19 de enero de 2022

Editorial 05/01/2022

Olor a podrido

Opinión

En Argentina uno puede cruzarse, ya sea mirando la televisión o leyendo el diario, con desopilancias tales como Novaresio y Pichetto hablando de literatura, con Carrió citando a Habermas o con algún agudo periodista contándonos cómo Felipe González le contaba a Julio Sanguinetti que la democracia es una ética de la derrota. Ética de la derrota, dicen, y se emocionan con el socorrido lugar común. Que no sólo es vulgar: en su boca también es mentira, y huele mal. 

Con el paso del tiempo he notado que el paso del tiempo auspicia el sedentarismo, ese resignado modo de vivir en el que la quietud no es jactancia sino rutina, y la cavilación deviene menos elección que costumbre. De ahí nace, a su vez, una consecuencia: la reflexión medio sentenciosa a la que nos invita el obligado reposo  suele inducir a terceros neutrales al equívoco de tomar por versación acuciosa lo que no es sino el fruto agridulce de una opción impuesta por la biología. 

Y toda vez que no sólo de pensares y barruntes vive el  hombre, le puede ocurrir que, como observador a la fuerza y si habita en la Argentina, se cruce, ya sea mirando la tevé o leyendo el diario, con desopilancias tales como Novaresio y Pichetto hablando de literatura, con Carrió citando a Habermas o con algún agudo periodista contándonos cómo Felipe González le contaba a Julio Sanguinetti que "la democracia es una ética de la derrota". 

Y en esto quiero detenerme, en esta pobre sentencia quiero detenerme a sabiendas de que las recién referidas cavilosidades a que nos empuja la vida son menos una actividad de la inteligencia que la trivial costumbre de un espíritu sin otro incentivo que aspirar a una tenue felicidad cotidiana. 

Aquello que el español le proponía al uruguayo era ni más ni menos que aceptar la derrota, lo cual nada tiene de virtud como para que a tal conducta del perdidoso se la eleve al sagrario del ejemplo público. Decir que la democracia es una ética de la derrota es un enunciado del tipo de los que aconsejan ser pobre pero honrado, o comunican que la casa es chica pero el corazón es grande, o  dictaminan que no hay mal que por bien no venga. Se trata de una sarta o de una ristra  -según se prefiera-  de ramplonerías con las que calza bien aquella que causa la admiración de algunos, proferida por el quisling peninsular, un hombre a quien la senectud no lo arredra y su pasado no le causa rubor. 

Si bien se mira, semejante banalidad es un plagio tardío de aquel aristotélico «término medio» que supo ser adoptado como bandera y causa por conservadores de todas las layas y de todo el orbe, pues el buen perdedor es siempre un hombre -o una mujer- equidistante de ambas puntas del espinel convencidos de que todos los extremos son malos, como  solía decir mi tía Clotilde. De esta clase es el postulado gonzaliano de tan buen suceso periodístico en el Río de la Plata y que nos invita a participar de una fiesta en la que unos celebran lo que otros aceptan mientras los que pierden de verdad son siempre los mismos.

De modo que la «ética de la derrota» y el «término medio» aquilatan una estirpe rancia, agusanada  y poco feliz: el griego de ayer difundió también que el sol giraba en torno de una Tierra inmóvil,  en tanto el andaluz de hoy consideró que los GAL -esa Triple A española- eran una  plausible herramienta  de la democracia. A aquél lo desmintió Giordano Bruno; a éste, el espíritu de Puig Antich y sucesivas víctimas de la democracia moncloísta y monárquica. La verba de Aristóteles fue cimiento de la Inquisición y sus hogueras; el inspirado vislumbre del Nolano, anticipatoria luz que dio pábulo a las libertades que vivimos hoy.

Cada quién, en fin, reposa sus verdades sobre piedra o sobre barro. Ética de la derrota, dicen, y se emocionan con el socorrido lugar común. Que no sólo es vulgar; en su boca también es mentira.  Aceptar la derrota... siempre que el que nos derrota no sea Yrigoyen, o Salvador Allende, o Lula, o Lugo, o Zelaya ... ¡Bulshit ...! La democracia -esta democracia-, más y mejor que una ética de la derrota, es una moral del engaño y una estadística tramposa. Aquí y allá. En el cielo, en la tierra y en todo lugar, como decía (y tal vez todavía dice) el catecismo católico cuando se refería a la ubicuidad de Dios.

¡Pues qué, si no...!  Dicen una cosa pero hacen otra. No aceptan la derrota. Tan pronto como clavan las guampas en el barro de un resultado electoral adverso, su «ética» pasa a consistir en el resentimiento, la irresponsabilidad  y el odio. Dejaron al país sin presupuesto y pretenden que la culpa la tenga un diputado oficialista porque elevó el tono de voz y se les paspó el tujes. Tartufismo en estado puro se llama eso. Pretexto miserable para hacer lo que mejor saben: impedir. Hic et nunc, el pretexto.  ¡Hic, Negri, Hic salta...! ¡Aquí está Negri, aprovechemos ahora...!  Palos en la rueda. Eso hacen. ¡Ética de la derrota!

No tienen vergüenza los que dicen «república» y «democracia» cada vez que se desabrochan la bragueta para evacuar el resentido efluvio de su costumbre y no le hacen asco a nada para empujar a un gobierno a la dificultad aunque esté en juego la democracia y la república. ¡Y había que verlos...! Por caso, aquel  excelente muchacho  de recursos nada vastos que supo ser teta y corpiño con el hijo del padre de la democracia cuando la oportunidad  lo aconsejaba y ahora que alcanzó el nirvana de una banca se hace el enojado en patético remedo del  Chacho Jaroslasvski -de aquellas impostadas efusiones del Chacho Jaroslavski-  pero sugiriendo -en ese instante en que  insulta- la sospecha de que la mediocridad medio pelo tiene mil caras, una de las cuales el insolente viene a revelarnos, y cuando se retire nadie recordará de él ninguna idea como no sea la de haber pedido la palabra para decir "pelotudo".

Y no sólo escupen para arriba. También se hacen encima. Pues no habían contado con la astucia de los hechos, de los crudos hechos: las provincias pierden ahora 180 mil millones de pesos. ¿Qué obra pública van a hacer ahora? Y encima protestan. Lo hubieran pensado antes. En el presupuesto que voltearon estaban las partidas para esa obra pública que ahora se las van a tener que ir a pedir al buen Magoya.

Culminó el año y culminó esta isabelina comedia de las equivocaciones en que ha devenido el espíritu del pueblo argentino que confía sus asuntos, públicos y privados, al arbitrio de una "casta" que incluye a éstos pero también, y en lugar cimero, a Javier Milei y a José Luis Espert. Liberales, libertarios y libertontos  se encaman en las mismas sábanas y derraman en ese tálamo indecente las leches rancias de su ideología.

Se ha ido otro año, y aunque Helsingör queda en Dinamarca algo huele mal en la Argentina. Hasta el monseñor Ojea se baña, entre gozoso y ofendido, en el agua bendita y un poco servida de la impiadosa indiferencia ante el dolor de un joven. Celebra el prelado que un niño argentino que duerme en la calle haya sido encarcelado porque se afanó unas hostias. Las hostias consagradas al Verbo, su carne y su sangre, han sido desagraviadas de ese modo, de ese cristiano modo. No Homo-ousios y sí Homo-i-ousios, decía Arrio. Una simple iota griega hacía la diferencia. Si lo primero, es el mismo Dios el que estaba en esa cornucopia que el ladrón se llevó. Si lo segundo, es «como si» estuviera Dios. Es un símbolo. Esto último decía Arrio derrochando sentido común y casi lo queman. De modo que a no hacer tanto ruido, Ojea, que es su opinión contra la de Arrio, el que discutió con Atanasio, nada menos, o sea, una opinión más, la suya. El niño chorro no cometió pecado mortal, sino venial, de los que habilitan la apelación, derecho al Paraíso previa escala técnica en el Purgatorio, no joda amigo, y preocúpese de que al «ladrón» no lo torturen en la comisaría. Dominus boviscum...  Et cum spiritu tuo, Ojea ... Ad náuseam ...

Por Juan Chaneton*

(para La Tecl@ Eñe)

Foto: Archivo.

*Abogado, periodista y escritor.

jchaneton022@gmail.com

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