20 de enero de 2021

Editorial 19/04/2020

Los "virus" del denuncismo barato y el periodismo "vigilante"

"Pandemia" insolidaria

En tiempos de pandemia es bueno recapitular, bajar el tono, pensar en no pronunciar palabras que alguien pudiera analizar como que son expresadas por quien pudiera parecer un imbécil o infradotado. Y es en ese instante cuando el tan gastado "sentido común" debería surgir.

Esto puede servir para Purmamarca, Trelew, Tilcara, el gran Mendoza o Cazón. Es lo mismo. Cualquiera emite opinión en algunos medios de comunicación o en la "cloaca" en la que tantas veces se convierten las redes sociales. Graban videos, escriben, denuncian, atacan, agravian y "escrachan" a quien les viene en gana, casi siempre, sin fundamento alguno, no ya sin rigor periodístico, sino lo que es peor, sin rigor científico o legal, en algunos casos. Desconocen decretos y sus modificaciones, desconocen formas y maneras, en definitiva, como bien expresaran los colegas Eduardo Aliverti y Mario Wainfeld, en Página|12 con palabras que hago mías, "creo saber que una plaga de comunicadores, foristas y lenguaraces de diversa estirpe, harían mejor si, por una vez en la vida, admiten que, de demasiadas cosas, saben entre poco y nada".

"El lenguaje denuncista escala. La invención del micrófono y otros elementos que nutren al periodismo, son ignoradas e ignorados por numerosos y numerosas comunicadores y comunicadoras que se desgañitan y señalan con el dedito a presuntos infractores. 

Si el Gobierno que ordena las medidas goza de legitimidad, si las fuerzas de seguridad están desplegadas y las fiscalías abiertas mayormente para eso, ¿es necesario o valioso que se fomente el enojo ciudadano? Se genera un riesgo en momentos de temor, desazón y, en tantos casos, soledad. Linchar siempre está pésimo. Fomentarlo desde diarios digitales, diarios en papel, radios, televisión y redes, constituye una incitación a la ilegalidad, la intolerancia y la violencia.

El servicio de comunicación mejoraría, opina uno, si informara con plena libertad y con el compromiso (auto fijado) de tranquilizar. O como piso, de no incitar a conductas antisociales.

El Gobierno nacional, responsable objetivo por las consecuencias de sus medidas, cometió algunas fallas graves. Peor aún, contradijo en algún momento los lineamientos básicos de la cuarentena. Ya las va reparando. Cronogramas sensatos, sillas para los adultos mayores que las necesiten durante la espera en bancos, por citar ejemplos. Hace treinta días no declaró esencial a la actividad bancaria. Fiscales mediáticos, opositores furiosos, banqueros, aducen que ahí fincó la clave de aquel viernes. Muy dudoso que sea cierto pero, además, nadie puede acertar todo el tiempo.

Se escucha a una cantidad de comunicadores|as trastornados|as -y eso si pensamos bien sobre sus intenciones- que obran en sentido inversamente proporcional a la moderación firme. Y no son los menos. Cada error chico, grande o gigantesco, es abordado como si la actividad comunicacional, y las responsabilidades que de ella emanan, fuese un entramado externo al drama. Como si los actores de la comunicación, del periodismo, no tuviéramos deberes además de derechos.

La inmensa mayoría de las voces mediáticas hablaron de la cadena de desaciertos que incrementaron, por ejemplo, la demanda bancaria cuando, a la par, había y hay restricciones de atención. Y lo bien que estuvieron.

Las preguntas sobresalientes cargaron sobre el combo fatal de las irresponsabilidades gubernamentales, bancarias, gremiales, individuales. Nadie las niega, repitamos, y no sirve como excusa que casi el mundo entero está desbordado y que, empezando por las autoridades varias de los países 'centrales', se está yendo a ciegas, a prueba de ensayo y error. Pero, ¿por la casa de los medios de comunicación cómo andamos?

¿Sólo es ineptitud oficial? ¿Increpar por las culpas ajenas, desde ese comisariato mediático que nunca tiene la culpa de nada, no merece ninguna autocrítica?

Hay dos planos, por lo menos.

El de la espectacularidad que, en la superficie, solamente responde a mantener la atención a puro grito o voz elevada, títulos de catástrofe, pura musicalización tétrica, puro último momento, pura sobreactuación.

Y hay otro plano vinculado directamente a las operaciones políticas, de sector o corporativas, como fue la miserabilidad del ala dura (Bullrich, Peña, su ruta) de Juntos por el Cambio, de editorialistas de medios principales y de los otros, del ejército de trolls que mantienen, llamando a manifestarse contra el costo de los políticos o contra otros vecinos que sufren, de la misma forma, esta pandemia.

Los 'cacerolos' que agitaron, no importa su número, demuestran una vileza que es eso mucho antes que impericia. Mostraron la 'hilacha' en la peor situación y salieron en coro a pedir rebajas en los salarios y renuncias de funcionarios. Renuncias que, en algunos casos, hasta estarían justificadas, tal vez, tanto como que no debería poder creerse escuchar a cambiemitas y compañía, los vaciadores de la Anses o 'periodistas' de cuarta, hablando de nuestros pobres jubilados."

Desde el punto de vista de quien firma esta nota, lo más preocupante es la falta de empatía, la ausencia plena de solidaridad que derraman tantos seres humanos a nuestro alrededor. Les es imposible colocarse en el lugar del semejante para pensar, aunque sea, un instante, desde allí. Así ha sucedido varias veces, también en nuestra ciudad, durante esta denominada cuarentena. No se ha conocido aún aquí el hecho de que en edificios de departamentos, se viera algún cartel en contra de algún profesional de la salud, exigiéndole que se mudara. Pero hay muchos que tienen ánimos para eso y cosas peores.

Se ha visto en varias oportunidades con muchos vecinos retornados a la ciudad desde el exterior. Se observó con la familia Delía y, por estas horas, con las familias Olasagaste y Claramunt. 

El odio, el patetismo y la ignorancia son una mezcla peligrosa, aún en dosis mínimas.

AVG


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