Locales 19/03/2026
Opinión
Por José Luis Lanao
Vivimos en una permanente banalización de la violencia sexual. Un soporte inestimable para una opresión concreta, derivada de una estructura social jerárquicamente explotadora. Para que la cultura de la deshumanización de la mujer se legitime es necesario dominar su condición de género y normalizar la violencia y sus exacerbaciones. Lo que realmente fortalecería la definición de "violación" o de "violencia sexual" es incluir el reconocimiento explícito de las desigualdades de género, de clase, raza o edad que las posibilitan. Y luego reza para que no te violen.
Un segundo infierno se abrirá ante tus pies. Las estadísticas lo avalan. La mayoría de las veces las víctimas no llegan a denunciar. Temen ser juzgadas más duramente que sus agresores. Esa forma degradada de transformar a las víctimas, y a la violencia sexual, en connotaciones de responsabilidad compartida.
De pronto llegó nuestro fútbol, tan descerebrado él, y Carolina Fernández, en su excelente nota del martes en Las 12, se pregunta: "¿Por qué debería sorprendernos este acto de violencia en un ambiente donde las mujeres de carne y hueso son abusadas sexualmente y descartadas en connivencia con una justicia entrenada para sobreseer a los jugadores denunciados? (...) "esas muñecas inflables son arrojadas, como arrojan a las mujeres víctimas de femicidio a cualquier descampado. Las muñecas vienen a decirnos que hoy violar es poder. Las muñecas reflejan a todas las víctimas de violación cometidas por jugadores de fútbol. Por cada muñeca, una víctima de abuso sexual en el fútbol argentino". Se refiere a las muñecas inflables arropadas y festejadas por la hinchada de Central frente a Banfield, vestidas con las camisetas de Newell ?s Old Boys.
La ira nacida por la violencia sexual implica una solidaridad acrítica. Quienes hoy cierran los ojos (¿Comité de disciplina de la AFA?) deberían recordar que la normalización de la violencia sexual es siempre performativa.
No es que esas muñecas tengan por sí mismas poder, es que lo que se tolera, se normaliza, y valida su impunidad es lo que agranda su poder. Mientras transigimos con cada silencio o gesto de indulgencia, con cada crítica aplazada, contribuimos a ampliar el margen de maniobra de una violencia sexual ya disparada. Y ahí reside el peligro real: en que, una vez aceptado el juego (de "muñecas") ya esté disponible para su expansión.
Los gestos públicos se vuelven modelos de aceptación, mientras fingimos que no ocurre lo que todos, sin excepción, sabemos que ocurre. El estatus de hombre o mujer no sólo lo otorgan nuestros genitales, sino cómo nos construimos socialmente. La igualdad por la que muchas mujeres luchan tiene que ver con corregir precisamente esa cosificación del otro, sea hombre o mujer, a favor de unas relaciones personales profundas y ricas, donde el semejante no sea considerado un mero objeto, fragmentado, funcional, un producto diseñado para nuestro uso, sino un sujeto con un mundo interior propio que compartir. La igualdad es respeto por la diferencia, es caminar hacia una convergencia de géneros que trascienda los mandatos y los roles, hasta subvertirlos. Las bondades del cuidado, la atención a los afectos, la consideración hacia el otro, y la igualdad debe ser nuestro compromiso compartido.
Hay demasiado hambre en el mundo, demasiada desigualdad, demasiada pobreza, demasiada muerte, explotación, enfermedad, demasiada pólvora. ¿Cuándo le daremos un respiro a nuestra magullada humanidad?
En fin, vivimos rodeados de una barbarie atroz, en caso de que haya alguna que no lo sea.
(*) Periodista, ex jugador de Vélez, clubes de España y campeón del Mundo 79
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