5 de octubre de 2022

Nacionales 26/08/2022

Qué gran diferencia

La historia de Elpidio

El pobre viejito se había gastado en remedios todo el poco dinero que le quedaba -cuando no, en este país- y era el único habitante que quedaba dentro de esa destartalada pensión de muy -pero muy- mala muerte ubicada a la altura de la por entonces calle 9 de Julio y Paraguay.

Justo en medio de esa intersección estaba el miserable establecimiento, ya que la 9 de Julio era todavía de una sola mano, una simple calle orientada hacia Constitución.

Le habían avisado que la iban a demoler para hacer una avenida, que se fuera, pero -claro-, ¿adónde iba a ir?

Débil y tembleque, enfermo, sin dinero, la familia ya hacía rato lo había abandonado y los amigos se habían ido muriendo también. Su ya desgastada colcha, su fiel compañera durante las largas noches de invierno pasadas en casi todas las plazas y húmedos baldíos de la Ciudad, estaba mil veces cosida pero firme junto a él, al igual que el atadito de diarios que usaba como almohada desde vaya a saber cuánto tiempo atrás -¿Meses? ¿Tal vez años?-. No tenía más.

Y así era: la terrible maquinaria del futuro deseaba convertir esa calle 9 de Julio, en la ancha avenida que hoy conocemos.

Las temibles topadoras del todopoderoso e incorruptible intendente Juan Debenedetti que preanunciaban el Progreso (continuando la obra comenzada en 1936 por Juan de Vedia y Mitre), se encontraban a solo 20 metros de los restos de la pensión, una casucha tan simple de aplastar, tal como a una hormiga.

Al operario que se le ocurre (milagrosamente) chequear el interior del cuartucho, observa que un pobre viejito estaba allí acostado, tiritando de frio, tapado con una vieja colcha y recostada su cabeza sobre un rollo ya medio húmedo de diarios atados con dos piolines. Piadoso se acerca y le pide que salga porque lo van a tirar todo abajo. El viejo se niega. El operario le dice que no se preocupe que lo van a reubicar. El viejo se niega. El operario le pide el nombre y el viejo, de mala gana -o ya entregado a su suerte-, se lo da.

El operario, corriendo desesperado y perdiendo el casco, le avisa a su capataz. El capataz, agitado y tropezando, entra a las oficinas del Intendente y casi sin aliento le dice que hay todavía un viejo enfermo, que no se puede avanzar con el ensanche y apertura de la orgullosa 9 de Julio.

Debenedetti, conocido por sus malos modales y sus muy pocas pulgas, le dice a su capataz: "me agarrás a seis morochos y no volvés hasta que al viejo de mierda lo vuelan de ahí, a patadas en el culo si es necesario, pero me lo sacás ya y volteás todo, sino andate derechito a tu casa y no vuelvas más".

El capataz, temblando, se acerca al Intendente y le susurra al oído: "Me dijo que se llama Elpidio. Elpidio González".

Por primera (y única) vez en su vida Debenedetti se puso blanco como una hoja de papel, sus manos temblaban y sus labios automáticamente se resecaron como cartón.

Se agarra la cabeza, recuesta su frente sobre la mesa y cierra sus ojos con fuerza. Luego de unos minutos, y cuando al fin pudo emitir palabra, con sus ojos rojos y al borde de las lágrimas, (literal) ordenó: "Vayan. Terminen de aplastar todo lo demás, hasta el fondo. Perforen, corten, quiebren, rompan y desmonten todo lo necesario. No me dejan ni piedra sobre piedra, nada. Pero ojo: a esa pensión le pasan por arriba, por debajo y por los costados, pero no me la tocan. Ni se les ocurra respirar fuerte y mucho menos molestar al señor González, salvo que quieran que los reviente a patadas en persona".

Debenedetti, apenas escuchó ese nombre, se dio perfecta cuenta que esa pensión era intocable para él o para cualquiera, por más que los hubiera amenazado con el despido: el "Bienamado" estaba allí.

Hoy, en épocas donde la política se encuentra bastardeada, les cuento que cuando uno llega por el camino del fondo del Cementerio de la Recoleta y se encuentra con el Monumento a los Caídos en la Revolución del '90 (o Panteón Radical) y observa la placa del frente, puede apreciar algunos de los ilustres nombres de quienes se encuentran allí (Leandro Além, Hipólito Yrigoyen, Arturo Humberto Illia, etc.).

Y mezcladito entre estos gigantes, uno lee "Elpidio González". Es raro, porque "no suena", ¿quién fué? ¿Por qué está mezclado ahí con esos próceres del radicalismo? Bueno, es uno de mis únicos políticos preferidos (en un ratito seguro el de ustedes también).

Si, ¿pero quién fue?

Elpidio González fue, entre otros cargos ejecutivos, Vicepresidente de la Nación Argentina, durante el gobierno de Marcelo Torcuato de Alvear. Está catalogado como uno de los tres más importantes que tuvo nuestro país. Abogado brillante, dos veces diputado, una por la Capital y otra por Córdoba, Ministro del Interior, Ministro de Guerra (Defensa), Jefe de Policía y, como dijimos, Vicepresidente.

Lo primero que hizo cuando asumió la vicepresidencia fue renunciar a todos sus sueldos del Estado, consideraba que si el Pueblo lo había puesto en esa responsabilidad era incorrecto percibir honorarios, bastaba con el honor de haber sido electo. Más aún, consideraba que el trabajo en el Estado era una carga pública, que un trabajo bien hecho en ese ámbito otorgaba prestigio, y que eso era más que suficiente pago por los servicios a la Nación. Desde su punto moral y ético consideraba que la Nación lo había formado como hombre y como profesional en forma gratuita y que esta era forma de devolver algo de todo lo que recibió.

Su horario de trabajo "formal" era de 7 a 18, por eso extrañó el pedido que le hiciera al Presidente de que lo eximiera de las últimas dos horas de trabajo ministerial, para así poder salir a las 16. ¿Vagancia? ¿Avivada? ¿Tal vez un pequeño acto de corrupción? No, nada de eso.

Al mes, uno de los ministros de Alvear le cuenta al Presidente que mientras caminaba hacia el Palacio de Tribunales para ver el estado de las obras, se cruza en Plaza Lavalle con Elpidio, que estaba sentado en un banquito ¡vendiendo Anilinas Colibrí y pomada para los zapatos! Como este ministro no pudo creer lo que vio, pasó dos días seguidos más, y ahí seguía estando Don Elpidio vendiendo sus productos, que a las 18 guardaba en un maletín y, caminando, los iba vendiendo puerta por puerta hasta llegar a su domicilio.

El Vicepresidente de la Nación Argentina vendía anilinas y pomadas porque consideraba un deshonor cobrar sueldos del erario público. Y fue así como mantuvo a su familia, con esos magros ingresos.

Elpidio González se retiró de la política casi apenas finaliza el mandato de Alvear, ya que consideraba que no podía ocupar cargos con el presidente Yrigoyen porque como "El Peludo Yrigoyen" era su amigo, la "honra de un funcionario de la Nación debe de estar muy por encima de las eventuales sospechas de amistad con sus superiores, aún más si son amigos de antemano".

En el '46 un Diputado lo encuentra (ya muy demacrado y con una larga barba blanca producto de la escasez de acero debido a la segunda Guerra Mundial -no había maquinitas Gillette- vendiendo sus anilinas y pomadas en la puerta del subte.

El Diputado, con los ojos empañados de lágrimas, se dirige a su bancada, que presenta el proyecto de jubilación y apenas se aprueba, se determina que el primer beneficiario fuera Don Elpidio González.

Un grupo de catorce funcionarios muy contentos y emocionados van a buscar a Elpidio para informarle la buena noticia. Una vez que lo hacen, Elpidio se levantó furioso y los persiguió desde los Tribunales hasta la puerta del Congreso Nacional blandiendo su bastón al aire al grito de "¡degenerados, corruptos, babiecas! Mientras yo tenga dos manos para trabajar el Estado no tiene porqué mantenerme a mí, habiendo tanta necesidad en el País". Y estuvo tres horas más golpeando con su bastón, furioso, la puerta de la Cámara de Diputados, retando a duelo a todos los que habían votado que le otorgaran dicha jubilación a él.

El Pueblo lo amó y de hecho lo apodó así ("el Bienamado"), pero él nunca más quiso presentarse a ningún cargo público. Interpretaba que la ciudadanía no debía incubar ninguna sospecha en las personas que son honradas con el mandato de servicio y la responsabilidad que otorga el voto.

La Argentina, mis amigos, fue para nosotros un germen de esperanza a la que sí o sí le esperaba un destino de grandeza. Todos lo creían. El Mundo, incluso. No fue invento. Había hombres así.

Será por eso que todavía no pierdo la esperanza (tal vez infantil, lo sé) de creer que en alguna vuelta de esquina, tal vez saliendo del interior de una pensión de mala muerte, existen esos políticos y funcionarios que de una vez por todas honrarán a la Patria, de la ideología o el partido que fueran.

Como Elpidio.

*Historia publicada en el diario "La Voz del Interior"


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