18 de julio de 2024

Locales 22/11/2023

Orlando Sanguinetti y "La Vida Cívica del Gaucho"

Tras las huellas de un historiador

Por Hugo Quinterno (*)

Pocas vidas y trayectorias de saladillenses memorables resultan tan apasionantes como la de Orlando Sanguinetti (1881-1952). "Universitario, industrial, orador, maestro, periodista y hasta agricultor", según la descripción que le dedicó Juan Carlos Dellatorre en La Semana. Fue fundador, miembro o factótum de innumerables instituciones locales, desde el Club Social a la Sociedad Italiana pasando por cooperadores escolares, el cuerpo de Bomberos Voluntarios, la Biblioteca Mitre y varias comisiones vecinales. Pero, como si el tiempo le fuera interminable, dedicó su existencia al estudio y pudo dejar una pequeña parte de sus conocimientos en escritos, en forma de legado para la posteridad.

Hay constancias fehacientes de al menos veinticinco monografías editadas de Sanguinetti. A excepción de uno muy temprano sobre el papel social de la extensión universitaria, casi todos los textos fueron primero publicados en forma de artículos en su periódico Las Noticias, fundado en 1927. Luego los recopiló en cuadernillos, a partir de 1934. Algunos de ellos eran obras muy breves, como un discurso dado en ocasión de un aniversario del día de la Reconquista en el Colegio Nacional de Saladillo, donde este polifacético personaje ejercía como docente. Otros fueron investigaciones focalizadas, estudios de casos, o simplemente reflexiones sobre el pasado nacional y local.

La mayor parte de su producción se conserva en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, pero también hay trabajos suyos disponibles para consulta en repositorios de la Universidad de Buenos Aires, en la Academia Nacional de la Historia y en la Biblioteca del Congreso de la Nación.

Por desgracia, en la Biblioteca Mitre -institución cuya comisión directiva integró hasta el mismo día de su fallecimiento- solamente se conserva una. Pero ese libro es tal vez la mejor expresión de un Orlando Sanguinetti que no transitó el oficio de historiador como narrador de acontecimientos aislados, coleccionista de anécdotas, o enumerador de gentes y bienes. Por el contrario, en La vida cívica del gaucho ofrece un método de trabajo, una gran capacidad crítica sobre las fuentes y testimonios con los que nutre en abundancia su investigación, una serie de hipótesis sobre su objeto de estudio y un importante aparato de erudición, apreciable en la cita de autores reconocidos de su época. 

El primer acierto de su investigación es el mismo título de la obra, donde se exhibe en una frase la agudeza de entender que el papel del gaucho, ya sea como tropa en las zonas en disputa con los naturales o indios, soldado en los conflictos internos o en las guerras contra naciones extranjeras, agente electoral de los caudillos bonaerenses, o simple guardaespaldas de un jefe político, fueron tareas propias del ejercicio de la soberanía ciudadana, las únicas accesibles a los sectores populares en ese mundo de lenta transición que se desarrolló en la política nacional durante el largo siglo 19, cerrado apenas (y siempre con pereza institucional) a partir de la sanción de las leyes electorales de 1912.

Estos deberes "cívicos", como bien los denomina Sanguinetti, fueron el contrapeso de los derechos -limitados pero tangibles- para moverse en el espacio pampeano, plantar un rancho en una estancia o puesto, domiciliarse en un pueblo, disponer de una tropilla o majada, o disfrutar del esparcimiento y del juego de azar sin ser molestado por las autoridades. La papeleta de enrolamiento en el registro de milicias o en la Guardia Nacional a partir de 1852, o la constancia del empadronamiento en el registro electoral desde la década de 1870, fue el respaldo documental formal de esa expresión de ciudadanía.

Sobre el cuerpo de su libro, la meta es clara y anunciada en la sencilla introducción, apartado en el que presenta el problema y expone la forma de abordarlo. Con la agudeza de un historiador formado, Sanguinetti cuenta los cuatro pilares sobre los que construyó los argumentos de su labor: "Una documentación parcial, pero pertinente y fundamental"; testimonios particulares recogidos de personas que vivieron la época referida, a los que astutamente contrastó contra los datos documentales, a fin de minimizar sus inconsistencias; la tradición oral, a la que calificó (con acierto, en mi opinión) como "algo confusa pero expresiva"; y los rastros que esos hechos trasladaron a la posteridad, en especial a la luz de su trascendencia local.

A todo esto, tuvo la visión de pasarlo por el tamiz de lo que denominó "el clima de ese pasado", para lo que se ayudó de unas palabras dichas por José Ingenieros en 1911: "Toda hora, en la humanidad tiene un clima, una atmósfera y una temperatura, que sin cesar varían. [...] Transformándose el ambiente, varía el concepto de la excelencia humana: la virtud del pasado, no es la virtud del presente, los santos del mañana no serán los mismos santos de ayer" (pp. 1-2).

El meollo de la exposición se sostiene a partir del análisis de los tiempos en los que transcurren las vidas y aventuras de dos de los grandes gauchos de la literatura nacional: Martín Fierro y Juan Moreira. Si bien el primero no fue un sujeto real, es claro que Hernández se abasteció de historias de vida conocidas de primera mano, de su propia experiencia rural y de las crónicas periodísticas. Si su personaje no fue un ser de carne y hueso, es indudable que sus alegrías y penurias fueron las propias de un gaucho bonaerense.

Moreira sí existió, pero buena parte de su curso vital fue novelado en el trabajo de Eduardo Gutiérrez, y luego resultó todavía más intervenida en las obras teatrales que lo representaron. Este dato había llamado la atención del también inquieto autor local Manuel Ibáñez Frocham, quien ya entre 1914 y 1915 publicó una revisión sobre la personalidad de Juan Moreira, en la que se incluían datos de su turbulento pasado, algo que interpelaba la mirada romántica ofrecida por el texto de Gutiérrez, proceso de cuestionamiento iniciado apenas unos años antes, en 1910, por José Ingenieros (p. 7).

No obstante, lo formidable del trabajo de Sanguinetti es la hipótesis central que guía sus afirmaciones, ya que, según él, el cambio de tiempo histórico que en 1872 separa el mundo de Martín Fierro del de Juan Moreira se basa en la confluencia de un conjunto de factores de diversa índole:

·La nueva legislación militar nacional y provincial, sancionada tras la batalla de San Carlos, que desmovilizó a la mayor parte de la Guardia Nacional de Buenos Aires;

·La modificación de la Constitución provincial en 1873, y las nuevas leyes electorales dadas a nivel país y distrito casi simultáneamente, cuyos resultados fueron un calendario de comicios anuales agotador (hasta cinco elecciones por años calendario, cuando coincidieron con la renovación presidencial, como en el tumultuoso 1874)

·El resurgimiento de las diferencias entre las facciones dominantes en la política bonaerense (Mitre vs. Alsina), que había quedado postergada por la Guerra de la Triple Alianza, los levantamientos del interior y los conflictos con los aborígenes de la frontera sur;

·Los cambios económicos y sociales producidos en el interior de la provincia desde 1857 (expansión de la ganadería ovina y comienzo de la inmigración de masas);

·El surgimiento de un modelo de liderazgo político de nuevo signo, basado en el caudillo local, que lentamente remplazó el de los viejos y omnipotentes jueces de paz. Este fenómeno se extendió desde la ciudad hacia la campaña, favorecido por el proceso de fundación de pueblos, que desplazan a las estancias como centros espaciales de las decisiones. Su resultado contribuyó a la formación de un poder municipal reconocible en el interior de la provincia de Buenos Aires.

Sanguinetti ilustra una y otra vez estos ejes temáticos con profusión de citas, de testimonios, de lecturas historiográficas reconocidas. Es cierto que a veces su exposición puede resultar desordenada, pero eso no la hace menos rica. Y por otra parte el mismo autor lo reconoce, al sostener que el libro es apenas la compilación de los artículos publicados en su semanario, mientras que una edición le habría permitirlo secuenciar mejor el proceso y evitar repeticiones.

Así, sobre su mesa de trabajo no estaban solamente los artículos y publicaciones de autores reconocidos de su tiempo, como Saldías, Joaquín V. González, Bunge, Juan Agustín García, Corbiere, Goyena, Levene y tantos otros, sino también una copia del legajo judicial del caso Moreira, notas de periódicos bonaerenses de la década de 1870, los poemas gauchescos más celebres del momento, las transcripciones de entrevistas con gauchos viejos a quienes conoció, etc. Un aparato metodológico propio del investigador serio que busca (y debe) respaldar sus afirmaciones con fuentes.

Si bien hay muchos ejemplos de esto en las páginas de La vida cívica del gaucho, quiero traer solo una de las citas, donde se reproduce parcialmente un artículo de los Anales de la Sociedad Rural de abril de 1874. En esta nota, los voceros de la institución criticaban el clima electoral que se vivía desde el año anterior con motivo del recambio presidencial. "Es necesario que desaparezcan de una vez las boletas electorales de la mano del hombre de trabajo y vengan la azada y la tijera de esquilar a reemplazarlas", decían los ruralistas, atribulados por el accionar de los cabecillas partidarios en las estancias y chacras bonaerenses (p. 41).

El testimonio ilustra apenas uno de los muchos conflictos que se enmarcan en ese año revolucionario, culminado con el levantamiento de Mitre y su derrota en la batalla de La Verde, el 26 de noviembre de 1874, combate donde los guardias nacionales aportados por Saladillo tuvieron significativa importancia. La utilización de esta fuente y el uso de demás recursos que Orlando Sanguinetti desplegó en esta obra, demuestra su calidad de historiador y la profundidad de su pensamiento. Nos recuerda además a quienes ejercemos este oficio aquella sentencia del gran Edward H. Carr, que al describir el relato histórico, lo comparó con una bolsa de papas, un recipiente que sólo puede mantenerse en pie por su contenido.

(*) Hugo Quinterno (Facultad de Ciencias Sociales - UBA y GEIPP - Instituto Ravignani)


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