Internacionales 10/05/2026
Hizo un balance de su vida
Radicado en Alemania desde hace más de 10 años, el recordado artista de 80 años hizo un balance de su vida y su carrera y reveló su personal fórmula de la felicidad
Gustavo Lladós | PARA LA NACION
Para los que hoy tienen entre 50 y 60 años, Pipo Pescador fue, es y será mucho más que el autor del hit "Canción del auto nuevo". Es, fue y será parte indisoluble de lo mejor de la niñez, el artista sensible que marcó la infancia de todos.
La semana pasada (exactamente el jueves 29 de abril) cumplió 80 años y su nombre volvió a tomar vigencia en todas las redes sociales. Enrique Fischer (tal su verdadero nombre) vive en Alemania desde el 2015 y está retirado de la actividad artística, pero sigue muy al tanto de todo lo que sucede con las infancias. A mediados de año retornará a Buenos Aires para ser centro de varios homenajes (el más importante tendrá lugar en el Palacio Libertad el 18 y 19 de julio).
-Acabás de cumplir 80 años, ¿este aniversario fue especial para vos?
-Sí, este cumpleaños fue especial porque es una cifra importante, digamos. Y además porque es el principio de lo que serían los últimos años de mi vida; eso yo lo tengo claro. Pero no se trata de algo trágico ni conlleva ningún tipo de dolor ni de preocupación. Yo hoy soy muy feliz y todas las edades de mi vida las he disfrutado como venían y como son. Esta también es una edad hermosa para disfrutar.
-¿Y qué diferencia encontrás entre esta edad y las anteriores? ¿Qué es lo mejor y lo peor de los 80?
-Mirá, esta edad tiene muchas cosas buenas. Por ejemplo, podés ver a las personas como son realmente. Las observás sin tanto apasionamiento; aparecen bien claros los defectos y las virtudes. Otra cosa interesante de esta edad es que uno se hace espacio para lo que realmente desea. Por eso es una etapa muy disfrutable. Hoy vivo la vida como una fiesta. Me levanto, me tomo un tren, me voy a un pueblo a conocer algún mercado de pulgas y almuerzo donde se me da la gana. Como tengo muy buena salud, gozo de una autonomía que es fantástica. De todos modos, ahora utilizo un bastón porque, al ser una región montañosa, aquí hay mucha piedra y podría resbalarme.
-¿Cambió la percepción que los demás tienen de vos?
-Sí. Eso lo he notado cuando viajo a la Argentina. Porque aquí soy prácticamente un desconocido, un habitante más de Eberbach (la ciudad alemana donde vive, a orillas del río Neckar y a 100 kilómetros de Frankfurt), pero cada vez que viajo a la Argentina siento más y más la devolución de la gente. Muchos me abrazan y se emocionan hasta las lágrimas. Les recuerdo su niñez y me lo agradecen. Me ponen en un lugar en el que yo nunca había estado. Es un lugar un poquito como mítico, porque yo en realidad no trabajo desde hace casi 20 años.
-¿Qué hiciste el 29? ¿Hubo algún festejo especial? ¿Cómo fue ese día?
-El 29 cortamos la torta a las siete y cuarto de la mañana, ya que mi hija (Carmela) se va a trabajar muy temprano porque es profesora de filosofía en una universidad; mi nieto (Lucas) también se va temprano porque entra a la escuela secundaria a las siete y media. Y mi yerno (Guillermo Burgos) también se va porque dirige su propia escuela de música. Después solo me quedo acompañado por Max, mi perro. Así que hicimos ese primer festejo matinal y luego nos juntamos a la tardecita para tomarnos algunas fotos. Porque yo a esa hora ya no como. Yo solo como hasta las tres de la tarde y después no como más hasta el otro día. Conmigo no se puede hacer ninguna fiesta nocturna porque hago el famoso ayuno intermitente desde hace 10 años.
-¿Pero el ayuno es permanente o es una semana sí y una no?
-No, es permanente. Yo solo desayuno y almuerzo. Y después solo tomo agua hasta el otro día. Me mantiene flaco y sano; yo me siento divinamente y el médico alemán me ha dicho que estoy bien.
Hora de balances
-La cifra que cumpliste, ¿te invitó a hacer algún tipo de balance de tu vida y tu carrera?
-Sí, me invitó a hacer muchos balances. Y a tomar algunas decisiones. Por ejemplo, ya no me obligo absolutamente a nada. Hago lo que se me antoja y cambio de programa cuando se me ocurre. Yo vivo en una casa muy grande, de cuatro pisos. Yo ocupo la planta baja y mi hija con su esposo y mi nieto viven en los pisos de arriba; eso hace que mi vida sea totalmente independiente. Y si ellos quieren verme, tienen que tocar el timbre. Cuando me preguntan si quiero comer con ellos, voy si tengo ganas; pero si no, no voy. Tengo claro que esta es la última etapa de la vida y, por lo tanto, me tomo pequeñas venganzas contra el tiempo, haciendo exactamente lo que tengo ganas de hacer y no otra cosa.
-¿Esa es hoy tu fórmula de la felicidad?
-Sí, para que esta sea una etapa dorada, uno tiene que estar todo el tiempo pasándola bien y haciendo lo que quiere. Ojo, reconozco que eso lo puedo hacer porque tengo un muy buen pasar económico. Obviamente eso no lo puede hacer un jubilado al que apenas le alcanza para los remedios o para comer. Mi caso es especial, no se lo puede ver como algo general y menos en la Argentina de este momento.
-Vivís en Alemania desde el 2015, ¿por qué decidiste emigrar?
-Por muchas razones. La principal es que cuando mi hija Carmela nació en 1972, yo empecé a tener éxito en mi carrera y entonces ella me vio fraccionadamente durante toda su infancia, ya que yo estaba siempre trabajando o viajando. Siempre tuve esa culpa de que le debía tiempo. Fue ahí que pensé: si ahora mi hija quiere irse a vivir a Alemania, yo podría irme con ella y disfrutar de mis nietos. No quise perderme la infancia de Lucas (hoy de 17 años) como me había pasado con la de Carmela y un tanto también con la de mi nieta Guillermina (ya de 24 y radicada en Berlín, donde estudia arquitectura). La otra razón es que mi madre ya había fallecido. Ella me había pedido que no me fuera antes de que muriera. Cuando finalmente falleció, a los 94 años, me sentí liberado para poder tomar esta determinación. También lo hice por el clima; soy alérgico y aquí estoy muy bien, mientras que en Buenos Aires o Gualeguaychú vivía con problemas de garganta por la humedad. Por último, también estaba un poquito cansado de esa situación de estar siempre como al borde del naufragio, que se vive en la Argentina; yo quería vivir un poco más estable.
-¿Te fuiste enojado de la Argentina?
-No, para nada. La Argentina me dio todo lo que soy. Sigo teniendo contacto constante con el país y, de hecho, vuelvo todos los años. Digamos que lo que hice fue tomarme unas vacaciones permanentes en la patria de mis abuelos. Como mi papá había nacido en una colonia alemana bien cerrada, en la que se hablaba más alemán que castellano, yo conozco bien el idioma y la cultura del país, así que me siento muy cómodo aquí, en "la patria vieja".
El bullying, la estafa de los payasos y el exilio
-¿Qué recuerdos tenés de tu niñez en Gualeguaychú?
-Solo recuerdos buenos. Los malos, como el bullying que sufrí, ya los he olvidado. Sufría bullying porque en los años 50 tocar el piano, aprender pintura o bailar ballet era visto como algo raro para un chico de clase media en Gualeguaychú. Como algo de mariquita. Pero tengo una especie de detergente mental que lava lo negativo; los recuerdos que no me gustan desaparecen de mi vida. Cosas lindas: mi papá sabía pilotear aviones chicos y los fines de semana nos llevaba a pasear sobre los campos. Eso era algo realmente mágico. También lo era el río. Yo nadaba y remaba mucho. Me crié mucho en el campo porque mi papá era rematador de hacienda. Tuve una niñez muy hermosa y con mucho acceso a la cultura porque Gualeguaychú era una ciudad ilustrada.
-¿Allí nació tu pasión por el acordeón?
-Sí, iba mucho a las fiestas de las colonias alemanas con mi papá y me gustaba su sonido. Entonces un día él apareció con un acordeón chiquito, muy usado, que tenía escrito "Don Cirilo". Ese fue mi primer acordeón, al que rebauticé "Cirila". Yo toco de oído; no sé nada, pero nada de música. A los cuatro o cinco años ya tocaba de oído el piano. Con el acordeón empecé a los nueve o diez.
-¿Siempre quisiste dedicarte al género infantil?
-Sí, el único público que me interesó siempre fue el de los niños. Yo tengo verdadera pasión por la niñez. Te cuento: fui y soy uno de los pocos artistas para niños que le gustan los niños porque hay muchos artistas que, si pueden, los patean, ¿viste? Y ojo que no lo digo en broma. A mí me gustan los niños con locura. Me gustaron siempre: cuando lloran, cuando se enojan, cuando todo. Yo con ellos me divierto como un niño más. Siempre fue así. Cuando tenía siete u ocho años ya tenía un teatro de títeres y hacía funciones en el garaje de mi casa para los niños del barrio.
-De toda tu obra, ¿cuáles son tus canciones favoritas?
-Adoro "La luna y la rata". También "Adónde está la música", que aparece en la película de Luis Puenzo que protagonicé (Luces de mis zapatos). Tengo más de 400 canciones infantiles registradas en Sadaic. Me gusta el "Tango loco" (o Tango matto), que en Italia ganó el premio Zecchino d'Oro, porque es un tema canyengue, algo que nunca se había hecho para niños. Para el homenaje que me harán en julio en el Palacio Libertad me pidieron que eligiera 14 canciones, pero podría haberles propuesto como 50.
-¿Es verdad que Gaby, Fofo y Miliki se apropiaron de tu tema "El auto de papá"?
-Sí, me estafaron y el tema se resolvió a través de un juicio que tuve que hacerle a Sadaic, que es la sociedad de autores que maneja los derechos de los artistas argentinos en todo el mundo. Porque no se lo pude hacer a la Sociedad de Autores Españoles. Pero lo que finalmente cobré fue una ligera sombra de lo que me robaron. Lo que me robaron es infinito, o sea que me siguen robando. Fijate que en YouTube un solo video de ellos con mi tema tiene 400 millones de likes. Y tienen como 10 videos distintos del tema...
-¿Cómo se produjo ese hecho?
-El tema fue así: en los 70 ellos vinieron a la Argentina y juntos hicimos varios shows. Al regresar a su país, parece que empezaron a cantar "El auto de papá" en todos lados como si el tema fuera suyo. Yo nunca me enteré de nada. Recordemos que era una época donde las comunicaciones eran otras; no existía el WhatsApp ni las redes. Cuando 10 años más tarde viajé a España, me encontré con que allí la canción era súper famosa y que la cantaban hasta en los partidos de fútbol. Desde entonces quedé muy enojado con Gaby, Fofó y Miliki. Pero después, digamos que hace muy poco, pasó algo que nadie sabe y ahora lo voy a contar...
-A ver...
-En noviembre del año pasado me llamaron los nietos de los payasos, que actualmente tienen un circo en Valencia. Lo hicieron porque se enteraron de que yo me había sentido estafado por sus abuelos y querían saldar de alguna manera la deuda. Me dijeron que lo lamentaban mucho y que estaban seguros de que todo se había tratado de un malentendido. Para zanjar el asunto me invitaron a actuar con ellos en la pista de su circo y allí me presentaron como el verdadero autor de "El auto de papá". Así que, aunque haya perdido mucho dinero, esto ahora es caso cerrado. Acepté sus disculpas y me saqué el malestar de encima. Porque de qué me valía seguir quedándome con ese tóxico adentro. De esta manera quedamos todos amigos y hoy estoy feliz por eso.
"Fue una hermosa experiencia"
-Antes nombraste a Luis Puenzo, recientemente fallecido. ¿Qué recuerdos tenés de él y del film Luces de mis zapatos, donde te dirigió?
-Soy un admirador de toda su obra, en especial del film Gringo viejo, que me pareció una maravilla. Luces de mis zapatos fue su ópera prima y la filmamos en un palacete de una familia patricia, ubicado en Vuelta de Obligado junto al río Paraná. Yo tenía 25 años y del elenco también participaba Norman Brisky. Fue una hermosa experiencia.
-¿Es verdad que luego tuviste que exiliarte, promediando la dictadura militar? ¿Por qué?
-No y sí. Trabajé durante toda la dictadura, aunque a algunos les sorprenda porque yo no era la imagen del macho alfa militar. Nada que ver, yo era medio hipón, tenía el pelo hasta los hombros y era muy delicadito en mi trato. Me vestía con lentejuelas y colores. Incluso yo fui invitado a la Unión Soviética y trabajé en el Circo de Moscú. Pude ir y volver cuatro veces y sin problemas durante la dictadura. Lo que pasó después fue que en los 80 inventé a Rocky Rock, un personaje que no gustó y entonces el gobierno me levantó el programa que hacía en la televisión. Al quedarme sin trabajo, decidí irme a España. Digamos que me autoexilié. Rocky Rock era un personaje muy moderno, con un rulo en la cabeza, que andaba en platos voladores y llevaba un camaleón vivo en el hombro; todo una rareza para aquella época. Nadie entendió al personaje. Al público no le causó gracia y a los militares, menos.
-¿Estás al tanto de los nuevos artistas locales que se dedican al espectáculo infantil?
-No mucho, porque cuando voy a la Argentina siempre estoy corriendo de aquí para allá y no más de un mes. Así que no tengo tiempo de ver espectáculos infantiles. Conozco a Panam, a la que quiero mucho y considero una mujer muy valiente. Después está Topa, que es una maravilla de chico. Siempre me ha parecido muy simpático y me cae muy bien. De los de mi época, prácticamente no queda ninguno; todos se han muerto; incluso mi amiga Julieta Magaña, a la que adoraba y con la que siempre íbamos al teatro juntos.
-Ya de grande, Carlitos Balá supo trabajar en teatro con Panam. ¿A vos te gustaría -aunque sea excepcionalmente- hacer dupla con algún colega joven y así unir generaciones?
-No, yo ya no volvería a trabajar, al menos no en teatro. Cuando un artista deja de parecerse a sí mismo, no debe trabajar. Esta es mi opinión. Con esto no estoy atacando a los colegas que siguen. Algunos quieren morirse trabajando. Yo no soy de esa idea. Así que estoy súper retirado. Solo voy a los homenajes para pasarla bien, comer rico, encontrarme con amigos y darnos unos buenos abrazos, pero no podría ni querría hacer una temporada.
-Escribiste libros sobre niños con autismo, sordera y síndrome de down. ¿Qué tipo de infancias te preocupan más hoy?
-Es una parte muy dolorosa para mí. Si yo te hablo de la infancia de hoy, se me va toda la alegría. Me preocupa la degradación de la educación. Hace poco, en mi último viaje a la Argentina, recibí cartitas y notitas de niños de 9 o 10 años y no se puede entender lo que quisieron escribir; es tenebroso. Las faltas de ortografía son apabullantes. Si las comparás con las cartas que los niños me enviaban en los 70, es horroroso. Me cuesta hablar del tema porque no quiero que las maestras y directoras de colegios vayan a pensar que estoy menospreciando sus trabajos. Pero me preocupa mucho el tema. Una vez Borges dijo que las personas eran como escribían. Es para pensarlo, ¿no?
-¿Cómo es la relación con tus nietos?
-Muy buena. Aprendí a ser un abuelo "de boca cerrada y billetera abierta" [risas]. No me meto en sus vidas ni en sus estudios. Asisto si me necesitan, pero no impongo mi presencia. Para ellos siempre tengo provisiones de dulces en mi casa. También harina y aceite de oliva. Cuando los necesitan, llaman, vienen y retiran. Como a todos les gusta la cocina, eso nos une. Para ellos, en los cumpleaños y en las navidades, siempre tengo preparado un sobrecito con dinero. Ojo que también existen los gestos espontáneos en nuestra relación. Por ejemplo, un día sin avisar me tocan el timbre. Yo les pregunto: ¿qué necesitan? Y ellos me responden: 'Nada, simplemente te queremos dar un abrazo'. Y entonces yo se los retribuyo con un gran abrazo de abuelo. Después se van y yo soy la persona más feliz del mundo.
-¿Y cómo es hoy tu relación con el amor? ¿Volviste a enamorarte en Alemania? ¿Estás en pareja?
-No quiero saber absolutamente nada de parejas; a esta altura no me interesa el intercambio de fluidos de ningún tipo. Yo ya he pateado muchos tachos en mi vida, como se decía antes. He amado y he sido amado, pero ahora quiero dormir solo. Miro la belleza de lejos; no tengo interés en enredarme en un amor. Como artista, no he logrado tener una pareja estable, pero viví con pasión todo lo que tenía que vivir.
-Por último, Pipo, ¿cómo quisieras ser recordado?
-Por mi familia, como lo que soy: un familiero total. Fijate que sé el nombre de los treinta y pico de sobrinos y sobrinos nietos que tengo y estoy al tanto de todo sobre sus vidas. Por mis amigos, como alguien divertido, generoso y positivo. Yo vivo siempre regalando cosas. Cada vez que regreso a la Argentina lo hago con dos valijas: una con mi ropa y otra repleta de regalos. Y por el público, como alguien que hizo algo muy distinto a lo que se hacía, una estrella infantil que bailaba y cantaba en el escenario como si fuera una figura de rock. Como un artista al que han copiado mucho. De la misma manera que Moria dice que se cuelgan de ella, bueno, yo digo que muchos se colgaron de mi boina. En fin, me gustaría ser recordado como un pionero.
Por Gustavo Lladós
FOTOS: Gentileza Pipo Pescador
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