976 a 1983) podría sintetizarse en el infierno de los credos. Una nueva inquisición que salió a la caza de brujas en el marco de la lucha de clases.

El golpe de estado del 24 de marzo de 1976 no fue un hecho aislado, sino la instauración de un "régimen de terror" que contó con la participación y complicidad de múltiples sectores de la sociedad. Se trató de una alianza de poder que incluyó a empresarios, políticos, sectores religiosos que brindaron un marco ideológico y moral a la violencia en nombre de la "defensa de la civilización occidental y cristiana". Figuras como el arzobispo Adolfo Servando Tortolo y sectas como el Opus Dei fueron señaladas como parte de esta estructura de poder que legitimó el terror  y llevo adelante lo que  ellos llamaron "Proceso de Purificación".

Este autodenominado "Proceso de Reorganización Nacional" ejecutó un plan criminal que se inscribía en un contexto continental más amplio denominado como Operativo o Plan Cóndor. Esta fue una coordinación represiva entre las dictaduras del Cono Sur, diseñada en la Escuela Militar de las Américas, de Panamá, operada por Estados Unidos en el marco de la Guerra Fría, con el pretexto de perseguir y eliminar a opositores políticos más allá de las fronteras nacionales y controlar gobernantes y políticos.

El "Operativo Escoba", que desapareció a Lucía y Néstor, fue el nombre de la cacería en la ciudad balnearia de Necochea, en la costa bonaerense.

En el marco de esta persecución, las fuerzas represivas lanzaron este operativo, cuyo objetivo era "barrer" y aniquilar a los militantes regionales del PCML. Para principios de 1978, la inteligencia de la Base Naval de Mar del Plata, al mando de represores como Aldo Carlos Máspero (jefe de la subzona militar 15), ya había identificado a algunos en el partido,  entre ellos residentes en la ciudad costera.

La Fuerza de Tareas 6 (Fuertar 6) , dependiente de la Base Naval, fue la encargada de ejecutar el operativo Escoba. El sábado 2 de febrero de 1978, en plena temporada de verano y vísperas de carnaval, la patota irrumpió en al menos dos domicilios de Necochea .

En uno de esos operativos, secuestraron a Néstor Furrer, Lucía Perrière y a sus dos hijas pequeñas, Alejandra y Natalia. Junto a ellos, también fue secuestrado en el mismo lugar otro militante del PCML, el profesor de ecología Jorge Martín Aguilera Pryczynicz, alias "Jimmy".

Uno de los episodios más aberrantes y, a la vez, esperanzadores de esta historia es el que protagonizaron las criaturas. Luego del secuestro de sus padres, los represores abandonaron a las niñas, de cuatro y dos años, en una zona costera, próxima a la playa Peralta Ramos de Mar del Plata, la noche del 4 de febrero de 1978. La versión oficial de la Armada sostenía una mentira, afirmaba que las niñas habían sido halladas por una patrulla de la Base Naval, pero que su identidad, según señalaban los medios gráficos y orales de la época, era "un completo misterio".

Días después, la familia de Lucía, residente en Paraná, encontró un pequeño aviso en un rincón perdido del matutino local El Diario, al pie de la página cuatro. En él se mostraba la foto de las dos niñas que habían aparecido en la playa y se solicitaba la colaboración del público para reconocerlas. Las identificaron de inmediato.

Luis Perrière -conocido artísticamente como Luis Perrier-, profesional de LT 14, tomó contacto con sus colegas de LU9, la emisora de la ciudad balnearia, y así obtuvo mayor información, ya que los periodistas habían leído la noticia publicada también por La Capital de Mar del Plata, información que además fue replicada por la agencia oficial Télam.

Sin dudarlo, partieron desde Paraná hacia Mar del Plata para reencontrarse con ellas.

Las niñas habían sido puestas a disposición de un juez y se encontraban alojadas en el Hogar Nuestra Señora de Luján, un establecimiento dedicado a la asistencia de mujeres en situación de prostitución, gestionado por las Hermanas Oblatas del Santísimo Redentor. El rescate de las pequeñas por parte de sus abuelos maternos las salvó de un destino incierto y les devolvió un hogar, que sería en definitiva el suyo por el resto de sus días, aunque con el enorme vacío que dejaba la ausencia de sus padres. Luis y su esposa Elida no imaginaron nunca que, a solo 5 kilómetros de ese lugar, en la Base Naval de la Armada, en el puerto de Mar del Plata, sus hijos Lucía y Néstor eran torturados y sometidos a toda clase de violencia sin igual, mientras ellos abrazaban nuevamente a sus nietas.

Circuito represivo La Cueva y La Cacha

Mientras sus hijas eran recuperadas, Lucía y Néstor comenzaron un calvario de más de doscientos días a través del circuito represivo de la región. Fueron conducidos inicialmente a "La Cueva", el centro clandestino de detención, tortura y exterminio (CCDTyE) que funcionaba en la sede de la Agrupación de Buzos Tácticos, dentro de la Base Naval de Mar del Plata. Allí fueron sometidos a brutales torturas físicas y psicológicas: descargas eléctricas, golpes, simulacros de fusilamiento y condiciones de vida inhumanas.

"La Cueva" ha sido descripta incluso por Lucía, en diálogo con uno de los sobrevivientes de "La Cacha", como un lugar de horror extremo: "Fue muy espantoso, eran muy sádicos" (Lucía Julia Perrière). Uno de los represores más señalados por su sadismo fue el suboficial Gregorio Molina, descrito por las víctimas como un "verdadero carnicero" y un "perverso" que participó activamente en torturas y asesinatos. En este centro se planificó y ejecutó gran parte de la operación conocida como "La Noche de las Corbatas", durante la cual fueron secuestrados y asesinados varios abogados laboralistas, entre ellos Norberto Centeno y Jorge Candeloro.

Posteriormente, en el mes de abril, fueron trasladados a otro centro clandestino de detención, tortura y exterminio: "La Cacha", apócope de La Bruja Cachavacha, que hacía desaparecer con su escoba a las personas, inspirado en el personaje creado por el caricaturista Manuel García Ferré para la serie infantil Las aventuras de Hijitus (1974). Este campo de concentración letal estaba ubicado en las cercanías de la ciudad de La Plata, más precisamente en la localidad de Lisandro Olmos, en las antiguas instalaciones de la Planta Transmisora de LS 11 Radio Provincia de Buenos Aires. Funcionó entre 1976 y 1978.

Diversos sobrevivientes del circuito represivo vieron a Lucía y Néstor en estos centros. Los testimonios recogidos en las causas judiciales indican que permanecieron con vida al menos hasta agosto, mes en el que se pierde su rastro en "La Cacha".

Por este lugar pasaron cientos de personas, entre ellas Laura Carlotto -hija de Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo-, quien dio a luz a su hijo Guido mientras estaba en cautiverio y luego fue asesinada.

El destino final, arrojados vivos al mar

El destino de Lucía y Néstor, después de más de doscientos días de torturas físicas y psicológicas, fue el mismo que el de más de cuatro mil cuatrocientas argentinas y argentinos entre los treinta mil desaparecidos, fueron arrojados al río o al mar. Formaron parte de los llamados "vuelos de la muerte".

La Escuela Militar de las Américas, de estados Unidos en Panamá, fue solo una pieza de un engranaje mayor. El Plan Sistemático de Exterminio que la dictadura argentina puso en marcha a partir de 1976 -con sus centros clandestinos de detención, sus campos de concentración de otra magnitud, su metodología de la desaparición y los vuelos de la muerte- no surgió de la nada. Ya había sido ensayado antes.

La práctica de arrojar cuerpos al mar desde aeronaves militares, que en Argentina conocemos como "vuelos de la muerte", ya había sido implementada en México durante los años setenta, en el marco de la llamada "guerra sucia". En el estadoGuerrero, desde la Base Aérea Militar de Pie de la Cuesta, militares mexicanos arrojaban al océano Pacífico los cuerpos de campesinos, maestros, estudiantes y militantes que habían sido detenidos, torturados y ejecutados . El Plan Telaraña, puesto en marcha por  el presidente Luis Echeverria de estrecho vínculo con la CIA (Central de  Inteligencia de Estados Unidos), en 1971, fue el dispositivo sistemático de desaparición forzada que antecedió y sirvió de modelo a lo que luego ocurriría en el Cono Sur en especial en Argentina. Allí, en la costa mexicana, ya se aplicaba la misma lógica,  -no dejar rastro-  hacer desaparecer el cuerpo para hacer desaparecer la historia.

Esta macabra práctica consistía en arrojar al mar a los detenidos-desaparecidos, previamente golpeados y sedados, desde aviones militares. Los vuelos partían de distintos puntos: desde Campo de Mayo despegaba el Twin Otter, conocido como "el verdugo", desde Aeroparque, con escala en Punta Indio, lo hacían los Skyvan de la Prefectura Naval; y desde el Aeropuerto Internacional de Ezeiza, los Electra. El objetivo era uno solo, borrar todo rastro de su existencia.

Así, probablemente, en alguno de los miércoles de agosto de 1978, día elegido para el "destino final" de los secuestrados, Lucía Julia Perrière y Néstor Valentín Furrer fueron arrojados a las frías aguas del Atlántico. Sus cuerpos nunca fueron recuperados, pero su memoria se mantiene viva en la lucha de sus familiares y de la sociedad.

Algunos cuerpos fueron recuperados en las costas de la provincia de Entre Ríos, en Villa Paranacito, en las costas de la República Oriental del Uruguay y de la provincia de Buenos Aires. Entre los involucrados en estos crímenes, además del criminal confeso capitán de corbeta Adolfo Scilingo, figura Basilio Pertiné, un contralmirante de la Armada Argentina cuyo nombre apareció en diversas causas judiciales y documentos relacionados con la represión en la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada). Pertiné era hermano de Inés Pertiné, esposa del político radical Fernando De la Rúa, que fuera elegido presidente de los argentinos (1999-2001) y huyera en helicóptero de casa de gobierno después de dejar un saldo de muertos, heridos y un pais quebrado social y economicamente.

La justicia y sus condenas a los represores

Años después, con el retorno de la democracia y la reapertura de los juicios por delitos de lesa humanidad, el caso de Lucía y Néstor, junto al de sus compañeros del PCML, fue investigado y llevado a juicio. El caso fue incluido en causas judiciales que probaron los delitos cometidos en la Base Naval de Mar del Plata, el faro y sus áreas de dependencia.

En febrero de 2013, el Tribunal Oral en lo Criminal Federal de Mar del Plata dictó sentencia en la Causa Nº 2333 y acumuladas (Base Naval II). Posteriormente, en diciembre de 2014, se dictó una nueva condena en la Causa Nº 093017807/2007, conocida como la causa "Máspero", en la que se condenó al ex coronel Aldo Carlos Máspero y a otros integrantes de la fuerza de tareas por su responsabilidad en estos crímenes.

Hasta aquí, un punto y aparte. Porque los delitos de lesa humanidad no prescriben. Pero no se trata de una conclusión. Si es que puede hablarse de una -cuando en realidad no la hay, ni la habrá-, esa solo llegará el día en que los autores intelectuales sean juzgados, en vida o en ausencia, por los crímenes de lesa humanidad, en el marco de la memoria, la verdad y la justicia.

Detrás de cada nombre, de cada fecha, de cada centro clandestino, hay una historia de amor, una historia de vida en el complejo andamiaje social, una familia brutalmente interrumpida, destrozada. Para la nuestra, la ausencia de Lucía y Néstor no es un hecho del pasado, es una herida que vive con nosotros cada día. Nos fueron arrebatados, arrancados del seno familiar por pensar diferente.

Es el dolor y la impotencia de no poder abrazarlos. Es el vacío que dejaron en la mesa, en los cumpleaños, en cada reunión familiar donde sus nombres flotan en el aire como una pregunta sin respuesta.

Es un duelo que no puede realizarse -no hay cuerpo que velar, ni tierra donde depositar las flores- pero que se carga, se enciende, se hereda. Cincuenta años con preguntas que no tienen respuestas, ni las tendrán.

El psicoanálisis nos enseña que arrancar a un niño de sus padres, en la primera infancia, no es solo un crimen contra esa familia -es un atentado contra la estructura misma del deseo, contra la capacidad de habitar el mundo-. Cuando mis sobrinas, fueron abandonadas en una playa de Mar del Plata la noche del 4 de febrero de 1978, sus padres ya habían sido secuestrados. Pero entre el secuestro y ese hallazgo posterior de las mismas hubo un intervalo de desamparo absoluto. El psicoanálisis lo llama desamparo fundante que es la experiencia de estar expuesto sin protección, sin sostén, en un momento en que el vínculo con los padres que es lo que sostiene el mundo que les pertenece, se interrumpe.

Ellas fueron rescatadas por la familia Perrière, crecieron con el apellido Furrer, con la historia que las abarcaba, también con el amor de los abuelos Furrer y Hurvitz, de los tíos. Pero, crecieron también, con una ausencia que no se nombra porque no tiene cuerpo, con la pregunta flotando en el aire como una bruma ¿cómo se elabora la pérdida de unos padres que no se sabe si están vivos o muertos? ¿Cómo se lleva el duelo de alguien que fue arrojado al mar para que no hubiera rastro?

La filosofía nos ofrece una respuesta incómoda: no se puede. O, mejor dicho, el duelo no se completa, se transmuta. Se vuelve lucha, se vuelve memoria, se vuelve el compromiso de contar para que no se repita.

Sin duda, el daño más brutal e irreparable lo sufrieron sus hijas. Arrancadas de sus brazos cuando más las necesitaban, crecieron con un hueco que nada ni nadie pudo llenar. No solo les robaron a sus padres, les robaron la posibilidad de ser criadas por ellos, de conocer su calor, su voz, sus consejos. Ese daño atraviesa generaciones y se instala en lo más profundo del ser como una marca de fuego que el tiempo no puede borrar.

¿Dónde están Lucía y Néstor?

Cincuenta años. Medio siglo de preguntas que el viento no se llevó, porque el viento no olvida. Cincuenta años de una ausencia que no es vacío, sino presencia interpelante.

No saber dónde están Lucía y Néstor no es ignorancia, es la forma más cruel del saber. Es saber que hubo un plan, que hubo manos, que hubo estructuras. Es saber que el llamado Poder Profundo -esa trama de intereses económicos, religiosos y políticos que se teje en las sombras- ejecutó su método más refinado -hacer desaparecer el cuerpo-  sin eliminar del todo la memoria, para que la incertidumbre sea un castigo perpetuo.

La psicología nos enseña que hacer desaparecer a una persona no es solo un crimen contra el individuo, sino un ataque a todo el entramado social. Es una forma de terror que busca fracturar los lazos de confianza, disolver el duelo, convertir a los seres queridos en espectros que habitan el borde entre la vida y la muerte. El filósofo francés Paul Ricoeur llamaba a esto la "memoria herida" cuando el relato se quiebra, cuando no hay cuerpo, cuando la historia no puede cerrarse, la comunidad entera queda en suspenso, condenada a una espera sin fin.

Los analistas políticos lo dicen con claridad, la desaparición forzada es el recurso del Poder Profundo que no puede justificarse, pero que tampoco necesita hacerlo mientras siembre miedo e instale terror. No es un exceso, es un sistema. Y en Argentina, como en tantos lugares del mundo, ese sistema tuvo nombres, direcciones, complicidades.

Pero hay algo que ni el silencio ni el Poder Profundo han logrado que dejemos de preguntar. Cada pregunta por Lucía y Néstor es un acto de resistencia. Cada artículo, cada memoria compartida, cada nombre pronunciado en voz alta, es una grieta en el muro que quisieron levantar.

No sabemos dónde están. Pero sabemos quienes fueron. Sabemos que amaron, que soñaron, que fueron arrancados. Y mientras los recordemos, mientras los busquemos, mientras exijamos verdad y justicia, ellos siguen siendo parte de lo que somos.

Lucía y Néstor ¡no están perdidos!. Están en cada corazón que se niega a olvidar. Están en esta palabra que ahora, cincuenta años después, sigue preguntando. Y mientras haya una sola persona que pregunte, el Poder Profundo no habrá tenido la última palabra.

Esta herida no cierra. Y no cerrará nunca, mientras los odiadores de turno sigan reciclando la intolerancia, la violencia verbal y física. Mientras busquen, con su lenguaje y sus actos, allanar el camino de la siniestralidad del poder profundo. Mientras legitimen el genocidio con su silencio cómplice, con su negacionismo, con su indiferencia ante el dolor de quienes aún buscamos justicia.

Por eso recordamos. Porque olvidar sería permitir que el mar del terrorismo de estado se los lleve para siempre. Y nosotros, su familia, la sociedad que los abraza, no lo vamos a permitir. Lucía y Néstor viven en nuestra lucha, en nuestra memoria y en el compromiso de seguir diciendo: Nunca Más.

Como he dicho y escrito en memoria de mi hermana y mi cuñado: "Mientras yo viva, ustedes no estarán desaparecidos. Estarán aquí, en mi memoria, en mi lucha, en mi amor, en cada lágrima". Lucía y Néstor, ¡Presentes! ¡Ahora y siempre!


Copyright © 2015 | La Síntesis - El primer diario digital de Saladillo